El día en el trabajo había sido particularmente difícil. Guillermo estaba hecho furia por los últimos acontecimientos en el país y la nueva legislación que impedía la libertad real de prensa, o al menos así era como él lo había visto. El periódico era un completo caos entre analistas políticos que querían sacar su tajada y protagonismo en la ocasión y los pobres pasantes que iban de un lado para otro moviendo archivos y cafés donde se necesitasen. A pesar de todo aquello, Jon permanecía sentado sobre su cómoda silla mordiendo su bolígrafo y haraganeando para pasar el rato.
Rene hace poco se había divorciado de su esposa la cual por años lo había tenido cogido de las pelotas para sacarle el poco o mucho salario que le llegaba. Aunque su amigo había manifestado una cierta tristeza y sentimiento de soledad, ahora Perdomo era mucho más enérgico y amigable de lo que había sido en los años en los que Jon lo había conocido. Tal vez él no tenía muchos consejos que darle a un hombre que era notablemente mayor que él, Jon mismo no sabía exactamente lo que significaba ser un hombre dentro de una sociedad donde cualquier postura podría llegar a mal interpretarse, sin embargo, lo estimaba como un amigo y estaba feliz de su divorcio. Ella era una víbora y Jon había tenido el poco placer de conocerla dentro de una de las fiestas de la oficina.
Aquel día Jon llego junto con Paula que permanecía bastante tranquila gracias a las medicinas que le había recomendado uno de los médicos amigos de Jon. Desde lo del hospital psiquiátrico, Jon no confiaba en los médico y mucho menos en las hermanas de la caridad que pretendían mostrar una buena cara a enfermos de los que abusaban, por lo que su amigo había tratado de ser muy paciente con ella. Por su parte, la esposa de Perdomo, una mujer mayor y descendiente de una buena familia, caminaba con una altivez y prepotencia que alcanzo a incomodar a todo el equipo a pesar de que las copas de vino se dieran para relajar el rato.
Perdomo caminaba detrás de su mujer pareciendo, a pesar de su gran altura, un pobre niño que corría entre las faldas de su madre. La mujer saludo con gran amabilidad a Guillermo, quien se encontraba a solas, pero en el momento en que se dirigió a la sala común se sentó, cruzó la pierna y se dedicó a mirar el horizonte sin prestar atención a las apasionantes historias de los presentes.
-Fue entonces cuando me di cuenta de que en donde me estaba sentando era verdaderamente una Pitón que por algún motivo estaba ahí aplastada-. Comentaba Rene mientras contaba una historia que ya era habitual de él. -Nunca se me va a olvidar ese tronco de madera que se movía y que por poco y me come.
-He escuchado esta historia miles de veces y siempre me sigue dando risa-. Respondió Jon para todos mientras se levantaba a llenar su copa de vino. -Sin embargo, siempre me pregunto cómo es que uno no puede sentir la respiración de semejante animal.
- ¡Jon! -. Exclamo su amigo mientras lo tomaba del hombro. -Siempre tren incrédulo y lleno de preguntas. Sin embargo, mi pregunta es cómo es que esa belleza que es tu esposa puede aguantar a alguien tan gruñón.
-El truco con los hombres es mantenerlos amansados antes de que la amansen a una-. Respondió Paula quien ya había entrado en confianza, pero no tomaba. -Pregúntale a tu esposa, estoy segura de que sabe de lo que estoy hablando.
La mujer se abochornó ante el comentario de Paula y giró los ojos en señal de una notable molesta. A pesar de las risas, la incomodidad del momento obligo a los presentes a callarse y beber en silencio. Paula por su parte, se enrojeció y decidió permanecer callada por un rato hasta que alguien decidió revivir la conversación.
- ¿Y tú a qué te dedicas? -. Preguntó Ximena la mujer encargada de los temas políticos. -Jon nunca habla de algo que no sea trabajo.
-Sí, bueno, creo que le doy pena-. Bromeó Paula buscando las palabras adecuadas. -De profesión soy profesora de lenguaje, pero ahorita estoy desempleada por temas de salud.
