Cuando salieron del edificio, la mañana de sábado aún parecía despertar. Albacete tenía ese tono gris claro de los días laboriosos, con los primeros coches cruzando despacio y las cafeterías empezando a abrir sus toldos. Aurora llevaba una chaquetita color camel y unas zapatillas blancas limpias, que le daban un aire casi juvenil. El pelo —un castaño con matices cobrizos que Félix no habría sabido describir con precisión— caía suelto, peinado con esa naturalidad estudiada que solo las buenas peluqueras dominan. Se dirigieron caminando a un local de la calle Rosario que ella conocía bien. Mientras cruzaban la plaza del Altozano, Félix pensó —y no por primera vez— que aquella mujer no tenía nada que ver con la Aurora Yáñez que él recordaba vagamente del instituto. La de entonces era una chi

