—El plan era molestar a mi madre y terminamos molestando a la tuya, lo lamento —dijo Miguel cuando comenzamos a comer después de una mañana de compras.
—Bueno, si tu madre iba a terminar molesta, no había forma de que la mía estuviera contenta —dije—. Somos solo mi hermano y yo, y ella en serio no se esperaba que yo algún día me casara con alguien, mucho menos que me fugara con cualquiera.
—Ouch —hizo él y sonreímos.
Miguel tenía una personalidad bastante buena, y muy peligrosa teniendo en cuenta su buena apariencia. Podía ver que, más que mi nada despreciable apariencia, le interesaba mi terrible personalidad.
Yo, que desde el inicio puse mis reservas a él, seguro no terminaría como cualquiera terminaría de estar en mi lugar: enamorada de él.
Gracias al cielo yo era... ¿inteligente?
Ya no estaba tan segura. Alguien inteligente de verdad, seguro había encontrado la manera de salir del hoyo sin colgarse a nadie, sin romper el corazón de su madre y sin sentirse terriblemente culpable por estar gastando un dinero que no le había tomado ningún esfuerzo obtener.
Al final, yo ni inteligente, ni astuta y mucho menos interesada. Lo que me detenía los pies de salir corriendo a mi casa para pedir una disculpa a mi madre y tirarme a pedir limosna no era ni siquiera mi orgullo, era que había hecho una promesa a ese que no parecía molesto de gastar su dinero en mí.
—Del uno al diez, qué tan agresiva es tu madre —pregunté previendo la guerra que yo había ido a pelear—, y con agresiva me refiero a la forma violenta. Si voy a terminar calva por sus manos, quiero ir acumulando pelucas.
Miguel se atragantó con el agua que bebía, luego de toser frenéticamente rio a carcajadas.
—No va a dejarte calva —aseguró—, puede que te deje sin oportunidades de empleos decentes, pero no sin dientes. Lo prometo.
—¡Oh, genial! —exclamé—. Después de ti será la prostitución.
Otra carcajada hizo que el mundo entero en ese restaurante nos mirara con curiosidad y desapruebo.
—Dios, eres lo que no había visto nunca —señaló sin poder dejar de reír del todo—. En serio genial. ¿Cómo se te ocurre tanta cosa en tan poco tiempo?
—Es genético —respondí con la pura verdad—. Mamá es un genio. Me hubiera gustado que conocieras ese lado de ella.
Miguel estiró su mano hasta cubrir mi puño con ella, entonces sonrió y me mordí el labio para no terminar llorando después de fallar en simular una sonrisa.
—Puede que se haga a la idea pronto, entonces podrás mostrarle ese lado de ella a tu futuro marido. Te presentaré a algunos amigos no tan clavados con las ondas de clases sociales, para que no termines en la prostitución.
Sonreí negando con la cabeza.
El Miguel que era mi falsa pareja era un poco diferente a lo que había visto de él antes de vivir juntos. Ahora no parecía tan serio ni tan amargado, aunque puede que estuviera haciéndolo solo por animarme. Y eso me gustaba un poco.
» ¿Quieres postre? —preguntó y negué con la cabeza.
—Si sigo comiendo postres, irremediablemente terminaré vendiendo mi cuerpo, pero por kilos.
Una nueva y estridente risa me hizo reír también.
» Siento que más que tu pareja soy tu payaso —señalé apartando la mirada de su rostro para no terminar riendo tanto como él.
—De verdad eres diferente —dijo—. Excepto en comprar. Creo que mi hermana y tu harían buena mancuerna, gastan mucho y les gustan las mismas marcas, al parecer. Pero ella es aburrida y tonta.
—Pues deberías de presentármela alguna vez. Así te desfalcamos juntas.
—Seguro que lo harán. Vamos, quiero que vayamos a un lugar que, estoy seguro, te va a encantar.
Lo miré con curiosidad. ¿Un lugar que seguro me iba a gustar? Según yo ya estábamos en él. No me imaginaba ningún lugar que me gustara más que un centro comercial cuando tenía la oportunidad de comprar absolutamente todo lo que se me ocurriera sin tener que haber trabajado toda una vida para ello.
Salimos del restaurante y caminamos hasta su auto en el estacionamiento, entonces condujo por alrededor de dos horas.
Dejamos la ciudad y anduvimos bastante tiempo por un tramo de carretera donde cada vez había menos rastros de humanidad y más de la buena naturaleza.
El camino fue silencioso, Miguel iba sumergido en la carretera, y probablemente en sus pensamientos, yo me dediqué a disfrutar de la vista.