-Oh, es una pena cariño-. Ximena puso su copa hacia adelante y se encaró hacía Paula en un tono compasivo. - ¿Estás enferma? ¿Qué es lo que tienes?
-No es nada, ya sabes uno llega a edades donde si no es una cosa es la otra-. Respondió nerviosa. -Pero estoy tratando de empezar un proyecto mientras tanto. Quiero abrir una página en internet y compartir mis conocimientos con quien los quiera ver.
-Hija, te das muy duro contigo misma, aún eres bastante joven y hermosa, espero que te mejores pronto. Yo soy profesora también y la enseñanza es la profesión más hermosa que puede existir-. Ximena se levantó y se sentó junto a Paula tomándola de la mano con cariño. -Cualquier cosa que necesites estoy para ti. Jon es un excelente colega y estamos para ayudarnos.
Jon sonrió al ver a su esposa tan tranquila y compartiendo con naturalidad con sus compañeros que, aunque a veces eran unos idiotas, siempre eran confiables. Girando la cabeza, por su parte, Perdomo estaba arrodillado a los pies de su esposa quien hacía una mala cara y amenazaba con una pelea de no salir de allí cuanto antes. Rene por su parte, parecía decidido a disuadirla de su decisión y así evitar pasar vergüenzas, sin embargo, la mujer era demasiado engreída.
-No me hagas hacer un show acá en frente de esta gentuza-. Exclamó la mujer entre susurros que se podían escuchar en toda la oficina. -Nos vamos ahora y es decisión final.
-Amor, por favor es la fiesta de fin de año del trabajo, solo te pido que compartas conmigo-. Trató de calmarla inútilmente Rene. -Además nos están escuchando.
-Pues que nos escuchen-. Respondió la mujer sin interés. -Ese es el trabajo en el que estás, el chisme y la propaganda. El amarillismo es lo que gusta a gente como ellos.
Ahora la conversación se escuchaba en todo el cubículo e incluso Guillermo trataba de fingir que nada estaba pasando. Los gritos se hacían más claros y todo el mundo permaneció en silencio.
-Por favor…- Negoció Rene de nuevo.
-Por favor nada, me largo-. La mujer se levantó y tomó su bolso mientras arrastraba una hermosa gabardina entre sus tacones. -Si no me sigues ahora ni te molestes en regresar a la casa hoy.
-Irina, por favor-. Trató de nuevo de calmarla para salvar la poca dignidad que le quedaba en la oficina.
-Nada, tú veras-. En cuando la mujer termino de decir esto la gabardina se envolvió en sus tacones dando a parar contra el suelo.
Las risas reiniciaron en la oficina y ni siquiera el mismo Rene fue capaz de ocultar lo cómico que era aquella escena. La mujer, tratando de salvar la poca dignidad y presencia que le quedaba, se levantó velozmente no sin antes maldecirlos a todos por el mal rato que les había hecho pasar. Rene, sin embargo, decidió quedarse en la oficina y aguantar con diversión los comentarios de sus compañeros.
Aquella noche Jon y Paula lo hospedaron en casa no sin antes ofrecerle un gran repertorio sobre lo que debería hacer ante aquella víbora suelta. Ahora Rene, se veía más feliz y el mismo Guillermo lo había felicitado por tan buena decisión.
Jon se levantó tranquilamente de su escritorio y camino con una sonrisa en su rostro por la oficina observando a las encargadas del área de redacción trabajar sin descanso. Jon no acostumbraba a conservar su chaqueta en el edificio, hacía bastante calor y prefería mantener sus manos libres, con las mangas de la camisa arremangadas y la corbata un poco suelta. Sus lentes estaban mal acomodados y constantemente se deslizaban por su nariz dándole un característico Tic propio de los cuatro ojos.
- ¡Jon! -. Gritó Guillermo quien encontró a Jon admirando la mañana soleada desde el gran ventanal de la oficina. - ¿Qué rayos estás haciendo ahí? Estamos escasos de personal hoy con esta noticia y vos perdiendo el tiempo.
