¿Lo harás?.

1471 Palabras
Carlota no era de fiar, su hostilidad hacia ella era evidente, no obstante en esa mansión nadie era lo que aparentaba. En el pueblo de "Bron" dónde habitaban, los veneraban. Los Badin eran dueños hasta del aire que respiraban. Estos le daban grandes contribuciones a la iglesia y el orfanato. Todos hacían los que querían. Incluso en la iglesia tenían días donde ofrecían una misa especial para el señor Leóncio. Suspiro con desconcierto al pensar en todo eso. En esos instantes ingreso a uno de los tantos salones. Veía las fotos de este, algunas reflejaban ser muy antiguas. Se paró en una en específico, con un marco dorado. La imaginen de Leóncio estaba en blanco y n***o a parte del esmoquín que no parecía contemporáneo a esos tiempos. ¿Cuántos años tendría el señor Leóncio?. ¿Sabrían tanto el padre, como la madre superiora que le rendían pleitesía a un demonio?. Las interrogantes las emanaba su voz interior, preguntaba en su propio silencio y el de ese amplio espacio cargado de recuerdos. El dinero podía comprar muchas conciencias y favores. Se llevó la manos a los labios, cuando vió un cuadro más grande, en esta su demonio dorado tenía el pelo largo y todo su torso desnudo. Sus músculos brotaban y sus ojos leoninos le lanzaban un hechizo, el lienzo parecía tener vida propia. Se acercó más e intento tocarlo. —¡Sol!.—Al escuchar la voz de la señora Brenda, brinco del susto. Cerro los ojos, esperando que esta, no haya notado su embeleso por la imagen del señor. —Desde temprano he intentado hablar contigo. —Señora Brenda. Disculpe. Estuve en mi hora de descanso. Luego con Vil.—Ella se paró a su lado y miro el cuadro con interés. —Ahora te entretenías viendo fotos de mi esposo.—Se le trabó la lengua. Al parecer había quedado en evidencia.—No te juzgo es muy guapo. —Si, más bien admiraba la técnica. Me gusta la pintura.—Se llevó la mano a la frente. No sé explicaba bien e intento resarcirlo.—Quise decir la técnica. Es óleo. En el orfanato, solia pintar casi todo el tiempo. —Bueno que te expliques, que seas ubicada y entiendas lo insignificante que eres para aspirar a tener una esperanza con el. —No le gustaron sus palabras. Altiva, soberbia, la minimizó como si ella fuera una pequeña rata.—Nunca podrías estar con un hombre como Leóncio.—Toco un largo mechón de su largo cabello oscuro, al escucharla. —Morirías en el intento.—Le susurro despacio. —Eso suena trágico señora. Creo que está demás que me recuerde mi estatus. —Puso algo de carácter en su voz. Tampoco se dejaría pisotear.—Me imagino que no me requería con tanta urgencia, como acaba de expresarme con anterioridad. Antes de hablarme de la inferioridad de mi condición. —Es verdad Sol. —Esta, levanto uno de los portaretratos que adornaban una repisa de roble resistente. Tallada con una ornamentación impresionante.—Nunca está demas advertir. Odio que algunas situaciones se repitan constantemente.—Puso una mirada de loca.—Una y otra vez...de forma indefinida. —Tranquila. Usted es su esposa. —Hizo una pequeña pausa antes de usar un poco de sarcasmo.—Debe amarla mucho. Además soy diferente señora. Eso lo puede asegurar. Brenda entrecerro los ojos. Sabía que lo del amor, era una burla. Al señor Leóncio se le notaba incómodo a su lado. Igual está sonrió para disimular su choque con la verdad. —Si. Pero mejor no hablemos más de Leóncio.—La tomó de la mano como si fueran las mejores amigas. Esa mujer o lo que fuera, tenía graves problemas de personalidad. —Al menos no, en esos aspectos. Vamos a la recámara donde tengo mis cosas, necesito que me ayudes con algo. La arrastró, sintió su cuerpo tan pesado mientras caminaban a la par, más cuando subían las escaleras, los pies los sentía de plomo cada vez que subía un peldaño. Aparte noto que la temperatura de la piel de Brenda era muy fria. A juego con su piel pálida, traslúcida, tal pareciera que no corriera sangre por sus venas. Pararon frente a una puerta. Está procedió abrirla. Después cerrarla a sus espaldas —Aqui la bruja de Inés, no podra interrumpirnos.