Capítulo 3: Sombras que susurran

960 Palabras
"A veces, la verdad se oculta tras la máscara del silencio." La noche había caído con suavidad sobre la Academia de Luminaria. El castillo, suspendido entre las ramas milenarias del Bosque Eterno, parecía respirar al ritmo de un corazón antiguo, latente en la magia que impregnaba cada piedra y cada hoja. Las luces tenues de las hadas nocturnas revoloteaban como pequeños faroles, iluminando los pasillos que lentamente se vaciaban, dejando un silencio reverente y expectante. En su habitación, Aria Windrider estaba sentada frente a la ventana abierta. El aire fresco acariciaba su rostro y hacía ondear sus cabellos plateados, que reflejaban la luz plateada de la luna creciente. Afuera, el bosque parecía susurrar secretos antiguos, y ella se sentía atrapada entre esos susurros y sus propios pensamientos. La clase del día aún bullía en su mente. El Jardín Flotante, la asignación forzada con Kael, la magia combinada que había logrado crear con él —todos esos momentos se repetían como un eco insistente. Pero más allá de la magia, lo que realmente la perturbaba era Kael mismo. Esa figura sombría, que parecía salida de una noche sin estrellas, había dejado una impresión que no lograba comprender. “¿Cómo puede alguien que despierta tanto odio provocar también tanta confusión?”, se preguntó en voz baja, cerrando los ojos para buscar calma. Su respiración se hizo lenta, intentando silenciar el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse. Pero era inútil. En lo más profundo de su ser, una chispa extraña comenzaba a crecer, una mezcla de curiosidad, respeto, y algo que se parecía peligrosamente a la atracción. Un suave golpe en la puerta la interrumpió. Aria se levantó y abrió para encontrar a Lyra Moonveil, su mejor amiga y confidente, que entró con la discreción habitual que la caracterizaba. —¿No deberías estar dormida? —preguntó Lyra con una sonrisa dulce, dejando caer una manta sobre la silla cercana. —No puedo —respondió Aria, sin apartar la mirada del bosque—. No dejo de pensar en Kael. En todo lo que pasó hoy. Lyra se sentó junto a ella, sus ojos gris perla brillando con comprensión. —Es normal que sientas eso. Cuando alguien provoca un choque tan fuerte contigo, suele ser porque refleja algo que no quieres admitir en ti misma. Tal vez miedo, tal vez inseguridad. Aria frunció el ceño, dubitativa. —¿Refleja miedo? —repitió—. ¿Y cuál sería ese miedo? Lyra contempló un momento el paisaje nocturno antes de responder. —Que no todo es tan blanco o n***o como parece. Que a veces el enemigo es solo un desconocido que no hemos querido entender. El silencio entre ellas fue cómodo, como un refugio. Aria se dejó llevar por la tranquilidad de la amistad, pero su mente volvía una y otra vez a Kael, a sus ojos violeta, a su voz profunda y a la inexplicable sensación que le provocaba. Mientras tanto, a unos pisos más arriba, Kael Nightshade estaba sentado en el borde de su cama, mirando fijamente el techo. Su habitación era oscura, con cortinas gruesas que bloqueaban casi toda la luz exterior, un reflejo de la personalidad reservada y enigmática que proyectaba. Pero esa noche, incluso el príncipe de las sombras se sentía vulnerable. Recordaba a Aria, a ese fuego brillante que parecía desafiarlo, y a la frustración que sentía cada vez que ella estaba cerca. No era solo que se molestara por su presencia; era que, a pesar de todo, deseaba entenderla, conocerla, quizá incluso protegerla. Pero el orgullo, la tradición y el miedo al rechazo le impedían bajar la guardia. Se levantó y caminó hacia la ventana, abriendo las cortinas lo suficiente para contemplar la torre opuesta, donde sabía que Aria se encontraba. Una parte de él quiso llamarla, romper esa distancia invisible que los separaba, pero su voz interior le recordó que eso sería un acto de debilidad. En su lugar, solo pudo susurrar al viento: —Aria… Aquella palabra quedó flotando en el aire, mezclándose con el susurro del bosque y la magia latente en la noche. Al día siguiente, la tensión entre Aria y Kael no desapareció, pero comenzó a transformarse. En la clase de historia de la magia, mientras escuchaban la explicación sobre los antiguos pactos entre reinos, ambos se encontraron trabajando juntos para un ejercicio de investigación. A regañadientes, compartieron libros y apuntes, y aunque no lo admitieran, sus miradas se suavizaron un poco. Durante el almuerzo, Lyra observó con atención cómo Aria parecía distraída, y decidió intervenir. —¿Sabes? —le dijo en voz baja—. Kael no es solo la sombra que todos temen. Tiene sus propios fantasmas y heridas. Aria suspiró, revolviendo su comida sin mucho apetito. —Lo sé. Pero aún no sé cómo acercarme a alguien que parece querer mantenerme a distancia. —A veces, lo primero que hay que hacer es bajar las armas —aconsejó Lyra—. El orgullo no debería ser la muralla que nos impida descubrir lo que realmente hay dentro. Aria asintió, consciente de que las palabras de su amiga eran sabias. Sin embargo, no estaba segura de estar lista para dejar caer su armadura. Mientras tanto, Kael enfrentaba sus propias batallas internas. En las sombras de la academia, había secretos que ni siquiera sus padres osaban mencionar, y un peso que llevaba desde la infancia. Pero ver a Aria, con su fuego y su voluntad indomable, le daba una esperanza que hacía tiempo creía perdida. En ese instante, ambos se encontraban en un punto de inflexión, donde la línea entre el odio y el deseo comenzaba a difuminarse, y el destino tejía con delicadeza el primer hilo de un vínculo que cambiaría sus vidas para siempre.
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