Yo decido.

2771 Palabras
—Todo esto me confunde Leóncio.—Mordisqueo su labio inferior.—¿Qué pasará conmigo si la llegas a encontrar a tu destinada?. —No pienses en eso. Déjate querer Sol.—Introdujo la lengua en su boca. Dejo que se dejarán consumir por el ritmo que la hacía arder, no solo de sus lenguas, también sus poros exudaban un olor erógeno. —Sube un poco más y abre más las piernas.—Una orden s****l. La acato al instante. La frondosa punta de Leóncio palpo su entrada, fue entrando en su coño despacio, el beso seguía igual, la acariciaba con sus manos, como antes no lo había hecho. Fue gustoso sentirlo despacio, su v***a gruesa la disfruto en dos oportunidades en esa noche complaciente. El resto se la pasaron durmiendo hasta el amanecer. Cuando despertó, el estaba pegado al ventanal de la puerta, se levantó con un fuerte ardor en la pelvis. Fue la segunda vez que sintió esa sensación en 24 horas, fue hacia donde estaba Leóncio y lo abrazo por la espalda. —Es un hermoso paisaje. Lástima que no lo hemos disfrutado lo suficiente.—Casi se le sale el aliento, ante el hipnotizante azul. Las grandes olas que dejaban unas chispas espumosas en sus puntas. —Me gusta más verte desnuda.—Eso la sacudió, a ella también le gustaba verlo desnudo. Todo el cuerpo de su León era un encanto. —Ahora lo estoy.—Se alejo un poco para que observará su cuerpo, incluso se ubico donde se colaban con mayor intensidad los rayos del sol. Un destello caliente parecía alumbrar su vientre desde la distancia. Sintió con más fuerza un calor diminuto atizarse en sus entrañas. —¡Demonio!.—La voz gruesa de Leóncio, fue más inquietante que la molestia en su interior. Sus ojos decían mil cosas, más de espanto que de fortuna. —¿¡Pasa algo, Leóncio!?.—El posó sus manos sobre su vientre bajo. Su cuerpo temblaba, el brillo dorado de su forma demoníaca afloró.—¿Dime qué pasa?. Tu actitud me asusta. —Debemos irnos, sospecho que puedes estar embarazada. —Se tambaleó, el la sostuvo al instante. —No puede ser Leóncio. Me moriría si eso llegara a pasar. Me dijiste que no podías tener hijos.—Para ella era algo delicado, si tenía un hijo con Leóncio, estaría condenado, el infierno podría reclamarlo a menos que encontrará a su madre y le ayudara a sellarlo. ¿Dónde estaría ella?, esa pregunta nado por su mente un largo tiempo, después se silencio y ahora retomaba protagonismo nuevamente. —Segun nuestros genes solo podemos tener hijos con nuestra destinada o una Graclis, si llegamos a ser compatibles.—El hizo silencio un instante, antes de seguir hablando.—Las Graclis son híbridas, entre brujas y negeres. Estás últimas son como vientres ambulantes, de piel pálida y fría, es difícil para un demonio de mi dimensión, concebir con una. —¿Brenda es una negeres?.—El asintió, eso encajaba con la sensación tan extraña cuando estuvo en su habitación.—Me imagino que has intentado tener hijos con muchas hembras de esta especie. —Si, pero nunca he pensado utilizarte Sol. Todo ha sido espontáneo. —¿Qué tan probable es qué este embarazada, León?. —Mas de lo que me atrevo admitir. Comenzó a llorar, el intento consolarla, en cambio estaba enajenada, la rabia, la frustración eran por ella y su falta de cordura. Nunca imaginé que eso pudiera pasar. —Tranquila Sol, aún no lo confirmamos. —Empezo a secar sus ojos ante la esperanza de que fuera una falsa alarma. —Todo es culpa mía. Debí decirte la verdad, desde un principio. —Se aparto de el, mientras cubría su cuerpo. No podía seguir ocultando más su identidad, su futuro retoño estaba en peligro. Sus ojos se conectaron a el, ese instante. De sus labios salieron con sinceridad las palabras claras sobre su naturaleza. —Soy una diabla, Leóncio. —Este se levantó, ella bajo la vista después de desahogarse. Mi papá es un demonio al igual que tú. —¿De la misma especie?.