Temor al infierno.

1744 Palabras
En su andar huidizo, le pasó por el lado a las dos tortugas, casi se las lleva, solo veía hacia el suelo, hasta la cabeza le pesaba, no era facil el dilema desafortunado, su boca incluso la sentía seca por el malestar. Levantó el rostro después de estar a medio camino, era el punto central. Miro hacia atrás, Leóncio no había salido de la capilla y las dos misteriosas mujeres seguían custodiando la entrada con el rostro agachado. Volviendo su vista el frente se chocó con ángulo trasero de la casa principal, el color le transmitía serenidad. De repente, se le removió un escozor en el estómago, más por sentirse observada desde las alturas, Se detuvo y miro hacia el segundo nivel, había una sombra escurridiza detrás de la ventana, eso hizo que arreciará los pasos. Al son reflexionaba; por lujuriosa, se había cagado la vida, por llevarse del deseo carnal. Leóncio también tenía la culpa, era un pecado tener ese cuerpo deliciosos. Cuando estuvo con el nunca pensó en cuidarse, más bien sus hormonas la traicionaron, aparte de creerlo humano. El latir de unos pasos, retumbaron en el suelo, esto permitió que sus pensamientos desordenados se frenarán. Esa aura demoníaca e impaciente no podía ser de otro ser. Leóncio, corría hacia ella. Llegó con la brisa fresca, esa que revoloteaba en el espacio colorido. —No debiste irte de esa forma Sol.—Leoncio se creía su dueño, estaba jodida.—Tendras que aprender a comportarte con más respeto. —Leoncio Badin. Recuerda que no soy Brenda, tampoco la demonia destinada que haz buscado por años en el puto infierno.—Lo encaro. Soy una diabla mística, que un día decidió follar a un supuesto minusválido y ahora está condenada a muerte. —Se jalo el cabello, estaba con la psiquis descompuesta. Además el sello le ardía.—¡No me fastidies Leóncio!. —¡Maleducada!. —Me importa tu opinión señor Badin.—Se mordió los labios para intentar contener la mueca del llanto que se avecinaba.—Voy a morir y tu me olvidarás. —La idea le volvió a causar terror, el solo imaginar a su hijo diciéndole a mamá a otra, pateó una piedra, está casi golpea un pequeño colibrí posado sobre una flor. Se derrumbo, no estaba preparada para renunciar a ese mundo, al menos ese que conocía, le gustaba lo carnal, su cotidianidad simple, hasta el ver el esplendor del cielo por varias horas. Ni decir que apenas había vivido. Leóncio no la dejo sola en su llanto, la consoló, el león era tan duro, grandote, olía delicioso. Adoraba tenerlo cerca. —Nunca te olvidare Sol Grace.—Levanto su rostro por la barbilla.—Como olvidar nuestro primer encuentro, los momentos juntos, tu atrevimiento. Sobretodo serás la madre de mi primer hijo. —Beso su frente, te prometo que haré hasta lo imposible para que estés bien. Aunque tenga venderme por partes al mismo diablo. Trago en seco, no dejaría que a Leóncio lo mutilen, sabía como funcionaba eso. —Eso jamás Leóncio. No vuelvas a mencionar esa posibilidad. No soy tan ignorante como crees. —Lo tomo de las manos, le imploraba con los ojos, alejar esa posibilidad de sus planes. —Solo serán unos años de tortura. Después volveré con ustedes.—Nego con la cabeza...corrió hasta donde estaba parqueado el vehículo. El era más ágil, seguido la atrapó. —¡Espera Sol!.—Intento zafarse pero no pudo.—Soy quien manda en esta relación, tu solo debes acatar mis órdenes. —Asintió, para disimular. No pensaba dejar que Leóncio se sacrificara por ella. Debía huir desde que tuviera la oportunidad, si el seguia contemplando esa posibilidad. Fue una sumisa más, desde que abordo el vehículo con ayuda de este, se calmó un poco en su cercanía. Los planes eran regresar a la mansión Badin. Contarle la situación a la señora Inés. Eso le daba algo de pesar, su desvergüenza se expondría, más cuando Brenda se entere. En ese trayecto apenas sintió que se movían, solo supo que el tiempo había seguido su curso cuando pararon frente a su destino. Leóncio la hizo bajar con toda la delicadeza del mundo. El chofer se acercó y ayudó con las bolsas donde estaban las prendas que Leóncio le había comprado, también las maletas de este. Casi suelta su mano, al ver la intimida con que la sostenía. No estaban a solas, menos en un lugar desconocido, los ojos de Brenda ya los imaginaba cerca de un ventanal, o en la esquina de algún balcón fulminandola. Se avecinaba una fuerte tormenta. Cerro los ojos, ando a su lado. No valdría protestar, tampoco estaba de ánimos. Si se veía en peligro se defendería. La puerta principal se abrió desde el interior, una Carlota con ironía maliciosa, inclino su rostro con pleitesía. Para Leóncio. A ella nunca le rendiría esas atenciones, la consideraba una huérfana. Recordando su conversación de unos días atrás, un útero, en el cual se podría concebir el hijo del gran señor Badin. —Hijo. Enhorabuena. —La señora Ines apareció en el umbral de la puerta que daba al salón principal, se acercó abrazarlo. El recibió bien atención de su madre, pero ni así la dejo de sostener. La señora Ines rodó sus ojos y fue testigo de esa intimidad, el gesto crudo de sus ojos, casi le sacan un carcajada. —¿Por qué tomas de la mano a tu cuidadora, mí Leóncio?.