-Necesito que me dé su nombre para que el registro se haga efectivo-. La chica de la recepción miraba a Jon con una sonrisa igual de perturbadora que la de JJ y Margarita. -Me temo que sin una identificación no puedo dejarlo entrar.
-Verá, realmente quiero conocerme a mí mismo en este taller y siento que me sentiré mejor si simplemente ignoramos ese paso-. Contestó Jon tratando de persuadir a la joven y facilitar la infiltración. -Dígame, cómo lo puedo arreglar.
La joven captó el último mensaje de Jon y se levantó de su escritorio en la recepción de un edificio viejo y polvoriento ubicado en la zona peligrosa de la ciudad. Ella iba bien vestida y se podía apreciar sus buenos modales y cortesía, sus lentes eran ovalados y no concordaban en lo más mínimo con su rostro dándole un aspecto anticuado. Este aspecto se profundizaba aún más con su ropa, un saco de lana descolorido, bajo este una blusa oscura y una falta larga y recta que se perdía entre unas medías de lana igual de oscuras.
-Señor Pablo, me estoy arriesgando demasiado con dejarlo entrar sin identificación, entenderá que el precio es costoso-. Sugirió la mujer sin tratar de tocar el tema directamente.
-Le ofrezco un veinticinco por ciento adicional, no hay nombres, no hay identificación, solo un hombre que necesita ser sanado-. Negoció Jon sintiéndose estúpido.
-Por un cincuenta por ciento creo que puedo dejarlo pasar-. Respondió fríamente la mujer cerrándose a continuar con la negociación.
-Pues está bien-. Jon sacó su cartera con el monto total en efectivo y lo dejó sobre la mesa con molestia. -Es usted muy amable por contribuir a la sanación personal de una persona.
La mujer tomó el dinero y sonrió sin gracia hacía Jon. La recepcionista tecleó en silencio por un momento en su computadora y al final imprimió un largo documento indicándole a Jon realizar una firma, la que fuera, en el papel para dejar constancia de su trabajo. Jon respondió obedientemente evitando que la recepcionista se arrepintiera y diera el brazo a torcer y se quedara incluso con su dinero. En lugares así lo mejor era ser precavido.
-A las cinco de la mañana necesito que este en esta dirección y la camioneta lo recogerá para llevarlo al sitio del retiro. Como le indicaba es fuera de la ciudad así que es mejor que sea muy cumplido-. Recomendó la mujer.
- ¿Y esto para qué es? -. Preguntó Jon señalando una llave y un ticket. -La llave será la llave de su recamara durante el retiro, el ticket es el boleto para recibir los beneficios del retiro, nosotros manejamos unas terapias a base de plantas medicinales.
- ¿De qué clase de plantas estamos hablando? -. Preguntó Jon interesado, esperando que la joven pusiera el pie y revelara algo oscuro.
-Son plantas medicinales, nuestro equipo de médicos ha comprobado lo buenas que son para el organismo, no se preocupe-. Contestó la joven con notable molestia en su rostro, pero sin borrar su sonrisa. -Se dará cuenta que La Célula sabe lo que hace.
Jon quedó perplejo ante el ultimo comentario y quedó tan perturbado que decidió no tratar de sacar a relucir el tema de nuevo obstruyendo sus propósitos.
Jon salió del salón guardando sus cosas en una vieja mochila que había preparado especialmente para aquella ocasión, no iba a permitir ser reconocido de nuevo. Acompañado a esto, Jon durante los días de recuperación y en los cuales trato de dejar los medicamentos para el dolor, se dejó crecer la barba, desordenó su cabello y decidió bañarse de manera menos frecuentemente. Gracias a esto Jon consiguió una apariencia de un hombre delgado mucho mayor, mucho más cansado y pobre de lo que realmente era. La ropa, por su parte, la obtuvo en el viejo mercado de pulgas y tras algunas modificaciones había bajado como mínimo tres escalafones de su clase social.
Jon era un hombre que a pesar de que vivía con miedos constantes, no siempre los materializaba y en la realidad caminaba con tranquilidad en lugares o situaciones que las personas comunes hubieran preferido evitar. Sin embargo, toda esta situación con La Célula y el Culto habían llegado a perturbar y asustar A Jon de una manera especial e inexplicable. No sabía cómo, pero habían pasado cosas raras, cosas inexplicables y sucesos que su mente aún no era capaz de asimilar realmente. Toda esta cuestión con Paula, con la mujer del despacho de JJ y con el accidente y la anciana, las cosas se habían puesto extrañas sin limitarse a un efecto de las drogas o del alcohol.
