Nicole
El Sol brillaba en lo más alto del despejado cielo azul que cubría Sicilia, como de costumbre, otro cálido y radiante día en Italia. Un escenario completamente opuesto al sentimiento que se sentía como una tormenta en mi interior, haciéndome querer meterme en la cama y no salir jamás.
No quería afrontar lo que estaba sucediendo ni lo que sucedería.
Hacía ya varias horas habíamos aterrizado en mi tierra natal, encontrándonos con la propiedad Romano vacía ya que padre e hijo se encontraban en un viaje de negocios en Nápoles, porque habíamos llegado antes de lo previsto por los recientes acontecimientos. Para mi mala suerte, Vincenzo y Dante estarían de regreso esa tarde.
Me encontraba observando el extenso jardín trasero de la propiedad, al que daban las ventanas de mi habitación, cuando escuché la puerta abrirse seguido de los tacones de mamá sobre el suelo. Genial, lo que me faltaba.
—Cielo, mira lo que tengo para tí, es un obsequio de Vincenzo —anunció animadamente pero de solo escuchar aquél nombre ni siquiera me volteé a verla.
Entonces escuché sus pasos acercarse a mí y ocupó lugar a mi lado en el borde acolchado de la ventana, observandome un momento, supuse que pensando qué decir.
—Haz un esfuerzo, Nicole, ¿quieres?
La miré.
—¿No crees que ya estoy haciendo suficiente por este estúpido negocio?
No era esa la forma en que debía hablarle a mi madre, pero ella a mí no me trataba como a una hija.
Ella suspiró, deslizando su mirada hacia el jardín, guardando silencio un instante, y entonces suspiró.
—Algún día entenderás que todo esto es por tu bien, Nicole.
¿Cómo? ¿cómo había algo en todo eso que fuera por MI bien? Si yo tuviera una hija jamás la obligaría a casarse con alguien que no ama y que apenas conoce solo por el absurdo dinero. Y sería mentira si dijera que era solo culpa de mi padre porque no la veía a ella haciendo nada al respecto, era igual de culpable.
—Los Romano pronto estarán aquí —se levantó, alisando su falda—. Arréglate, ¿quieres? Y usa el vestido —dijo antes de marcharse cerrando la puerta con algo de fuerza. Claro, lo que faltaba, que quisiera ponerme a mí en el lugar de la desagradecida.
Luego de un rato suspiré pesadamente y me decidí a levantarme, avanzando hacia la cama donde yacía una caja blanca con el nombre de una marca de diseñador en ella. La abrí y saqué el estúpido vestido, que para mi mala suerte era precioso, rosado, delicado y femenino. La persona que lo había escogido tenía buen gusto.
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Mientras terminaba de arreglarme el cabello, podía escuchar mi móvil vibrar sobre la mesa de noche donde lo había dejado cargando. Creí haber silenciado a Madden, pero me equivoqué y sus mensajes seguían llegando.
Mentiría si dijera que estaba pensando qué decirle porque, ¿qué le diría? ¿que estaba comprometida con nada más ni nada menos que un futuro consigliere de la mafia en contra de mi voluntad? Está bien, por lo menos tendría que haberle dicho Adiós, no volverás a verme, aunque sea haberle dejado una estúpida nota pero, ¿qué sabía yo que padre ya estaría al tanto de todo?
Qué más daba, todo acabaría tarde o temprano y él lo sabía, dejaría de insistir en algún momento y no tenía ganas de hablar con él, me recordaba a ese soplo de aire fresco que había recibido en mi asfixiante existencia.
Me dí un último vistazo en el espejo y bajé al salón principal antes de que subieran por mí porque hacía algunos minutos había oído llegar unas camionetas, obviamente se trataba de los Romano.
Mientras descendía por las escaleras podía escuchar las voces de mis padres y la de Dante, y luego la atención de los cuatro sobre mí cuando llegué al final.
—Buenas noches —saludé poniendo una sonrisa tímida en mi rostro.
—Nicole —mi atención cayó en Vincenzo, quien se acercó hacia mí, tendiendome su mano y cuando la tomé, la llevó a sus labios, dejando un sutil beso en el dorso, haciéndome recordar por un instante al alemán.
Había cambiado un poco en el tiempo en que no nos vimos, llevaba una suave barba que había endurecido sus facciones y su cuerpo se veía más duro y fuerte, era atractivo y eso no podía negarlo.
