Cuando levantó rostro, Brenda se había puesto delante de ella, aunque su vista se nublo un poco por el dolor, un reflejo natural le ayudo afrenar su segundo ataque, paralizó sus pies que iban directo a impactar con su pelvis. Apretó con fuerza su tobillo.
—¡Suéltame!, maldita.—Su grito solo ayudo avivar el fuego que ardía dentro de ella. Brenda se movía para zafarse de su agarre.—Desgraciada, voy acabar contigo.—Su otro pie lo estampó en su rostro.
Algo más fuerte que ella salio del resguardo, una lava rugiente se hicieron sus manos. Sus uñas garras violetas, crecieron, se clavaron junto al fuego que emano en la carne de la Graclis.
—¡Auxilio!.—El eco, del llanto que se quema, la piel incinerada de Brenda. Nada la contuvo. Estaba fuera de si.
Muchos pasos se acercaban, otros incluyendo el aura inconfundible de su León.
—¡Sol!—La voz de Leóncio irrumpió en el lugar, parecía haber llegado tarde, se sentía en el limbo. Sus brazos fuertes la rodearon, logro apartarla de la humeante Brenda, intentó desenterrar sus garras de su carne.—Sueltala, ya estoy aquí, mí pequeña diabla.
Esa voz la relajo. En verdad no tanto a ella, más bien lo que la hizo explotar.
—Sacame de aquí Leóncio, no quiero estar en esta casa. —Estaba abrumada, giro el rostro, fijando su atención de forma desordenada.
Brenda yacía quemada, sobre el lustrado marmol, ahora con un poco de polvorín oscuro tiñendo su brillo. Solo en la parte cercana al cuerpo de esa maldita criatura
—¡Ahhh!, muero Leóncio.—El fuego que provoco, se elevó hasta la mitad de su rostro.—Esa cosa no es humana...Leóncio ayúdameee...
Lo miro a los ojos, también busco los rostros de las demás personas que fueron alertadas por los gritos explosivos de Brenda. Parecían temerle a ella.
—Ella me atacó Leóncio. Solo me defendí. —Lo abrazo, en esos momentos sentía mucha confusión.
—Tranquila. —Poco a poco sus manos volvieron a la normalidad. Gracias a la protección de estar cerca de Leóncio.—Mama, encárgate de Brenda, llama a una de las curanderas para que la curen. Me quedaré con Sol.
—Entiendo hijo. Llévate la diabla esa, antes de que nos queme a todos. —No le dió importancia al comentario despectivo de Inés. Por el gesto que hizo Leóncio con su rostro endurecido, a el tampoco.
Se dispusieron a subir por las escaleras, cuando estuvieron ya en el segundo nivel, avanzando por el pasillo, en una parte se alejo un poco de su cercanía carnal. Leóncio, la siguió, incluso se detuvo a su lado cuando la vió detenerse frente a la entrada de la habitación que habían dispuesto para ella.
—No te preocupes León, estoy bien.—Este la veía con mucho interés, sus ojos dorados, con ese brillo tan espectacular le removían tantas cosas, en parte se sentía atada a el, de una forma inexplicable.—Puedes ir a tu habitación, me voy a recostar un rato.
El no dió ningún indicio de alejarse, se quedó estático, custodiandola en la simple maniobra de abrir la puerta de la habitación.
Cuando entro, comprobó que todo estaba en orden, no parecía haber sido profanada, ni tenía la estela extraña de algún tercero en el ambiente.
—Te esperaré aquí mientras recoges tus cosas.—Vió con curiosidad a Leóncio, parecía hablar en serio.
—¡Hablas en serio, papi León!.—Corrio hacia el, con una chispa de entusiasmo se sentó en su regazo.—¿Me sacarás de esta casa?.—Le dió un tierno beso manipulador, fue instantánea su respuesta, le mordisqueo el labio inferior, con sensualidad. Después volvió adoptar su actitud, sería.
—No irás a ninguna otra parte, Sol Grace. Te quedarás conmigo. A lo que me refería es, a que dormirás conmigo de ahora en adelante.
—¿Bromeas?.
—No soy un niño para jugar a las bromas. Desde hoy dormirás en mi habitación, cerca de mi.—Le acaricio la mejilla, con suavidad, como si fuera gamuza, en ese recorrido descendió por su cuello, hasta detenerse en sus pechos. Pellizco ligeramente sus pezones.—Me perteneces más que nunca, Sol Grace. Eres mía.—La contemplación termino con un beso feroz. Cuando lograron dejar de andar sus lenguas con deleite empalagoso. Lo abrazo, se quedaron unos segundos más en silencios hasta que la asalto una duda.
—¿Qué pasará con Brenda?
—Ella me dejó de importar hace mucho, además presiento que cometió la peor de las torpezas al atacarte.
—Me alegro que me creas, ella me dió una fuerte estocada por la espalda.—Le entro algo de tristeza mezclada con rabia, al iniciar la recreación de lo sucedido, que desencadenó esa tragedia.—Me empezó arder casi al instante todo el cuerpo, en especial las manos y el vientre. Cuando está quiso volver a arremeter contra mi vientre, explote.—Le gustaba como la veía.—Me crecieron garras, el fuego broto. Deseaba matarla Leóncio, incluso el olor de su piel humeante me causo éxtasis. No me avergüenza confesarlo.
—No tienes porque. Conmigo puedes mostrarte tal cual. Me encanta que seas sincera conmigo.
—Pense que solo te gustaba follarme, papi León.—Se mordió los labios.
—Eso me encanta. Eres especial, mí Sol.—Sonrio con malicia. Una esperanza se avivo en ella, le hubiera causado mucha ilusión, si no fuera por las probabilidades que tenía de morir. Empezaba a sospechar que lo tenía loquito por ella. —Vamonos a nuestra recámara.
Asintió, intentaría ser más positiva, ya fuera un mes, dos o incluso tres meses de vida que le auguraba el destino. Intentaría pasarlos en plenitud. Al final le dejaría ese lindo recuerdo de ella a Leóncio. No tenía duda de que tendría un lindo hijo.
Recogió las pocas pertenencias que tenía en esa recámara y siguió a su demonio dorado.
En la recámara de Leóncio estaban las bolsas, el la ayudo a organizar sus cosas. De vez en cuando lo miraba de reojo, nunca imagino que llegarían a ese punto.De gozar de sus atenciones, del lindo mirar con que la sorprendía en ciertos instantes, más allá de la pasión, habían otras cosas que los unían.
Ese día no se despegó de ella, no hubo sexo, solo acompañamiento.
Cenaron en la habitación. El espacio era más aislado, no sentía los gritos de Brenda, ni los pasos molestos del personal circulando por el pasillo.
Leóncio leía un libro con entusiasmo, pasadas las 10:00 Pm, lo vió tan concentrado que decidió no darle las buenas noches, se giró, luego acurrucó su cuerpo a una almohada, no sin antes apagar la lámpara que estaba sobre la mesita de noche.
—Descansa, Sol. No olvides soñar con tu papi Leóncio. ok
—Gracias, León Mío.—Sonrio adormilada, algo parecido a la felicidad era estar con el, sentía como si el era esa parte especial que la complementaba. "Como quisiera una eternidad contigo Leóncio Badin". Pensó con anhelo, antes de quedarse completamente dormida.