Pendían los bombillos en la cafetería. Un ventilador se movía de izquierda a derecha como si estuviera vigilando a los clientes. Un televisor, monocrómo, transmitía las noticias del día a día: muertes y más muertes. Sentado en una de las sillas, cerca del ventanal que daba a la calle, un hombre, atildado con un traje caro y corbata roja, bebía su café. El ala de la fedora, producía una sombra recortada en el descenso de su nariz. La vejez no se le notaba, pues su piel, humectada, no mostraba arrugas. Era un hombre, con una vida holgada, que bebía su café mientras las noticias hablaban del número de muertos, producto de la guerra. A su espalda, un mastodonte, metro ochenta de altura, robusto y lozano, parecía custodiar al hombre. La puerta de la cafetería se abrió, el tintineo de la campani