La naturaleza me gustaba, los lugares sin gente, sin edificios, sin ruidos ni olores complicados me gustaban en serio. Yo hubiera sido campista, o hippie, si no me disgustaran tanto los bichos.
Entramos en una vereda y condujo hasta una enorme casa en medio de absolutamente nada. El monte y los árboles silvestres, de pronto, se habían convertido en un hermoso y enorme jardín.
—Wow —dije al salir del coche y sentir el barullo de la nada envolverme. El lugar era fresco, casi frío, y olía a bosque... a lo que imaginaba olería el bosque—. Es impresionante.
—¿Impresionante? —preguntó tomando mi mano para dirigirme en el camino—. Había escuchado que la llamaran "hermosa" y derivados, impresionante jamás.
Miré a mi alrededor contrariada, el silencio no era silencio, era un murmullo que, de no ser porque mis sentidos de alerta se habían activado, hubiera sido relajante.
Y, por primera vez en todo el tiempo que había estado con Miguel, me sentí preocupada además de idiota.
¿Quién en su sano juicio se va con un desconocido a un lugar en medio de la nada? Seguro solo idiotas como yo. Además, ¿quiénes habían dicho que ese lugar era hermoso y derivados?, ¿algunas desconocidas desaparecidas y enterradas en el sótano de semejante mansión?
El enorme hueco en mi estómago se hizo profundo y doloroso. Además, una punzada en mi cabeza picaba mi frente al compás del lento latido de mi corazón.
Quería vomitar, y quería, más que nada, salir corriendo.
Estaba a punto de tener un ataque de pánico, ya me había visto encerrada en un calabozo, siendo torturada y luego muerta y descuartizada por ese guapo sujeto que me llevaba casi arrastrando hasta una casa que ya no estaba segura de querer visitar.
—¿Demasiado impresionada? —preguntó él rompiendo el apacible y sofocante silencio que nos acompañaba—. ¿En qué piensas?
—Me estaba preguntando qué tan atlético eres y si me alcanzarías rápido si salgo corriendo con todas mis fuerzas.
—Te alcanzaría —aseguró seriamente—. Pero casi recién comimos, no salgas corriendo, por favor. Además, probablemente te perderías y no quiero pasar mi fin de semana acompañando una brigada de búsqueda para dar contigo.
Bien, que pensara en una brigada de búsqueda significaba que no tenía intención de hacerme daño, ¿verdad?
¡Al infierno! Ya había cometido demasiadas estupideces. Si Miguel intentaba algo raro le pegaría fuerte con algo. Así que no perdí detalle de los objetos que había en esa casa. Y, definitivamente, no bebería nada que me ofreciera. Iba a prevenir para no tener que lamentar.
La casa era preciosa. Desde la entrada hasta lo que no alcanzaba a ver, seguramente, era y estaba impecable.
» ¿Te gusta? —preguntó cuando llegamos a una hermosa sala de sofás enormes y malditamente hermosos y caros.
—Aja —dije admirando cada pequeño detalle.
La casa era como el sueño de mi madre hecho realidad. Me gustaba.
Caminé a un enorme ventanal que separaba esa habitación de afuera, y miré con una sonrisa y embelesada ese afuera.
Miré el enorme jardín, y el inicio de la naturaleza que rodeaba la casa. Era como un cuadro perfecto, podía mirarlo por horas sin cansarme, seguramente.
Recorrí con la mirada cada cuadro del ventanal hasta que, en el que estaba frente a mí, pude ver su reflejo. Miguel me estaba mirando con una expresión extraña, pero no malosa, más bien como lacónica.
—Era su lugar favorito en todo el mundo —dijo poniendo su mirada en mi reflejo—, pensé que iba a gustarte.
Lo miré y sonrió.
» Ven, te mostraré el lugar de esta casa que, estoy seguro, se convertirá en tu favorito. Era el de ella.
Lo seguí hasta el segundo piso embobada con las magníficas paredes, los preciosos muebles y los fantásticos adornos sobre ellos.
La casa era luminosa, era rara la pared al exterior que no tuviera un enorme ventanal o una puerta a alguna terraza.
—¿Es tu casa? —pregunté al hombre que caminaba en silencio un par de pasos delante de mí.
—Algo así —respondió—. Mis abuelos vivían aquí, ellos murieron hace nueve y cinco años. Hace cinco años, cuando mi abuela murió, nos heredó esta casa a mi hermana y a mí. Ambos la adorábamos, pero, a pesar de ser un sueño, no está bien ubicada. Sería una molestia tener que ir al trabajo desde aquí, así que solo la usamos para pasar algún fin de semana o para escapar del mundo un rato.
Miguel se detuvo frente a una enorme puerta blanca y, tomando la perilla, terminó de contar—: No quisimos venderla porque... porque es importante para nosotros. Era como un refugio, como el espacio donde guardamos todos nuestros sueños, hasta los imposibles.
