Martina Habían pasado días desde la sesión de fotos, y entre reuniones, cambios de vestuario, correos, maquillaje y caras largas de Angela, mi cabeza ya parecía una licuadora. Alejandro apenas me hablaba. A veces lo veía pasar por la oficina, saludaba con una sonrisa cortés y se encerraba con su prometida o con su hermana. Y yo, como tonta, fingía que no me importaba. Pero sí. Claro que me importaba. Era ese tipo de silencio que te duele, aunque no haya pasado nada para justificarlo. Así que cuando mi mejor amiga, Sol, me llamó y me dijo “te necesito despejada y borracha”, acepté sin pensarlo. Sol Sol llegó a mi departamento con una botella de vino en una mano y papas fritas en la otra, vestida como si el miércoles fuera sábado. -¿Así que por fin te dignas a contestar, modelo in