Aún ahora, Jon caminaba asustado bajando las tres calles que lo llevaban hasta la zona del servicio público. Estaba tan acostumbrado a ir en su vehículo o ser llevado por algún amigo o su exesposa, pero ahora su licencia se encontraba suspendida y no tenía el dinero para un nuevo vehículo. Los hombres harapientos lo miraban desde lejos con ojos de hostilidad y pronto comenzó a sentir que lo estaban siguiendo. Tal vez no era más que su imaginación, estaba muy alterado y confundido, pero ello no ayudaba en lo más mínimo a que se calamara.
-Muy bien, si quieren jugar eso es lo que vamos a hacer-. Se dijo Jon en un afán por inyectarse a sí mismos valentía.
Jon giró por una de las calles y fue a parar por la zona de tolerancia, allí donde las drogas, las compañías pagadas y las luces de neón empezaban a salir a la calle sin el menor control. Un hombre alto y con una gorra roída al igual que el gran abrigo que lo cubría continuaba siguiéndolo sin darse al menos la tarea de mezclarse con la masa de personas. Jon trató de evitar la mirada y comenzó a caminar rápido inútilmente, pues el hombre incluso parecía estar dispuesto a perseguirlo sin darle ninguna tregua. Jon comenzó a sudar debajo de su ropa de segunda mano, pero no se permitió darles el gusto de verse asustado.
Después de avanzar por unas cuantas calles, tomó de la mano a una mujer semidesnuda y sin decir mucho la hizo entrar a uno de los negocios escasamente iluminados. Tal vez todo era una ilusión, como las muchas que había visto en los últimos días, pero era mejor estar seguro. Lo más probable es que no dejasen entrar a un hombre con aquellas pintas en un lugar así, por lo que podía esperar que bajara a marea por unos minutos y luego tratar de escapar. Una leve sospecha se cernía en Jon, pero prefirió no pensar que aquel hombre fuera algo más que un asaltador que lo hubiera reconocido.
-Son treinta…- Comenzó la mujer que Jon había seleccionado de forma aleatoria en la calle.
-No me importa, cariño, te pagaré lo que sea necesario, pero necesitaré que me ayudes por unos minutos-. Contestó Jon sin despegar su mirada de la calle.
La mujer, comprendiendo el mensaje, se levantó y fue en busca de algunos cocteles que se ofrecían en la barra del oscuro bar. Las luces rosadas, moradas y rojas hacían un contraste exótico con la oscuridad del sitio. A pesar de la penumbra, Jon mediante una ojeada pudo distinguir al menos veinte hombres que reían con aquellas compañías compradas y otras mujeres que entre risas despedían a sus anteriores clientes e iban por algunos más.
-Al menos tendrás que tomar algo si…-. La mujer dudó por unos segundos al ver la cara de seriedad y miedo de Jon. -Si es que no te funciona lo otro.
-No estoy para bromas, pero te dije que te pagaría por tus servicios, así que necesito que me hagas un favor-. Jon sacó un billete de mayor denominación y la mujer abrió completamente los ojos ante el ofrecimiento. -Tal vez es mi impresión, pero un vagabundo me ha estado siguiendo, necesito que salgas y me avises si es que ya se ha ido, de caso contrario oblígalo a irse.
-Eso te costará mucho más-. Contestó la mujer tomando el billete.
-No te quieras pasar de lista conmigo, cariño. Tan solo debes hacer lo que te pido y tal vez haya una propina extra-. Contestó Jon quien siempre había tenido un desprecio hacía ese tipo de lugares.
La mujer pareció satisfecha con el ofrecimiento y se levantó lentamente rumbo a la entrada donde permaneció por varios minutos vigilando la llegada del desagradable visitante. Jon estuvo a punto de probar el coctel que le había sido ofrecido de manera tan informal, sin embargo, cuando lo llevó a la boca el olor era desagradable y prefirió tirar el licor de forma disimulada detrás del sofá de látex donde estaba sentado. Todo el sitio le daba un asco difícil de explicar, y con el mínimo movimiento sentía que el olor y los fluidos se prendían más a su ropa.
La mujer, al cabo de un tiempo, regresó corriendo hacía Jon con una mirada cambiada y una palidez extraña que era fácil de ver incluso ante aquel espectro de luces.
-Será mejor que te vayas ahora-. La mujer sacó el billete de su bolsillo improvisado y se lo lanzó a Jon afanadamente. -Vete ahora y no le digas a nadie que yo te atendí.
- ¿Qué es lo que pasa? ¿Y el hombre? -. Preguntó Jon confundido mientras se ponía de pie.
-Largo ¡Ahora! -. Dio un grito la mujer ante la conmoción que estaba a punto de iniciar.
