Félix salía de la librería Herso con un ejemplar de El extranjero bajo el brazo cuando se lo encontró de frente. Héctor. No hubo necesidad de vacilar: seguía teniendo ese porte de seguridad instintiva, casi arrogante, aunque algo más grueso, el cabello blanco prematuro bien recortado, las gafas de sol en la pechera del polo Lacoste. Iba hablando por teléfono, en voz baja, pero al ver a Félix detuvo la conversación con un gesto y colgó. —¡Hombre, Castro! —dijo, con una sonrisa amplia, como si se hubieran visto ayer. Félix le estrechó la mano. Le sorprendió la calidez del gesto, la familiaridad. No se habían tratado apenas desde la época del instituto. Héctor, de hecho, iba con los del grupo de ciencias, destacaba por su facilidad para todo, especialmente para gustar. —¿Qué haces por aquí

