El hospital era un lugar de luces brillantes y olores fuertes, un lugar donde la esperanza y la desesperación chocaban constantemente. **Pilar** y yo caminábamos por los pasillos, nuestras manos entrelazadas, aunque mis pensamientos estaban lejos, en un lugar donde el dolor era la única realidad. Primero, necesitaba hacer una llamada. Saqué mi teléfono y marqué un número que conocía demasiado bien. —**Maximiliano** —dije cuando mi amigo respondió al otro lado de la línea—. Necesito tu ayuda. —¿Qué ha pasado, hermano? —preguntó su voz, gruesa y llena de preocupación. Le conté todo. La bomba, la muerte de mi madre, la gravedad de **Saraí**. Cada palabra salía de mi boca con dificultad, como si el solo hecho de decirlo en voz alta me lastimara. —Javier lo hizo —dije finalmente—