Unos gritos se escucharon a la entrada del negocio y pronto tanto clientes como las mujeres que posaban con sus cuerpos empezaron a correr en estampida al interior. Todo ocurrió tan rápido que Jon no fue capaz de captar al inició de qué o de quién se encontraban huyendo hasta ese momento. Los gritos, los golpes y las maldiciones se mezclaron con el disco de la típica música de cantina que no paró de sonar ni siquiera ante aquella escena. Las luces parpadeaban y los cuerpos en el suelo se acercaban cada vez más a Jon que al inicio no era capaz de moverse.
-La perversidad está prohibida por nuestra madre, todo aquel que actúe en contra de la naturaleza será juzgado por sus pecados-. La voz vieja de un hombre se colaba al interior de una máscara y cuando estuvo más cerca de Jon, noto que estaba cubierto de n***o por completo.
Al fin Jon regresó en sí mismo y corrió rumbo a las escaleras donde pudo ver con mayor claridad lo que estaba ocurriendo. Eran al menos diez personas, todas igual de uniformadas y armadas de palos, machetes y bates de beisbol. Como si todo se reprodujera en cámara lenta, Jon notó como la cara de la mujer que hasta hace unos segundos le había avisado de la situación, se rompía y de ella brotaba un líquido que ante el contraste parecía vino derramado. Los gritos se escuchaban distantes, y el cazador vestido de n***o agarró el cuerpo que ahora yacía sin vida y lo arrastró a un lugar oscuro donde lo último que pudo observar fueron sus piernas ensangrentadas.
Otra mujer, mucho más joven y delgada, empujó a Jon casi hasta hacerlo desestabilizar en las escaleras de caracol. Saliendo del transe se unió a la multitud que subía las escaleras, aunque todo ello era inútil porque al final quedarían atrapados y a merced de los locos del machete. La música paró, y los gritos se hicieron más claros.
-Nuestra madre nos dio la potestad de juzgar a los seres malignos e impuros que se atreven a desafiar a la naturaleza-. Continuó el hombre hablando de memoria. -Todos ustedes irán al cielo gracias a nuestra purga. Dejaran de ser salvajes para unirse el credo celestial.
Jon no trató de seguir escuchando la conversación de aquel loco y subió tres pisos junto a la mujer que en medio de la adrenalina saltaba a zancos por la escalera. En los niveles inferiores se comenzaron a escuchar ahora también disparos y gritos de piedad que se hacían tan molestos como los zumbidos de los mosquitos en la noche. Los pasos dejaron de hacer ruido y pronto tan solo la joven mujer vestida con un largo escote y unos shorts se escuchaba en medio de sus quejidos por el dolor.
El loco continuaba gritando palabras que pronto cambiaron de idioma y sus seguidores tan solo silbaban aletargando aún más el dolor.
-Ayúdame, por favor. No puedo morir acá-. Le rogó la joven mujer a Jon luego de que su pie se torciera subiendo una de las escalinatas. -Por favor, no me dejes acá.
Jon, movido por un sentimiento de lastima y de piedad, agarró a la mujer y la montó a su espalda tratando de subir las escaleras sabiendo que todo ello era inútil, una vez que llegarán al último nivel todo estaría acabado. Jon no tenía miedo a la muerte, tal vez estaba emocionado por dar fin a una vida bien vivida, no había nada que reprochar o dejar al pendiente. Paula, tal vez ella era el pendiente, pero las cosas estaban tan locas que probablemente no fuera más que otra ilusión.
-La azotea, por favor, la azotea-. Gritaba la mujer tratando de mantener el aliento. -Mi hija. Tengo que ir por mi hija.
-Tranquila, cariño, saldremos de esta-. Contestó Jon tratando de calmarla, aunque ya había perdido toda esperanza.
Cuando estuvieron por llegar al final del último juego de escaleras, la mujer tuvo una extraña contracción y ambos fueron a parar de nuevo a la planta inferior. La respiración de la mujer era cada vez más trabajosa y Jon inútilmente trataba de hacerla calmar para que inhalara y exhalara.
-Inhala, cariño, Inhala conmigo-. Trató Jon.
La mujer buscó al interior de su ropa y encontró un inhalador que trató de llevarse a la boca inútilmente, pues el instante quedó sin fuerzas. Jon trató de oprimirlo en su boca, pero ella ya no respiraba, solo trataban de articular unas últimas palabras y de sus ojos salieron unas lágrimas cristalinas. Jon jamás, ni siquiera en su esposa, había visto unas lágrimas tan puras como aquellas.
Los pasos se fueron acercando cada vez más y los rezos en idioma desconocido del hombre se intensificaron acompañados de tiros secos. Ya no habían gemidos o ruegos, solo silencio. Jon se levantó y corrió hacía la azotea sin mirar atrás. Cuando escuchó el ultimo tiro ya se ocultaba entre las tejas de barro de otro lugar.