La noche caía sobre la ciudad, y la sala privada donde Pilar y Santiago se encontraban estaba envuelta en una penumbra acogedora. La luz de una lámpara de mesa bañaba el espacio con un tono dorado, creando sombras que parecían bailar en las paredes. Pilar estaba sentada en una silla, revisando los últimos documentos del caso de Santiago. Llevaba un vestido n***o que ceñía sus curvas de manera discreta pero sugerente, y su pelo rojo caía en ondas suaves sobre sus hombros. Santiago, enfrente de ella, la observaba con esa mirada intensa que siempre la hacía sentir expuesta. Su uniforme de prisionero no lograba ocultar su aura poderosa, esa mezcla de peligro y magnetismo que lo definía. Pilar intentaba concentrarse en los papeles, pero sabía que él estaba allí, observándola, esperándola. —P