—Nego. —Es un escarlata, tan bueno que mi madre huyó, yo nací diabla y...—Se freno, no podía revelar que tenía una hermana gemela. —¡Termina de hablar sol!. No calles nada. —Decia que nací diabla para mi mala suerte, mi madre fue quien me sello, es una magnífica bruja blanca. Igual sospecho que me dejó en el convento para protegerme de mi propio padre. —Los demonios Carmesí y los oscuros son terribles, sádicos, quedan pocos en su especie. —Lo sabía, ella y su hermana conocían sus alcances, también los demonios dorados eran terribles. Miro a Leóncio de reojo. Esclavistas. —Mi madre teme que mi destinado sea uno de ellos. Por eso guardo con recelo mi lado sobrenatural. Prefiero vivir en la debilidad que exponerme al fuego. —Debemos irnos, Sol, es bueno salir de dudas cuanto antes.—El tenía razón, aunque no entendía nada. —Leoncio, como es posible que nosotros dos.—No terminó la idea, estaba tan confundida. —Estoy más confundido que tú Sol, quizás la respuesta es confiar, tampoco me atrevería a romper tu sello. —Perdoname. —Retrocedió, luego salió de la habitación de forma presurosa. Ella era de un linaje mágico perverso. La mezcla blanca, pura y ancestral de su madre con el lado mas perverso del infierno. Apenas tuvo ánimos para ducharse y después proseguir a vestirse. Ni tan siquiera reparo en el lindo vestido amarillo que que le había comprado su León. Cuando empezó a ponerse el calzado, diviso su figura en el umbral. Lo vió tomar las bolsas y salir. Ella entro nuevamente a la parte central de la habitación, se dispuso a tender la cama. —Deja eso, pronto vendrán personas que se ocuparán de esa tarea. —No empieces a ordenar, esto me relaja.—Lo sintió gruñir. Lo ignoro, hasta que lo vió ayudarla en la tarea. Fue una labor más rápida, para el, se detuvo a observarlo. Sonrió al verlo terminar, arrugaba el entrecejo. —Vamonos, es preferible que desayunes en el auto. —Ok. —Lo siguió. Este después de asegurar la puerta de la entrada la tomo de la mano para ayudarla a subir a la camioneta.—Gracias León. —Es mi deber cuidarte, más ahora. Casi olvida la cuestión de un posible embarazo, se tocó el vientre. Estaba tibio. El se quedó viéndola, mientras ella se tocaba. Encendía el coche, más prestándole atención a ella que al camino que debía tomar. —Mira al frente. Estoy bien, quizás todo sea una falsa alarma. Se supone que una mujer no puede saber si está embarazada hasta después de tener una falta en su regla. —Sol come algo.—Le paso una bolsa con comida.—Tambien recuerda, eres una diabla, si resultas estar embarazada, en uno o dos meses estarás en labor de parto, máximo tres. Los hijos de los demonios escogen su tiempo.—Quedo absorta, no estaba al tanto de ese hecho. Abrió la bolsa y saco un sándwich. Se veía rico —Que susto y aberración. —Dijo antes de darle un mordisco a la rica masa, rellena de carne, vegetales, queso y beicon. Se lamió la comisura de los labios cuando sintió un poco de ketchup derramado en su borde. —No hay razón para pensar en eso.—La respuesta llegó tarde, conducía, a gran velocidad. —Una futura monja embarazada. ¿Eso no te parece una aberración? —Entonces una diabla Carmesí, que pretenda ser una santa monja es una abominación.—No le parecía tan mal ese hecho. Procedió a contestarle antes de volver a llenar su boca. —Leoncio Badin, muchas iglesias están llenas de demonios disfrazados. —El la vió con asombro. —Ah, también otros demonios las patrocinan con grandes donaciones. También te aclaro que no soy una diabla escarlata, soy mística. suena más hermoso. Esa ráfaga verbal había sido para el, lo entendió de una. No respondió a sus declaraciones, el entraba en ese hilo. Un demonio dorado que era venerado como un santo por todo el pueblo. El trayecto de regreso fue tranquilo, se mantuvieron, conversando de cosas banales, en ocasiones el introducía temas más profundos sobre su naturaleza. La peor parte fue cuando hablo de su destierro del infierno y las aventuras que había tenido cuando descendía, como era perseguido por otros demonios y diablos cazadores. —Leoncio, ¿cómo un demonio al igual qué tú, sabe que eres un desterrado?.