Martina Desperté con el ánimo por el suelo. Tenía que haber dormido bien, pero no. Toda la noche di vueltas pensando en él. En ese beso. En cómo me dejó temblando, en cómo me robó el aire… y en cómo después me ignoró el resto del día como si no hubiera pasado nada. “Idiota”, me dije al espejo mientras me lavaba la cara. “Caíste redonda en el juego del jefe bipolar.” El reflejo me devolvió una mirada entre furiosa y triste. No soy mujer de andar llorando por nadie, menos por un hombre que no sabe lo que quiere. Pero había algo en ese silencio suyo que me pesaba más que una discusión. Así que, como siempre, llamé a mi mejor terapeuta no profesional: Sol. -Amiga, necesito desahogarme antes de renunciar, quemar la oficina o ambas cosas -dije apenas contestó. -Eso suena prometedor,