-Solo busco inspiración, todos la necesitamos, Boss-. Contestó Jon con su sentido del humor habitual. -Necesitas un respiro, sino vas a reventar en esa camisa.
-Muy gracioso, niño-. Contestó el viejo tratando de ocultar la diversión del comentario. -Muy gracioso, pero en especial hoy no puedo tener a nadie del personal haciendo la locha y menos dar permisos. Necesito que te encargues de hacer una comparativa de esta ley con otras que hayan hecho los dictadores.
-Un poco sucio, Boss-. Respondió Jon que seguía mordiendo el bolígrafo y se dirigía de nuevo a su puesto para hacer la tarea-. Muy sucio, pero si lo que quiere es que los dejemos mal parados entonces haremos que se retuercen en el congreso.
Jon caminó los diez pasos cortos hasta su sillón y luego de dar un giro en el aire con profesionalismo, se ensartó en su computador y comenzó a trabajar. La mañana pasó veloz mientras hacía traer tasas de café, unas más amargar, otras más dulces y otras que tenían un sabor vomitivo y debía hacer que los pasantes regresaran en su labor de meseros. Los documentos fueron buscados de un lado para otro y la música sirvió como gran inspiración para evitar que las distracciones y los comentarios de Rene, quien seguía con las noticas de crimen, lo sacaran de su trabajo.
Al medio día Jon no solo tenía un excelente texto para ser publicado en las r************* y en los medios impresos, sino que era los suficientemente sensacionalista para aplicar presión sobre los políticos. Guillermo estaba orgulloso y como siempre no pasó el menor “Pero” a la redacción de uno de sus mejores investigadores. A pesar de ello, le encargo otro texto más que Jon estuvo más que complacido en redactar.
La tarde pasaba veloz y con diversión, hasta que el teléfono de su escritorio sonó con violencia sacándolo de la concentración de su trabajo.
- ¡Jon! -. Exclamó Paula desde el otro lado de la línea. - ¿Cómo estás, mi corazón?
-Muy bien, trabajando, ya sabes-. Respondió Jon mientras revisaba los documentos para su texto. - ¿Está todo bien? Estoy muy ocupado.
- ¿Estás muy ocupado? -. Respondió con nerviosismo Paula. -En ese caso entonces no te molesto, no es nada.
-Vale, te llamo más tarde-. Jon colocó la bocina en el aparato y continuó con el ajetreo.
De nuevo las horas fueron pasando y la tarde se convirtió en la primera etapa de la noche, donde el sol se convierte en un mar naranja que pinta los edificios de rojo y amarillo. El teléfono volvió a sonar.
- ¡Jon! -. Exclamó Paula desde el otro lado de la línea. - ¿Cómo estás mi corazón?
-Amor, estoy trabajando todavía. Creo que me quedaré hasta tarde el día de hoy-. Respondió Jon comprensivamente. - ¿Hay algún problema?
-No, no es nada, perdóname-. Respondió Paula. -Hoy está haciendo un lindo día ¿quieres salir?
-Ya te dije que estoy trabajando-. Respondió Jon un poco irritado. -El Boss no nos quiere dar ningún permiso. Lo siento, pero si quieres mañana salimos.
-Está bien, te quiero-. Colgó Paula alegremente.
Jon respondió con una sonrisa y de nuevo las horas se fueron pasando entre archivos y teclas oprimidas. Las palabras parecían salir de sus dedos como si estuviera escribiendo su novena sinfonía. De pronto, el teléfono volvió a sonar.
- ¡Jon! -. Exclamó Paula desde el otro lado de la línea. - ¿Cómo estás, mi corazón?
-Paula, ya te dije que el día de hoy llegaré un poco tarde-. Se limitó a contestar Jon con irritación ante la nueva interrupción.
