El helicóptero ambulancia corta el aire denso y húmedo de Alto Paraná, el rugido ensordecedor del rotor se mezcla con el gemido ahogado de Ricardo, que yace en una camilla improvisada, su rostro está pálido y sudoroso. Rodrigo, con una herida de bala en el costado derecho, lo observaba desde la camilla contigua, impresionado de la violencia de la que acababan de escapar y peor aún, quien es la responsable. El menor de los Amaya no para de moverse, a pesar de los sedantes, busca sentir sus piernas. —¡Quiten las ataduras!, suéltenla— balbucea, con sus ojos desorbitados por el miedo y el dolor, pero no se refiere a Olivia, se refiere a sí mismo, a su propia lucha contra la inmovilidad de sus piernas que la bala de su madre ha provocado. Rodrigo lo observa, con una mezcla compleja de emocio

