P.O.V Drake Wells.
— El gato atrapó al ratón.
Ella misma había sido quien se llevó a la ruina adentrándose por lugares que desconocía. No era fácil escabullirse de mí, mucho menos si quien huía se trataba de alguien que me importaba.
Después de haber estado meses sin saber nada de ella, respetando su espacio y la decisión que tomó, el mundo había vuelto a querer destrozarme con sus casualidades.
Porque, por desgracia para mí, estaba preciosa. Con la mirada inocente y avergonzada que pronto se tornó a una llena de rabia. Como si fuera una niña a la que acababan de pillar haciendo una travesura.
— ¿Qué estás haciendo aquí...?
Por fin pude escuchar esa melodiosa y dulce voz que era capaz de derretirme. Pensaba que no se dignaría jamás a volver a hablarme.
— ¿Qué estás haciendo tú aquí? — le encaré.
— He preguntado yo primero — me rebatió con un ligero tono de enfado que me resultó incluso gracioso.
— ¿Tienes doce años?
La escuché gruñir y supuse que buscó alguna salida del pasillo con la mirada. Me acerqué a ella sabiendo que no quería que lo hiciera y que, como realmente pretendía, lograría arrinconarla.
Su espalda golpeó la madera de una estantería y sus ojos me ordenaron en silencio que no diera un solo paso más.
— ¿Me has estado siguiendo? — preguntó casi en un susurro.
— ¿Pero tú quién te crees? — carcajeé en un murmuro y sacudí mi cabeza incrédulo — No eres tan importante.
Pude notar una expresión que denotaba un poco de decepción, pero quizás sólo fue imaginación mía.
— Pues dime qué estás haciendo aquí.
— He venido por trabajo — no mentí pero ella no creyó en mis palabras — ¿Y tú?
— También.
— ¿Tienes un nuevo trabajo? — asintió poco convencida y logró que frunciera el ceño. Mi interés aumentó considerablemente — ¿A qué te dedicas ahora? — quise saber.
— Trabajo en... una cafetería.
Alcé mis cejas con sorpresa y repasé su figura de forma poco disimulada. Se estremeció y escuché el ligero sonido de un suspiro pesado salir de su redonda boca.
— No te imagino trabajando de camarera.
— Pues se me da bastante bien... Nathan dice que preparo los mejores cafés del mundo.
Su sonrisa triunfante se clavó en mi estómago como si me atravesaran miles de agujas. Pero no fue el hecho de que ahora tuviese un nuevo trabajo, si no la forma en la que pronunció el nombre de ese tipo.
Nathan. ¿Un nuevo novio? ¿Un amigo? ¿Un amigo especial?
Quise acribillarla a preguntas pero no sería digno de mí expresar mis celos como si nada. En contraposición, simulé una falsa sonrisa y asentí conforme.
— Entonces tendré que pasarme algún día por allí para comprobarlo.
Se quedó en silencio, quizás pensando que verme de nuevo no sería buena idea, pero la había encontrado y, esta vez, no dejaría que desapareciera tan fácilmente.
— Cuando quieras.
Sonrió de nuevo y, aunque me llenaba de orgullo que se encontrara tan bien como aparentaba, no podía no sentirme dolido al mismo tiempo.
En ese instante supe que lo que sentía por ella aún seguía vivo. Que aún había encendida una pequeña llama de fuego por mucho que me engañara pensando que todo se había reducido a cenizas.
Me hice a un lado con cuidado con el propósito de dejarla pasar aunque mi idea principal fuera retenerla allí para que me siguiera hablando.
Sin embargo, no se movió. Se quedó mirándome fijamente y yo hice lo mismo, rezando porque mi memoria grabase la imagen de su perfecto rostro.
— ¿Y tú... qué? — preguntó pasados unos segundos, rompiendo el silencio que nos rodeó.
— ¿Yo qué?
— ¿Cómo... cómo has estado todo este tiempo? — su fino hilo de voz retembló al final.
— Perfectamente.
Recordé la conversación que había tenido con Jhon en el metro y en mi interior comenzó a llover tanto o más que en el exterior de la biblioteca.
Allyson me mostró una sonrisa triste que en mi cabeza imaginé borrar con un beso. Pero eso nunca llegó a pasar.
— ¿Cómo está tu padre...? ¿Y los chicos?
— Están bien. Hasta arriba de trabajo.
— Pensé que Ron se había jubilado.
Quise ser escueto en información, pero ella parecía no dejarme. Aprovechando su cercanía me incliné hasta uno de sus oídos y cerré mis ojos al susurrar, dejándome llevar a otra dimensión gracias al olor de su perfume.
Cuánto lo había echado de menos...
— No hablaba de ese tipo de trabajo — sentencié.
Todo su cuerpo se tensó. Quizás porque entendió perfectamente a qué me refería o porque mi aliento cálido erizó la piel de su cuello al hablar. Puede que incluso fuera una mezcla de ambas cosas.
Cuando me separé de ella sus ojos viajaron a los míos. ¿Sentiría ella la misma conexión?
— Así que seguís en ello...
— ¿En qué? — me hice el tonto y ella lo supo.
— En eso.
Eso.
Me hizo gracia que no fuera capaz de pronunciar la palabra "mafia" en voz alta. Me limité a asentir para no incomodarla con mis juegos.
Allyson puso sus ojos en blanco y soltó un bufido de frustración que logró irritarme.
— Al menos se gana más que sirviendo cafés. Y es más divertido.
Su rostro se enrojeció a causa de la ira que le provocó mi comentario. Sí, me había pasado diciendo algo así. Pero si tan en desacuerdo estaba con lo que hacíamos, ¿por qué no era capaz de delatarnos? ¿De buscar ayuda?
Se me había mezclado todo. El recuerdo de su ida cuando me dejó en el aeropuerto, las llamadas y mensajes sin respuesta, su repentina desaparición por no querer formar parte de mi vida, su auto-despido o el hecho de que ahora pudiese tener una nueva vida de color rosa junto a un tal Nathan —que lo más probable era que fuese un c*****o—.
Quise cortar mi lengua viperina en dos cuando la atrapé entre mis dientes. Viendo cómo Allyson optaba por salir de aquél pasillo completamente enfadada, tomé uno de sus brazos con fuerza para disculparme antes de que volviera a desaparecer.
— Suéltame.
— No, Ally, escucha... perdona, yo no...
En el vaivén de su cuerpo cuando la atraje hacia mí cayó al suelo una pequeña libreta que portaba consigo.
Tuvo tan mala suerte que se abrió al caer, mostrando una serie de garabatos y apuntes remarcados sobre el lienzo en blanco de sus páginas.
Mi mirada se enfocó con más interés al leer allí algunas palabras conocidas.
— ¿Qué cojones...? — me sorprendí.
Tan pronto como se dio cuenta de que la había cagado, recogió la libreta casi tirándose al suelo. Aún seguía sujetándola del brazo por lo que no tardamos en meternos de lleno en una tensa pelea de tirones.