-Perdóname, no era mi intención-. Contestó ella entre risas. - ¿Recuerdas nuestra primera cita? Ese día llegaste con una sudadera mientras que yo…
-Paula, necesito ir a trabajar ahora-. Contestó Jon tratando de contenerse. - ¿Pasa algo malo?
-No-. Contestó ella cambiando de tono. -Que te rinda, lo siento. Te quiero.
Ella colgó la llamada y Jon sintió alivio al poder continuar con su obra maestra en proceso. Rene se había ido hace algún tiempo y espero recuperar la inspiración mirando al techo. Ahora era difícil saber de qué era lo que escribía, pero seguro que con una taza de café las cosas mejorarían.
Jon se levantó y la oficina ahora estaba más callada y tranquila que en la mañana. Ya no estaban los pasantes y los que permanecían se encontraban centrados en sus computadores. Incluso el mismo Guillermo tecleaba como loco en un laptop buscando las palabras adecuadas para el adelanto de su columna. Pronto llegó a la cafetera, colocó las onzas de café y esperó unos cuantos minutos hasta que la sustancia oscura y amarga bajara por él tuvo hasta la jarra de vidrio y de ahí hasta su pocillo de porcelana. “Para el mejor esposo del mundo” decía el tazón que le había regalado Paula, y se sintió mal por la última conversación.
Aquella terapia daba tranquilidad, y de nuevo Jon recupero la inspiración para seguir con lo suyo. Terminaría con eso lo más pronto posible, pararía en una tienda de 24 horas y compraría comida instantánea para ver junto a ella una noche de películas. Jon comenzó a teclear y de nuevo el teléfono sonó.
- ¡Jon! -. Exclamó Paula desde el otro lado de la línea. - ¿Cómo estás, mi corazón?
-Aquí estoy todavía-. Respondió Jon tratando de tener paciencia. - ¿Estás bien?
-Amor, mi vestido era demasiado grande y casi me caigo camino al atrio-. Paula se reía al otro lado de la línea. -No puedo creer que se encogiera en tan poco tiempo.
-Cielo, tengo que trabajar-. Respondió Jon. -Te prometo que continuaremos hablando cuando llegue a casa. Llevaré comida y veremos películas, pero ahora debo trabajar.
Jon colgó la llamada y dio un sorbo a su café que le regresó el vigor. La música empezó a hacer compas con las tecleadas y de nuevo los dedos fluían como si de un pianista se tratara. Todo iba bien hasta que el teléfono sonó de nuevo.
- ¡Jon! -. Exclamó Paula.
-Paula, deja de llamarme que estoy trabajando-. Interrumpió Jon con molestia y desespero para luego colgar la llamada.
Jon dejó el teléfono descolgado y continuó trabajando como sí nada. Las palabras fluían por sus dedos, aunque aún estaba molesto por las constantes interrupciones de su esposa. Quería llamarla para disculparse, pero entre más rápido terminase, más rápido podría llegar a casa junto a ella. O al menos eso era lo que Jon pensaba.
Cuando Jon se dio por satisfecho ante su última gran obre maestra, recogió su chaqueta, se levantó de la silla y siguió con sus pasos habituales rumbo al ascensor que luego de varios minutos lo dejo en la zona donde su automóvil estaba estacionado. Jon abrió la puerta, se sentó y giro la llave para que el motor encendiera limpia y posteriormente ponerlo a rodas por las calles que ahora estaban vacías en la ciudad.
Algo similar a la lluvia, pero no lluvia, había empezado a caer sobre el parabrisas de Jon, pero a este no le importó en lo absoluto pues estaba desesperado por llegar a casa y disculparse con ella. Quería pedirle perdón por su comportamiento, ella estaba sufriendo y él debía tratar de ser comprensivo con ella. Quería decirle que ella era lo más importante en su vida, que la amaba más que a nada y que a nadie.
Sin embargo, cuando el coche entró por la cuadra hasta su casa, las cenizas se intensificaron y una gran montaña de humo salía del lugar donde se suponía que estaba su casa.
Todo había comenzado a arder.