—Lamentaba ignorar esos aspectos, más aflorarlos, pero no podía quedarse con la duda. —No tengo aura, así como los angeles, los demonios la tienen, las diablas como tú por igual. Cuando nos destierran desaparecen, algunos pierden hasta partes de su cuerpo. Como mi delito fue algo heredado mi cuerpo está intacto. —Entonces tengo mi aura de diabla.—Toco la coronilla de su cabeza con inocencia. Le pareció hasta chistoso ese hecho. —No se puede ver está dimensión. Tendrías que descender. Si lo haces tu sello se desvanecerá. —La primera vez, que fui al bosque contigo, encontré a un monstruo queriéndote atacar. Se me hizo extraño que me hiciera una reverencia antes de irme. —Lo recuerdo, no estába del todo inconsciente. —Pauso para enfocarse en la carretera y girar hacia la derecha luego de pasar por una curva, con inclinación en uno de los laterales. Se habían desviado del camino a pocos kilómetros de entrar al pueblo.—Retomando nuestra conversación, eso a lo que llamas monstruo debió oler tu linaje. La mayoría de los seres más sádicos, pertenecen a la orden guardiana del infierno, los demonios escarlatas los comandan. —Perdona mi ignorancia.—Era nula en todo ese saber. Pero deseaba descubrir a mayor profundidad sus orígenes. —No tienes la culpa. Tu mamá hizo lo mejor que pudo para protegerte. —Si. —Fue una afirmación casi silenciosa. La espesa vegetación por la que empezaban a transitar, le otorgó relajación. Estaba llena de framboyanes a cada lado del camino, formando un arco vertical. Un tunel de naturaleza roja y exquisita. —¿Dónde vamos Leóncio?. —Una conocida muy sabía nos espera. Me dará algo de luz sobre tu estado. —Debia ser una bruja blanca, esa parte estaba más clara y con flores hermosas. Le puso más atención al camino, cuando diviso una hermosa casa de campo, color lila, se sintió feliz. No sabía porque pero algo bonito palpo su pecho, ocasionando una grata emoción. Leóncio parqueo frente a la casa. No era una mansión, pero para ella era más que eso. majestuosa con el brillo simple y sobrecogedor de un verdadero hogar. Se bajaron con cautela. Más ella, por órdenes de Leóncio, estaba desde ya muy intenso y apenas sospechaban que podía estar embarazada. No lo habían comprobado. Dos mujeres salieron de la casa. Se mantuvieron al frente de la entrada hasta que estos llegaron hasta ellas. Ambas ocultaban sus figuras con capas del mismo color de la casa. —¡Solicito ver a Vieda!. Estás no respondieron como tal, solo inclinaron sus cabezas y entraron. —Eso no es un saludo adecuado, Leóncio Badin. Debiste decir; Buenas tardes, deseo ver a la señora Vieda. ¿Pueden ir y preguntarle si me puede recibir?.— Aunque le doliera admitirlo, su León tenía unos modales desacertados, por no decir nulos. —Tambien podría invitarles un café o un paseo por los jardines, en donde les preguntaría como están de salud sus tatarabuelas. —Tampoco exageres. —Le hizo mala cara, ella solo deseaba que mejorará sus modales, la bruja de Inés no habia hecho su trabajo de manera adecuada en ese aspecto. Las mujeres regresaron, despues de un buen rato. Con sus tímidos pasos de tortugas sincronizadas. En un punto prudente de distancia se pararon y una de estas hablo. —La maga Vieda los espera. sígannos. Leóncio la tomo de la mano para que sintiera seguridad. No entraron directo a la casa, atravesaron el jardín trasero, a unos cien metros se divisaba algo que imitaba en su exterior una capilla. Le dió pereza dar pasos tan cortos, pareciera que caminarán en cámara lenta, pero debían ir detrás de las tortugas místicas. Al final del recorrido