El hombre cuya mano en la perilla temblaba, garraspó y abrió al fin la puerta, ambas puertas, para dejarme ver ese que seguro se podría convertir en mi lugar favorito.
Admito que, aunque ya no estaba tan asustada, seguía pensando en muchas cosas, cosas como que, si iba a ser prisionera, no me molestaría estar encerrada en esa casa.
La habitación era la biblioteca, tenía dos paredes que parecían estar hechas con los libros en las estanterías de madera que llegaban del suelo hasta el techo y de un lado a otro. Había algunos muebles: mesas, sillas y sillones. La habitación terminaba en dos enormes portales a una terraza.
Estaba maravillada, tan asombrada que ni siquiera pude pensar en pronunciar una palabra o un sonido. Solo quería admirar la imperturbabilidad de ese lugar.
» ¿Te gusta? —preguntó Miguel.
Le miré y asentí. Él me regaló otra de esas sonrisas apagadas que había estado mostrando desde que llegamos.
» Como pensé —dijo bajito, pero no tan bajito, pues lo escuché con claridad—, te pareces más a ella que a mi hermana.
¿Con "ella" se referiría a su abuela? Me pregunté, pero no dije nada. Sus cuerdas parecían bastante sensibles como para ser tocadas por mí.
Había visto mucho ya de ese Miguel que me acompañaba, estaba un poco abrumada, así que decidí no provocarlo a llorar, porque eso parecía que sucedería si yo le invitaba a enfocarse en lo que estaba sintiendo.
» En invierno, leer aquí adentro es una delicia, en primavera y otoño es bueno leer afuera —decía—, en verano lo que quieres es pasarlo en la piscina.
—¿Tienen piscina? —pregunté emocionada, girándome con rapidez hacia él.
Miguel rio al fin y asintió después de suspirar.
—Está en la parte de atrás —informó y me mordí el labio para no pedir que me llevara ahí.
Yo estaba segura de que la piscina sería mi lugar favorito más que la biblioteca. Leer me gustaba, pero más me gustaba el agua, la naturaleza y respirar profundo aire fresco.
Respirar profundo aire fresco me hacía sentir como si la vida recorriera mi cuerpo entero. Quizá por eso mi actividad física preferida era yoga, porque entonces podía sentir como el aire llegaba a cada rincón de mí, y por eso me gustaba nadar, porque cuando el agua acariciaba a extensión mi piel podía sentir la vida abrazarme.
» ¿Quieres verla? —preguntó tras un rato de que mis ojos se fijaran en él.
—Ah, mhmm —hice un tanto avergonzada.
Me había perdido en sabrá el cielo cual parte de mi loca cabeza, por eso le había mirado fijo sin quererlo, realmente.
—Vamos —pidió extendiendo su mano hacía mí.
Sonreí y la acepté, entonces caminamos hasta el fondo del pasillo, donde encontramos una nueva terraza y otras escaleras que daban justamente a una piscina en medio del jardín.
—Es como esas casas de verano que los ricos tienen en las películas —dije fascinada por lo irreal que se veía todo—. Es fantástica. Quiero una así.
—Tenemos esta —dijo Miguel y bajamos las escaleras tomados de la mano—. Podemos venir cuando quieras y yo pueda.
Asentí y caminamos por el pasto perfectamente podado para terminar sentados en un par de esas sillas playeras que había alrededor de la piscina. Era curioso que, aun cuando no había nadie en esa casa, todo estaba ordenado, limpio y cuidado.
Respiré profundo y me relajé. Ya estaba noventa por ciento segura de que saldría viva de ese lugar, y me enganché por ese silencio confortante que había.
Miguel parecía estar recorriendo más que los espacios de esa casa, parecía ir caminando por algún lugar de su mente y dejé que fuera así. No iba a interrumpir su tour por sus memorias cuando estaba disfrutando tanto de ese espacio que, a momentos, parecía ser solo para mí.
* *
Sentí que el mundo bajo mis pies se desaparecía, así que me desperté sobresaltada, y asustada miré a todos lados para encontrarme entre los brazos de Miguel.
» No era mi intensión despertarte —dijo—, quería llevarte a la cama para que siguieses durmiendo.
—¿Qué hora es? —pregunté intentando asimilar todo, pues ni siquiera sabía dónde estaba o cómo había llegado hasta allí—, ¿a qué hora me dormí?
—Cuando desperté ya estabas dormida —dijo y me bajó justo como se lo pedí.
Tallé mi cara con nada de sutileza, y me estiré tan discreta como pude antes de volverle a mirar.
» ¿Quieres que durmamos aquí? —preguntó.
