Seúl. Luego de unas largas horas de viaje. El atardecer ya comenzaba a hacer su aparición, el cielo pintado de naranja adornaba la ciudad con cierta calidez, misma calidez que estaba ausente en aquella mansión 10 veces más grande que en la que alguna vez el pelicafé vivió una vida aparentemente normal de puertas para afuera. Hoy se encontraba tan lejos de ella, tan lejos de la persona que lo vió crecer y quien creía que lo atesoraba como ninguna otra cosa en el mundo. Luego de tantos años, el filtro de la realidad que su madre se había esforzado tanto en mantener en él para engañarlo y jugar con su mente como un muñeco de trapo, hoy, se desvanecía y no de una bonita ni suave manera, si no, de una llena de crueldad y dureza, carente de piedad alguna hacia el dañado jóven. —Bienvenido,