—Ambos voltearon para verse a los ojos, después de la pregunta de la bruja de Inés. Carlota estaba contemplando la escena, con una mueca divertida, se le notaba que le gustaba el caos. Leóncio la fulmino con la mirada, está no contuvo esa ráfaga y se fue a esconder como una rata. —Hablemos en mi estudio. Es algo delicado que concierne tanto a Sol como a mi. —Ahora tuteas a la servidumbre. —¡Mamá!. Sol no es una sirvienta y no finjas demencia, se porque la trajiste hasta acá, así que tragate tu ego de grandeza y vayamos hasta el estudio.—Su León hasta enojado se veía magnífico, sus ojos dorados se iluminaban de una forma hiperactiva que lo hacía más seductor. Le fascinaba todo de el.—¡Andando!. —Ok, espero que esto tenga una justificación aceptable.—Los volvió a ver con desagrado antes de ponerse en marcha. La señora Ines fue la primera en entrar, cuando ellos la imitaron Leóncio cerro la puerta a su espalda. La hizo sentarse en un sillón bastante confortable que estaba en una esquina. —Habla Leóncio, me niego a pensar que después de haberte criado con tanto esmero, incluso tus años de convalecencia, después de tu accidente. Te recuperes y te entregues a los brazos de una monjita huérfana. —Tampoco me discrimine señora Ines, no diga cosas de las cuales luego pueda arrepentirse. Gran da-ma.—Eso último lo dijo arrastrando las palabras. —Leoncio viste como le acaba hablar. A tu madre.—Estaba ofendida la bruja. Le hizo pucheros, no le importaban en verdad sus ofensas pero debía darse a respetar, por otra parte no deseaba seguir en esa gran mansión, llena de demonios camuflajeados.—Eso pasa cuando te rebajas. —Sol hizo lo correcto. Ni sueñes que la voy a reprender, una porqué no hay razones para hacerlo y la otra porque está embarazada.—La señora quedó petrificada. Por un segundo, luego salto de alegría. —Me imagino que es tuyo, se que ustedes hacian sus cositas.—Bajo la cabeza. Sentía mucha vergüenza. —Obvio que es mío.—Leoncio fue hasta ella y la hizo levantarse. Estando frente a la madre de este le pidió que la tocará. Ese contacto tibio, más el color que adoptarán sus uñas, le revelo su identidad hueca, una simple demonia, de las jerarquías más insignificantes. Retrocedió y volvió a sentarse. —No entiendo hijo, siento que demonio será más fuerte que tú. Ella...—La señaló, al instante sus palabras se detuvieron. —Sol es una diabla mística. Es hija de un demonio escarlata y una Bruja blanca. —Pense que ya no existían.—Ines le había bajado algunos peldaños a su prepotencia. —Sol es una muestra de ello, una de las magas me lo confirmo. —Leoncio, saldré un momento por algo de comer. —No le importo interrumpir su diálogo. En verdad lo que deseaba era dejar esa conversación absurda donde ella y su hijo eran el tema a debatir, sin embargo no tenía participación. —Esta bien, adelanté, te alcanzo en breve.—Asintio. Salió de ese espacio y se aliviano la carga sobre su hombro, avanzó por el pasillo con un estómago gruñendo, después de cruzar hacia las cercanías de la escalera, vió el espectro frío de la señora Brenda, descender con prisa por las escaleras. Su piel como el blanco papel la asustó, retrocedió unos pasos. —Hola Sol, me imagino que disfrutaste el viaje y follarte de lo lindo con mi esposo.—Las hienas tenían una aura más lúcida que esa mostrada por la susodicha dama, en ese instante. —Le sugiero alejarse de mí.—La miro de forma tenaz, en el mundo de baja vibración energética, el miedo se olía como el más putrefacto olor, según la intensidad, aumentaba la probalidad de ser atacados a la mayor brevedad.—No le tengo miedo señora Brenda. —Deberias.—Se movía en cámara lenta en un zinc zac. No cálculo su cercanía, hasta que estuvo a unos 2 metros.—He vuelto estiércol muchas como tú, Solecito.—Se mofo en una ironía más latente.—La putita monja. Esa vez fue ella que acortó distancia. Brenda estaba herida, seguro una grieta helada le marchitaba el ego de saberse desplazada. —No me importa lo que usted opine de mi. —La miro con desdén hasta decidir seguir su camino. Está, empezó a bloquearle el paso. Derecha, izquierda, la insistencia necia la saco de quicio, más cuando la empujó con el hombro izquierdo. Estiró las manos y también le devolvió el agravio. Está decidió devolverlo de una forma cobarde, espero que estuviera de espalda para atacarla otra vez No fue suficiente, apenas tuvo tiempo de cubrir su estómago, una fuerte patada sacudió sus órganos internos, más el tacón puntiagudo que se clavo con presión en su espina dorsal. Cayó de rodillas.
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