pausado, estás se hicieron aún lado para que ellos atravesaran la puerta. Miro a Leóncio, el se veía relajado, lo cual le transmitió cierta confianza. Una burbuja blanca, ellos estaban en su interior, así se sintió cuando entro al recinto, todo olía a verdor fresco, mezclado con la vainilla mentolada que solía usar su mamá en ocasiones para perfumar el hogar. Le dió añoranza y hasta ganas de llorar. La mujer yacía de espalda con una túnica color celeste. Leóncio, camino hasta quedar a su lado. No escucho nada de lo que hablaron. Ella en un momento giro para verla, con rapidez, apenas noto que tenía el cabello plateado como su madre y su adorada hermana luna. Sintió más confianza. Debía ser buena persona. Por unos minutos les quitó su atención. Daba algunos giros para ver la cúpula ecliptica de la capilla mística, así la consideraba. La manos Leóncio la hicieron parar. —No hagas eso, puedes marearte y caer. —Aun sigues pensando que estoy embarazada. Recuerda que puede ser una falsa alarma. —Lo sabremos ahora. —Le hizo señas con la cabeza para que lo siguiera, a la vez la tomo de la cintura con delicadeza. Entraron a una habitación, ya la Maga los esperaba, Leóncio la hizo recostarse en una camilla. Casi tiene palpitaciones cuando la vió acercarse con un velón dorado. Trago en seco, más por la máscara que ocultaba su rostro, juraba que había visto parte de su mentón, incluso mechones de su cabellera, cuando unos minutos atrás hablaba con Leóncio a discreción. Si la usaba era para ocultarse de ella. No había otra razón. —Levantare tu vestido niña. —Su voz le pareció dulce. —Señor Badin, retirese un poco. Lo vió hacerlo, se veían a los ojos. Se notaba la confianza que tenía en la señora. Dejo que tocará su vientre desnudo. —No siento nada. —Quizas sea una falsa alarma. Leóncio esta ansioso por una cría.—La sacudió una vaga risita. —¡Sol!.—Fue un llamado de stop y reprimenda, por parte de su León. —Ahora lo comprobaremos. —La voz de la maga se hizo sentir, cambio el velón, por uno blanco y se acercó a ella. —Pasame la muñeca. Buscó la aprobación de Leóncio, le dió confianza ver su aprobación. Levantó el brazo para que la tocará. Está la rozó levemente para sostenerla y verter cera sobre su sello. Este se alumbró, al igual se diviso un pequeño punto de luz dorada en su vientre. No sabía dónde mirar, estaba divinamente extasiada por lo que veía. Leóncio se acercó a ella. Le brillaban los ojos. Un brillo de felicidad. —En definitiva la fecundo, tiene unos tres días. —¿Existe algún peligro?. Lo digo por Sol.—No sabía ni cómo reaccionar, ellos hablaban, ella estaba apartada, sintiéndose agobiada de repente. Seria madre. —No con la criatura, pero lo conveniente será quitarle el sello antes del parto. —¿¡Qué pasa con mi sello!? —Ese sello inhibe tu poder, igual tu fuerza y resistencia sobrenatural. Lo que llevas dentro no es un simple demonio. —Un mechón del pelo de la mujer salió de la capa, era de un plateado diferente al que vio en la mujer que recibió a su León.—Cuando vaya a nacer te destrozara por dentro. —No podemos hacerlo, si eso pasa, la vida de Sol correrá peligro. —Sere arrastrada el infierno señora Maga.—Lo dijo con pesar, casi comienza a llorar de no ser por los brazos protectores de Leóncio, que seguido la envolvieron. —Entonces están en un dilema. Si lo desean a unos kilómetros hay una curandera. Pueden interrumpir el embarazo. Aquí no hacemos esa clase de trabajos. —¡No!. ¡Eso nunca!.—Miro a Leóncio con tristeza, tomo su mano con premura temblorosa.—Elijo quedarme con el sello y morir. No sería incapaz de matar a nuestro hijo. Hubo un silencio sepulcral, se levantó de la camilla y se dispuso a salir de esa habitación, solo ella tenía ese poder, nadie más tenía derecho a decidir quien vivía o quien moría.
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