Amanecí con el sonido de mi propio corazón latiendo fuerte en el pecho. La luz del día comenzaba a filtrarse a través de las cortinas del departamento de **Pilar**, y por un momento, todo parecía estar en calma. Ella estaba a mi lado, su pelo desordenado sobre la almohada y su respiración suave y constante. Era un momento perfecto, o al menos lo habría sido si no fuera por el sonido insistente de mi teléfono. Lo alcancé rápidamente, esperando que fuera algo sin importancia. Pero cuando vi el nombre de **Fabricio**, el joven que trabajaba en mi fábrica de madera, en la pantalla, supe que algo estaba mal. —Patrón —dijo su voz, llena de urgencia—. Es la casa de su madre. Algo terrible ha pasado. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones. La casa de mi madre. —¿Qué ha pasado?

