—Esta bien, señora Brenda. —Fue su respuesta al instante. No tuvo que pensarlo mucho, Leóncio era una adicción que la empezaba a consumir. Todo estaba saliendo de control, aparte, temía que este descubriera que era una diabla de la tercera dimensión.
—Algo me decía que eres digna. Te prometo que cuando tenga más ropa vieja te las regalaré. —Le retorcía las tripas, ver sus gestos mordaces. La miro a detalle, luego la ropa que le apestaba.
—Le sugiero no tomarse la molestia, puede donarla directamente a la caridad. Está vez me encargaré de hacerla llegar por usted.—Le dijo con bastante suavidad. Despacio para que su torpe cerebro entendiera cada letra, palabra, la oración completa. Que pudiera discernir el trasfondo de su orgullo.—Le pediré, en gratitud, sus plegarias a favor de su matrimonio.
Una mueca indescifrable se le estampó en su pálido rostro.
—Mejor lárgate.—Le hizo señas con las manos, con aleteo desparpajado.
—Con su permiso señor Badin.—Le obedeció al instante, cargada con sus prendas. Suspiro aliviada a cerrar la puerta a su espalda.
La luz, el aire que respiraba era muy diferente. Sospechaba que la naturaleza de Brenda era sobrenatural. Incluso la atmósfera de su habitación le daba algunas pistas, pero prefería no dejar pasar su intuición. Si tenía suerte en una semana se marcharía de esa mansión y en 4 semanas se consagraría como una monja más. Una que probó la fruta del pecado. Le encanto, más ahora deseaba redimirse y rencausar su lujuria, está la limitaría a masturbarse y ver videos porno. Se saboreo al pensar en eso. Incluso la asalto la imagen de el señor Leóncio follandola con rudeza.
Todo su cuerpo se sacudió, incluso cerro los ojos para contener los temblores.
—¿¡Qué te pasa Sol!?.—El estremecimiento fue mayor al escuchar la voz de Leóncio, fue casi un rugido león.
Toda la ropa cayó al piso. Sintió un poco de vergüenza, ya el estaba haciendo estragos en sus emociones. Pronto se vería arrancándole pétalos a las margaritas, parlotear "me quiere, no me quiere".
—¡Sol!.—Ese segundo llamado la fue sacando del limbo. Se hincó a recoger las prendas, que yacían en el suelo, gracias a su torpeza.
—Disculpe, ya recojo todo este desorden.—No era mucha ropa. Las apiló y luego las sostuvo.
—A veces actúas muy infantil. Eso no me agrada.—Fueron palabras secas las que salieron de los deliciosos labios del demonio dorado. Se mordió los labios de forma involuntaria, apenas fue conciente de su acción procativa. Le dió una connotación más s****l el estar mirandolo fijamente a los ojos.
—Tengo algo de prisa. Incluso necesito pedirle un favor señor.—Era algo atrevida su solicitud. En esta vió el escape ideal para evitar que este le haga la propuesta del susodicho viaje. Bajo la vista, para evitar que notará la falsedad en sus expresiones.
—Dime, que sea rápido Sol.
—Quiero llegar al pueblo. La señora Brenda me entregó estás piezas de ropa para donarla a la caridad.
—Interesante. Aunque no me deja de sorprender, ese nuevo lado caritativo de Brenda.—La veía con suspicacia.—No importa. Puedes irte ahora mismo. Dile al chófer que te lleve, le escribiré para informarle que bajarás en unos minutos.
—¿Habla en serio, señor Leóncio?. —Fue extraño, además estaba calmado. Cuando esté asintió con seriedad, quedó aún más sorprendida.—Le prometo venir seguido, estaré antes de su visita al bosque. Para acompañarlo
—Ya lárgate Sol, no olvides los trapitos para la caridad.—Este al final daño el gesto de nobleza. Le dió la espalda y se marchó.
Al parecer la Señora Brenda no estaba en lo cierto, de ser así el señor Leóncio le hubiera hecho la propuesta en ese instante. Cuando la silueta coja del hombre desapareció al doblar a la izquierda por el final de ese iluminado pasillo, voló hacia su habitación. Guardo las prendas de ropa en la bolsa y salió.
Era la oportunidad perfecta para ver a sus compañeras, en parte las extrañaba, más espiarlas al hablar de sus experiencias pecaminosas.
Descendió con tranquilidad. La señora Ines en ese preciso instante estaba al pie de la escalera conversando algo, aparentemente muy privado con Brenda. Está no disimuló su agrado al verla cargada.
—Niña. Si gustas puedes quedarte unos días en el convento. —La señora Ines la abordo sin preambulo. —Leóncio estará fuera unos días. Así que no es necesario tenerte aquí.
—Gracias señora. Entonces iré por algunas cosas.—Doña Ines asintió. Brenda que estaba a su lado sonreía. Seguro pensó que le había negado la petición que nunca llegó, al señor Leóncio.
Tuvo que volver a subir, recogió algunas cosas de uso personal y bajo rápido. Ya estaba ansiosa por volver unos días a sus aires. El encierro en esa mansión había cambiado el orden habitual de su vida.
En su otro descenso no encontró nadie cerca. Salió como de costumbre por la puerta de servicio. En las afueras vió a Carlota rondar por el jardín fingiendo estar quitándoles las hojas secas a una plantas ornamentales. Hizo como si no la hubiera visto. Se quedó parada unos instantes hasta ver una camioneta lujosa acercarse. No era la misma que usualmente parqueaban frente a la casa, le pareció extraño por lo que decidió dar unos pasos atrás. Se veía misteriosa, con esos cristales oscuros. No sé alcanzaba a ver a nadie desde el exterior.
De no ser porque el chofer sale y le indica que subir al coche, lo deja pasar de largo, sin pena ni gloria. Cuando este le abrió la puerta apenas noto el olor que salía de su interior, supo que no estaría sola en ese trayecto.
—Sube, de una buena vez.
—Señor Leóncio.—Le tembló un poco la voz. Dudo un poco. Sentía los ojos de alguien, clavados en su espalda.
—¡Obedeceme, por un demonio!.—Entro. Antes de que el chofer cerrará la puerta del auto, vió a la señora Brenda ver la escena desde el balcón. Se puso peor, el le arrancó el bulto, abrió el cristal y lo tira fuera.
Cerro los ojos para contenerse, le daría un giro dramático a su situación en la mansión. El auto no tardo en ponerse marcha. Hizo una pregunta.
—¿Piensa dejarme en el convento señor Leóncio?
—No, te irás conmigo. —Le dijo con un tono claro y cortante.
Cerro los ojos. Empezaba a sospechar que se le sería muy difícil escapar del señor Leóncio. Lo peor, no deseaba renuncia a el.