Eso no borraba el hecho de que no lo conocía de nada y que pertenecía a la mafia, de seguro era un maldito asesino.
Aparté mi mano con sutileza y entonces Dante se acercó dándome dos besos, uno en cada mejilla, parecía realmente contento de verme aunque en realidad pocas palabras habíamos cruzado las veces que lo veía en casa. Supongo que cuando hay dinero de por medio no importa qué tanto conozcas o no a la otra persona.
Los saludos no tomaron mucho a decir verdad porque cuando quise darme cuenta Vincenzo tomó mi mano entre las suyas, llevándonos hacia el jardín. Mientras me alejaba le dí una mirada a mis padres, pero se alejaban en la dirección contraria, de espaldas a mí, siguiendo a Dante hacia otra sala de la mansión.
Un incómodo silencio se instaló entre Vincenzo y yo mientras avanzábamos por el jardín trasero, lo único que podía pensar era en que eso terminara rápido.
—¿Qué tal has estado? —preguntó dándome una mirada.
—Bien, supongo.
Si realmente supiera cómo había estado, o mejor dicho, con quién y en dónde, haciendo qué, estaría realmente jodida.
Para mi sorpresa él sonrió, —¿No vas a preguntarme qué tal he estado yo?
Suspiré, no podía seguir pretendiendo ser callada y tímida, entonces me detuve y lo enfrenté.
—Siendo sincera, eso no me importa y tampoco creo que te importe a tí saber algo de mí.
Su sonrisa no se borró.
—Por supuesto que sí, serás mi esposa.
Me crucé de brazos, —Tu no me quieres, Vincenzo.
—Aprenderé a hacerlo —mi ceño se frunció ante sus palabras, no era eso a lo que me refería. Se acercó más a mí y sacó una de sus manos de los bolsillos delanteros de su pantalón de vestir para colocar un mechón rebelde de mi cabello detrás de mi oreja y el gesto me hizo estremecer, —Eres una mujer preciosa, inteligente, educada…
—Esto no está bien —le corté, dando un paso hacia atrás.
Mi acción no le molestó, simplemente volvió a meter la mano en el bolsillo y me observó fijamente, como si buscara algo en mi mirada, —¿Qué quieres entonces, Nicole? Dímelo y podremos hacer esto más llevadero para ambos.
Dios, él no iba a retroceder.
—Nada, no quiero nada de tí, Vincenzo. No quiero promesas infantiles, no quiero condenarme a pasar el resto de mi vida junto a un desconocido. Y sé que lo entiendes porque tú tampoco quieres hacerlo, entonces, ¿por qué aceptaste esto?
—Porque así es como suceden las cosas en el mundo en que me muevo, Nicole. No hay lugar para los sentimientos aquí, cuando alguien se casa es para evitar guerras o forjar alianzas. Y como el futuro consigliere de la Cosa Nostra necesitaré un heredero.
La mención de aquello me revolvió el estómago.
—No hay lugar para los sentimientos aquí, y entre más rápido lo entiendas, más rápido te acostumbrarás.
Sus palabras se sentían como rocas en mi pecho que me impedían respirar con normalidad. Aparté la mirada y pestañee varias veces para controlar mis ganas de llorar de impotencia.
Entonces él metió la mano en su chaqueta y por un momento me tensé, pero entonces visualicé la pequeña caja de terciopelo n***o y él la abrió, mostrando un anillo con un gran diamante en el centro y lo miré.
—La única promesa que puedo hacerte —habló guardando la caja en su chaqueta— es que la mayor parte del tiempo no nos veremos las caras. Yo estaré muy ocupado con mis asuntos y tú puedes ir de compras o hacer cualquier cosa que entre en los límites.
¿Límites?
Tomó mi mano y deslizó el diamante en el dedo anular.
—Haremos esto llevadero —aseguró, dejando un sutil beso en mis nudillos y por un segundo hasta decidí que lo mejor que podía hacer era creerle, creer que quizás algún día aprendería a vivir con aquella mentira.
No soltó mi mano mientras regresabamos al salón donde estaban nuestros padres.
Sentía un nudo en la garganta, no creía que mi peor pesadilla se hiciera realidad tan pronto, vivía en una maldita fantasía con Madden, teniendo esa probada de libertad que me fué arrebatada dejándome solo en la cruel y triste realidad.