— ¿Es muy tarde? Me gustaría regresar. Esta casa no se me antoja de noche —declaré e, inevitablemente, bostecé.
» Lo siento. Es un lugar agradable —dije—, no me costó trabajo relajarme.
—Fue bueno que al final te relajaras —dijo y le miré contrariada—, recién llegamos tenías cara de ser la protagonista de alguna película de asesinos seriales, o de terror.
Lo miré sorprendida, luego de eso avergonzada.
Sería porque en mi círculo todos me conocían, pero hacía mucho que nadie mencionaba lo transparente que yo era. Gusto, disgusto, asombro, susto... cosas como esa se reflejaban claramente en mi rostro cuando las sentía, y yo me había olvidado de ello.
—Lo siento —repetí suplicando al cielo que abriera un agujero justo bajo mis pies para que la tierra me tragara y me escupiera al otro lado del mundo donde Miguel no me pudiera ver.
Miguel negó con la cabeza sin poder dejar de sonreír, entonces rodeamos la casa para llegar hasta su auto y volvimos a su departamento donde él debió despertarme de nuevo, en el camino me había vuelto a dormir.
Me dejé arrastrar hasta la cama, donde volví a dormirme sin quitarme los zapatos siquiera. Miguel entró al baño y, al salir, se tiró justo a mi lado, sobre la colcha y con los zapatos puestos también. Así despertamos algunas horas después, vestidos y calzados.
—¿Quieres ir a correr? —preguntó el sujeto que me miraba desde su almohada.
A pesar de ser temprano, asentí, y ambos nos levantamos para ponernos ropa más adecuada para la actividad que íbamos a realizar. Habíamos dormido bastante ya.
* *
Con el tiempo que pasábamos juntos, disfrutando de las mismas actividades, pude conocer a un Miguel amable y respetuoso, a un Miguel casi siempre divertido y a veces misterioso.
Mientras más tiempo pasábamos juntos más disfrutaba yo de estar con él. Pero, aunque él parecía tener gustos similares a los míos, de pronto tenía la sensación de que él se esforzaba por disfrutar de todo lo que hacíamos. A veces sentía que, todo lo que hacía conmigo, lo quería hacer con alguien más.
Era un poco complicado de explicar, pero de pronto sentía que él me miraba con ganas de que yo fuera otra persona; a veces, cuando reía conmigo hasta quedarse sin respiración, terminaba suspirando con algo de deseos extraños, como si no terminara de estar satisfecho conmigo.
Nosotros despertábamos juntos, corríamos juntos, desayunábamos juntos, a veces comíamos juntos, rara vez cenábamos separados, por la tarde-noche nos acurrucábamos a ver alguna serie o a escuchar música, o a veces, muy pocas veces, salíamos a ver algún espectáculo, y luego dormíamos juntos.
Nuestros fines de semana nos llevaban siempre a esa casa en donde solo comíamos y dormíamos juntos, cuando estábamos ahí yo hacía todo sola mientras él no hacía nada. Podía ver lo especial que era ese lugar para él y, aunque sospechaba que también era doloroso, jamás lo invité a abrirse conmigo.
Y esa era nuestra rutina, una demasiado desabrida para ser una pareja. Pero nosotros no éramos pareja. Éramos un par de críos jugando al amor solo para molestar a nuestras madres, al parecer, yo sin intención y él con alevosía.
Y, hablando de mi madre, las cosas no habían mostrado mejora alguna.
Yo seguía llamando eventualmente a mi padre y hermano, procurando saber de su estado y sus sentimientos hacia mí. De pronto le llamaba directamente a ella, y a veces me contestaba solo para insultarme y colgarme.
Para muchos podría parecer nada, pero para mí era suficiente. Ella seguía sin intención de aceptar mi decisión, pero ya no estaba completamente cerrada a recibirme, y eso era bueno.
Con la familia de Miguel tampoco había habido muchos cambios, su madre y hermana se habían enterado de nosotros, pero no le dieron ninguna importancia, así que habíamos pasado dos meses de paz en donde nos transformamos, más que en amantes, en buenos compañeros de piso.
Mamá debía haberme escuchado, yo no terminaría con el corazón roto. Al menos no por amor, porque seguro que iba a dolerme tener que dejar la comodidad a la que me había acostumbrado en tan poco tiempo.
Todo era tan bueno que incluso la culpa, que al principio me había molestado, había desaparecido por completo.
Indudablemente, Miguel Cervantes y yo teníamos una rara especie de química, lo podía constatar cuando nos sonreíamos al mirarnos.
Nos convertimos en algo bueno, algo simple y agradable: una complaciente amistad que, lamentablemente, no duraría para siempre.