—La habitación era bastante amplia, no tanto como la de Leóncio pero tenía colores muy bonitos, el tapizado daba la sensación de que se retrocedía en el tiempo. Como de la era victoriana, ni que decir del diseño de la cama y los candelabros de plata sobre la mesas, evocaban dicha época. El olor a rosas mezcladas con almizcle y tabaco fresco, causaron un poco de inquietud en su olfato, disimulo el disgusto, pasándose la mano con delicadeza por el rostro. —Seria bueno que lo hagamos rápido, antes de que la señora requiera mi presencia.—Esta asintió con aprobación a sus palabras. Al final era una empleada más. Así se sentía. No como la simple acompañante que asiistia a un supuesto desahuciado. —Tienes razón. —La señora Brenda se movió con elegancia en dirección al clóset. Empezó a sacar algunos vestidos. Largos, de cortes antiguos y otros bastantes provocativos. Cuando se los entrego, otro olor la impacto. Ahora a lejia y clementina.—Son para ti. —No es necesario señorita.—Eso la hizo sentir algo avergonzada, era húmilde, pero tenía su orgullo. —Mejor puede donarlo a la caridad. Estoy segura que hay mujeres que los necesitan mas que yo. Recuerde, en el convento solemos llevar una vida más modesta. —Es verdad. Por mi puedes hacer lo que desees con ellos. —Se acercó a ella con un poco de intriga en sus ademanes.—Igual el regalo no es gratis. Recuerda que son prendas muy finas, Sol. —¿En qué la puedo ayudar señora Brenda?.—Le pregunto con pereza y a la vez incertidumbre, esperaba que no tuviera que ver con el señor Leóncio, tampoco algo que la pusiera en una situación incómoda. —Ya nos vamos entendiendo.—Brenda, donrio con malicia. —Aparte de esa ropa puedo darte dinero y así se los donas a criaturas huerfanitas como tú. ¿Me entiendes?. —No.—Trago en seco. Por primera vez en su vida le dieron ganas de arrastrarse la piel en su muñeca, para borrar el sello que mantenía cautiva a la diabla que era. Así podría prender en fuego a esa mujer insoportable.—Sea más clara. —No eres muy inteligente Sol.—Mínimo ella se sentía una eminencia. —Señora, por favor solo diga lo que desea.—Resopló, no le gustaban los rodeos. Estaba acostumbrada a la simplicidad, incluso a la hora de comunicarse. —Quiero que te niegues a viajar con Leóncio está noche. —Quedo shock. No estaba enterada de ningún viaje. —Imposible, la señora Ines no me ha comentado nada. —Por algo te lo estoy diciendo yo. Me acabo de enterar.—Esta le dió la espalda y camino hasta el tocador, en este, tomo un cepillo y lo empezó a pasar por su abundante cabellera.—Lo justo es que yo lo acompañe. Soy su esposa. Está demás que viaje con una criada. —Disculpe, pero dudo que eso pase. Las únicas salidas que tengo con el señor Leóncio es al bosque.—Tomo aire antes de seguir, estaba muy sorprendida.—Lo más probable es que sea la señora Inés que lo acompañe. —No seas estúpida. Te dije que piensa llevarte y tú te negaras.—Esta se alteró.—La bruja de Inés no se atrevería a abandonar el pueblo. Además creo que es un avance en mí relación con mi esposo, que intente retomar su vida, dejar de visitar el bosque en horas nocturnas. Ya que como verás está recuperándose milagrosamente. Acaso la creían estúpida. La gravedad del señor Leóncio, se llamaba "parálisis infernal". La misma que sufrían por varias horas, los demonios desterrados que se atrevían a descender. Más siendo el señor Leóncio de una estirpe dorada. Llamaba más la atención de esos seres del Inframundo. Mantuvo su rostro de ignorante. Fue la primera advertencia que le hicieron sus superiores en el convento. No preguntar. Además a ella nada le impresionaba. Todo lo veía con normalidad. —Entiendo señora. —Bueno que lo hagas. —Esta se volvio acercar, disimulando de manera torpe su incomodidad reciente. —Prometeme que te negaras para que yo pueda ocupar tu lugar.—Se quedó en silencio, no sabía que contestar. En verdad le gustaría viajar con el señor Leóncio, hacer el amor con más libertad, en otros aires más dulces y calientes.—¡Contesta Sol!. ¿Lo harás?.
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