A la mañana siguiente, Lina se despertó más temprano que de costumbre y salió con su cámara a pasear por la ciudad y tomar algunas fotos, en busca de inspiración.
Decidió, para variar, dejarse llevar por sus pies, en vez de pensar cuál sería su destino.
Caminó por casi una hora hasta notar que se había adentrado en un barrio privado. Primeramente, pensó en salirse de allí para no meterse en problemas, pero la belleza arquitectónica del lugar la atrapó por completo.
–“Sera solo por unos minutos” – se dijo para sí misma, mientras tomaba fotografía del lugar.
A lo lejos pudo divisar como se abría el garaje de una de las mansiones y se acercó un poco para capturar el momento en que el auto saliese.
Era un Lamborghini de color azul eléctrico, llamativo y además de hermoso, uno que ella jamás podría permitirse. A pesar de la velocidad con la que pasó el auto delante de ella, Lina alcanzó a fotografiarlo.
Unos segundos después, un guardia de seguridad se acercó a ella y le pidió su identificación. Ella se giró, entre nervios sin saber que responderle, pero al ver su rostro, el guardia expresó:
–Siento mucho haberla molestado, señorita Collins. Mis más sinceras disculpas, y le deseo que tenga un gran día.
Lina se quedó completamente muda ante las palabras del guardia de seguridad. ¿Quién sería esa tal señorita Collins y por qué el guardia la había confundido con ella? y, lo más importante de todo ¿Qué podría hacer para conocerla?
Después de ese breve encuentro caminó hasta las afueras del barrio, y le hizo señas a un taxi que venía de salida. Sentada en él, le echó un vistazo a las fotografías que había tomado anteriormente, y, tras observar con cuidado la foto del auto, pudo ver que era conducido por una chica rubia, muy parecida a ella.
–¿Sera ella la señorita Collins? – se dijo a si misma en voz baja, para que el conductor del taxi no la escuchara. – No, no debe serlo. – se respondió y puso su cámara a un lado mientras se recostaba a la puerta del taxi para observa el paisaje.
Mientras tanto, Emma, había salido de su casa con la intención de distraerse un poco y conformar su plan para evadir el compromiso. Despues de manejar en círculos por varias horas, decidió aparcar cerca de un centro comercial para ordenar un café.
–Un expreso sin azúcar, para llevar. – ordenó sin levantar la vista del teléfono.
–Diez dólares con cincuenta. – le respondió el dependiente.
–Antes el expreso costaba solo 4 dólares. – dijo Emma mientras abría su bolso en busca de dinero en efectivo.
–Podrías conseguirlo por menos si tan solo demostraras cortesía. – respondió el chico mientras señalaba un letrero encima del mostrador que decía:
“Descuento del 50 por ciento a todo aquel que salude al dependiente”
–Es lo segundo más ridículo que he escuchado desde que regrese a este pueblo. – exclamó Emma mientras extendía un billete de 100 dólares, y se daba la vuelta para salir caminando del lugar.
–¡Espera! – exclamó el dependiente al ver que la chica no tenía planeado esperar por el vuelto.
–¿A qué? – preguntó ella, tras detenerse.
–Tu dinero. – le dijo él mientras extendía su mano con el billete. – Tómalo.
–Quédatelo tú. – respondió Emma con cierta soberbia. – Es tu propina por recordarme lo maleducada que soy.
El chico se quedó inmóvil, sin saber que responderle, y la dejó escapar.
Después de este encuentro, caminó hasta el parque, y se sentó en uno de los bancos a disfrutar de su café, y a pensar. Justo cuando se disponía a tomar el primer sorbo, escuchó su teléfono sonar, y al ver que se trataba de un número desconocido decidió contestarlo.
–¿Quién habla? – dijo al responder con cierto malhumor.
–Tu futuro esposo. – le respondió un hombre.
–¿Christian? – preguntó ella.
–Sí, Christian. – respondió el chico.
–¿Cómo conseguiste mi número y por qué me llamas? – preguntó Emma, aun malhumorada.
–Me gustaría verte. – le dijo él. – ¿te importa si paso por tu casa?
–No estoy en casa. – se apresuró a decir la chica, creyendo que de ese modo se libraría de tan indeseado encuentro.
–Dime donde estas y pasare a buscarte. – respondió el, con la misma rapidez que lo había hecho ella unos segundos antes.
–Estoy ocupada, Christian. Salí porque necesitaba pasar un tiempo sola, para despejar mi mente y aclarar mis ideas. – contestó finalmente Emma.
–Vamos, Emma. Solo será por un rato. – insistió el. – Creo que es importante que comencemos a pasar tiempo juntos.
–No creo lo mismo. – dijo ella. – Creo que mientras menos tiempo pasemos juntos, mejor. Después de todo esta unión, en caso de que ocurra, será solo para complacer tus caprichos, me niego completamente a seguir tu jueguecillo sin sentido.
–Aun así, te casaras conmigo. – respondió el, dejándola completamente sin habla. – ¿Qué te ocurre? – le dijo Christian después de varios segundos sin escucharla decir palabra alguna. – ¿Te ha comido la lengua el gato?
–Ya no tengo nada más que decirte. – respondió ella. – Voy a colgar.
–Un momento. – le pidió el.
–¿Un momento para qué? – preguntó Emma.
–Un momento para que te gires hacia tu derecha. – respondió el chico.
Al girarse, Emma dejó caer el teléfono celular. Christian la había encontrado, y, definitivamente, aun no estaba preparada para encararlo de frente.
–¿Qué haces aquí? ¿Acaso me estas siguiendo? – preguntó furiosa y desconcertada a la vez.
–Iba de paso, y te vi de lejos. Solo me detuve a saludar. – respondió el chico sonriendo.
Ella quiso enfurecerse, y mandarlo a la mierda, pero, ¿Cómo hacerlo? Christian era demasiado atractivo como para estar enojada con él, lo que lo volvía aún más irritante.
Sus ojos verdes y achinados lo hacían completamente adorable, mientas que su mirada penetrante ponía nerviosa a cualquiera que se cruzara con ella. Su boca, al igual que el resto de cuerpo, era tan perfecta, que parecía tallada por los ángeles. Además, era alto, y vestía elegante. Definitivamente el tipo de hombre que nunca pasaría desapercibido.
–¿No dirás nada más? – le preguntó el. – Pensé que te gustaría mi sorpresa.
–Lo que realmente me gustaría saber, es por que deseas tanto casarte conmigo. – respondió Emma, dejándolo esta vez, completamente sin palabras.