Nicole
Mis dedos trazaban líneas imaginarias en el pecho de Madden, quien dormía plácidamente a mi lado, viéndose tan pacífico que si me quedaba pensándolo más tiempo no sería capaz de levantarme, de resistirme a la tentadora opción de quedarme durmiendo a su lado. Pero no podía.
No supe exactamente en qué momento perdí la noción del tiempo, simplemente me dejé llevar por Madden, dejé que me moviera a su antojo durante toda la noche, perdiéndome en la forma tan dominante en que me besaba, como me hacía retorcer de placer bajo su cuerpo y sonreía con satisfacción contra mi piel, como creaba una revolución en mi interior, algo que nunca antes había sentido, algo animal y adictivo.
Dejé de observar su perfecto perfil, con su mandíbula perfilada y su naríz recta, y a regañadientes salí de su cómoda cama antes de que se me hiciera muy tarde. O quizás ya lo era. Me encaminé hacia el baño recogiendo mi ropa interior y mi ropa esparcida en el suelo de madera de su habitación.
Me encerré en el baño y cuando encendí las luces y me observé en el espejo la ropa se cayó de mis manos y cubrí mi boca sin poder creer lo que veía. Más allá de estar hecha un desastre y con el cabello andrajoso, tenía dos marcas que comenzaban a volverse violáceas muy cerca de mi cuello. Santo Dios, ¿cómo se supone que ocultaría eso? Maldito alemán.
Para mi suerte, la sudadera cubría las marcas, a duras penas, pero debía encontrar la forma de hacerlas desaparecer rápido porque no podía usar esa prenda por mucho más tiempo.
Arreglé mi cabello en un moño desordenado, lavé mi rostro y enjuagué mi boca como pude antes de salir de allí dándole una última mirada al alemán. Se veía como un jodido dios, tan imponente y atractivo, la trampa perfecta para hacer caer a almas condenadas como la mía.
Salí de su propiedad a paso rápido, hasta que encontré un taxi que me llevó de regreso al hotel. Para mi buena suerte no era un horario en el que hubieran muchas personas, pero aún así cruzar el hotel hacia mi habitación se sintió como atravesar un laberinto del terror, donde podía encontrarme a mamá o a papá en cualquier esquina. Por eso, cuando finalmente crucé la puerta de mi habitación me sentí a salvo.
Pero que equivocada estaba.
Mi cuerpo se tensó al encontrarme con la silueta de espaldas a mí, observando a través de la ventana, e instantáneamente supe que no había forma en que no me hubiera visto llegar.
Rafael se volvió hacia mí con su semblante serio y el nerviosismo se apoderó de mí, pero a pesar de ello me mantuve firme y con el rostro en alto.
—Siéntate —ordenó en un tono tan grave que me caló los huesos.
No quería sentarme, no quería que me interrogara, que me escrutara con su mirada, hacía que los nervios me carcomieran por dentro.
Podía haberle mentido y haber dicho que había ido a correr pero, ¿por qué regresaba en taxi entonces? ¿acaso corría en la madrugada?
Finalmente me senté, aguardando por lo que sea que estuviera por decir pero, como dicen por ahí, una foto dice más que mil palabras.
¿Pero cuánto dicen unas cuántas fotos? Todo. Quiénes, cuándo, dónde.
No supe cómo pero papá tenía fotografías de la noche anterior, las dejó caer con cierta rudeza en mi regazo, y mi respiración se cortó al verlas, mis dedos temblorosos las pasaron, encontrándome a mí besándome con Madden fuera del hotel, esa pude distinguir que se trataba de las cámaras de seguridad, pero también habían fotografías de Madden en el desfile.
—No servirá de nada que te esfuerces en mentir, Nicole. Solo te preguntaré una cosa y vas a responderme con la verdad —aparté la mirada de las fotografías hacia algún punto invisible en el suelo, sin tener la fuerza para enfrentar a papá— porque entonces lo descubriré por mí mismo y te pesará el doble, ¿te habías acostado con él antes?
Cerré mis ojos un momento, ya no tenía ningún sentido tratar de librarme milagrosamente de ello, así que simplemente asentí.
—¿Cuándo? —indagó, con las manos apoyadas en sus caderas, dando unos pasos en la habitación, dándome la espalda.
—¿Eso en verdad importa? Lo hice y ya no…
—¡Te acostaste con mi socio, Nicole! —exclamó en un tono enfurecido— ¿Con cuántos más te has acostado, eh? ¿acaso tienes una maldita idea de quién es el hombre con el que vas a casarte? ¿Crees que un hombre como él, teniendo miles de mujeres para escoger, terminaría casándose con una cualquiera?
Sus palabras, como de costumbre, me atravesaron el pecho. Ver lo bajo que estaba cayendo por un maldito negocio, porque era eso para él, solo una pieza a su favor en sus malditos negocios.
—Vas a joderlo todo —soltó entre dientes, pasándose la mano por el cabello.
—¿Eso soy para tí, tan solo un escalón para obtener tu estúpido trato con Dante, no es así? —me atreví a decir, levantándome de mi asiento, cruzándome de brazos, sintiendo mi corazón a mil.
—¿Acaso no lo entiendes, Nicole? Necesitas a Vincenzo, al poder y a la reputación del apellido Romano en Italia...
—Yo no necesito eso —lo interrumpí, remarcando cada palabra con enojo.
Rafael me dió la espalda, por su respiración pesada supe que estaba tan alterado como yo, pero entonces se dió la vuelta y avanzó amenazadoramente hacia mí, pero no bajé la cabeza.
—Aquí no importa qué quieres o no, ¿aún no lo entiendes, Nicole? —su mirada fría me hizo sentir vulnerable por primera vez, no estaba enojada sino dolida, porque mi padre no me quería, solo le importaba usarme a su favor, sin importar estar condenandome a una vida de mierda—. Tus actitudes no van a joderme, estoy harto de tenerte paciencia. Cerraré el trato con Madden y esta misma noche nos iremos a Italia, y entonces no volverás a verlo.
Se alejó de mí, tomando su chaqueta apoyada en el sofá.
—Ni una maldita palabra al respecto, Nicole, o vas a conocerme enojado —amenazó sin volver a mirarme, antes de salir de la habitación, pero igualmente no me moví, no sabía que estaba pasandome, no quería llorar, ni gritar, solo quería desaparecer de una maldita vez.
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Madden
Cuando desperté por la mañana y el único rastro que había de la italiana era su aroma en mis sábanas, fué una decepción, no esperaba despertar a su lado pero tampoco el que huyera en la madrugada.
Hice mi rutina con normalidad, entrené unas horas y antes de entrar a la ducha le envié un mensaje a Nicole, quería verla esa noche, que saliéramos a cenar. La italiana comenzaba a gustarme, su actitud, su sensualidad, su aroma, era adictiva, como una fantasía materializaba que se escapaba de mis dedos cada vez que podía, que por algún motivo se resistía a mi solo para terminar cayendo. Pero yo la quería más tiempo, conocerla realmente, quería atraparla y el que huyera solo me incitaba más a perseguirla.
Cuando salí de la ducha, me enfunde en un traje hecho a medida y mientras caminaba por mi oficina bebiendo mi café de las mañanas, revisé mi móvil pero aún no tenía respuesta de Nicole. Lo guardé en el bolsillo delantero de mi pantalón, observando a través de la pared de cristal de mi oficina, pensando en dónde podría estar mi italiana. No importaba que fuera solo una aventura, aún no se terminaría, la castaña de ojos verdes volvería a ser mía.