Fogata.

1542 Palabras
Durante parte del viaje, se la paso mirando el paisaje que dejaban atrás, uno bastante turbio y borrascoso, en comparación con el que se venía deslumbrando más adelante. Todo era más claro, tras salir de ese pueblo. Bostezo varias veces, estaba algo cansada de estar sentada. El señor Leóncio ni la miraba, su vista estaba muy involucrada con un extenso libro paranormal. La portada lo decía todo. Cerro los ojos e intento dormir, quizás cuando despertara descubriera que solo era un sueño. Ese viaje le traería muchos conflictos, en especial con la señora Brenda, fue desafortunado observar las piezas de ropa, siendo lanzadas por Leóncio como si fueran basura. Una escena que debió encolerizar a su esposa, que los veía desde las alturas con espíritu de derrota. —El carro está a dos esquinas más adelante.—Escucho por fin al León decir algo. Obvio dar órdenes. —Entendido señor.—El chofer todo obediente y pausado, maniobro la camioneta hasta parquear detrás de otra pero de color blanco. Abrió los ojos cuando esté freno. —Toma mis maletas y llévalas a la otra camioneta. Después saldré con Sol.—Le puso atención al accionar de la sirviente criatura. Fue diligente al momento de cumplir la órdenes de su jefe. Cuando el chofer estuvo de regreso. Leóncio la tomo de la mano. —Vamos, Sol. —Un impetuoso Jalón la hizo ponerse en marcha, para seguirlo junto a su sombra. No la soltó hasta salir del vehículo. En el exterior, la temperatura estaba algo alta, a pesar de que el ocaso estaba maquillando un horizonte entre un calido y espumoso violeta. —Vete directo para la casa. Yo me encargo de manejar desde este punto.—El hombre asentía a todo lo que decía su jefe, incluso lo notaba algo asustadizo. No era para menos, Leóncio en ocasiones tenía una mirada mandona y siniestra. —Señor. ¿Se siente en condiciones de conducir?. —Si. Otro punto a discreción, nadie debe saber en la locación donde me dejaste. Menos Brenda.—Lo apunto con el dedo, con alto grado de severidad. Eso le hizo reflexionar. Se debía estar loco para romper una regla de ese demonio. Sus en brillo dorado, quemaban más que un sol en plena cumbre de su esplendor. —Señor, soy una tumba. No me atrevería a delatarlo.—Los vió con suspicacia. ¿Qué estaría tramando Leóncio? —Confio en ti Thomas. —El señor asintió y ella intento alejarse de ambos. Lo cual le fue impedido al instante, esté volvió a tomarla por la muñeca. Hasta parecía su prisionera. Thomas se alejo y el la llevo a la otra camioneta.El.cambio se hizo en una zona ubicada en una parte alta y solitaria de la carretera. El coche estába dispuesto, como si esperara un par de delincuentes que debían escaparse. No oculto su molestia cuando esté la ayudo a entrar y sentarse en el copiloto. El no tardo en dar la vuelta y tomar el mando. Su rostro y su cuerpo tenían más vitalidad a esa hora, las secuelas del infierno se habían despejado. Encendió el auto y lo puso en marcha con destreza. —¿Se puede saber para donde vamos?.— El la ignoro por completo, solo miro a los lados para doblar en una curva bastante pronunciada en la carretera.—Si se puede saber. ¿Oh, consideras que tú prisionera, no tiene derecho a saberlo?. —No eres mí prisionera como tal.—Se quedó helada, había un doble sentido jugando en esas palabras dichas por el propio Leóncio. —No entiendo tu punto, Leóncio. —Hablé claro. Los demonio no solemos referirnos a nuestras esclavas sexuales como prisioneras.—Esa confesión le empezó a dar vértigo —Entonces. Cuál es el calificativo que me corresponde, señor Badin?. —Fue algo cortante, temía eso, su madre siempre le advirtió sobre la posesividad de los demonios y más con las diablas de su especie. —No le pongas nombre a esto, mejor déjate llevar. Tenemos química. —La miro con sus ojos de león hambriento y sexi. Se derretía cada vez que los clavaba en su cuerpo. Suspiro, luego de asentir con resignación. Esa escapada de seguro le saldría cara y ni hablar de sus posibles consecuencias. Ese viaje resultó ser hacia la playa, de paso, transitaron por un hermoso pueblo, en este vió una farmacia y se atrevió a ser sincera con Leóncio. —Señor Leóncio. —No me digas así Sol. —La miro con reprensión.—Mejor dime, León o papi.—Ya eso era muy íntimo. Recordó en ese instante, que ella le dijo eso mismo, la primera vez que se propuso aprovecharse de un supuesto parapléjico. —Ok, como gustes. Solo quiero pedirte que paremos en una farmacia. Necesito comprar algo. —¿Qué exactamente?.—Lo miro mal, ya eso era demasiado control.—Ten confianza, Sol Grace. —Comprar anticonceptivos. —No es necesario, no puedo tener hijos.—Este no freno, se mantuvo manejando con prudencia por las calles coloridas.—Aunque mi madre tenga esperanzas, La realidad es que esa labor, me es imposible. Te agradecería que no me preguntes las razones. —Ok, no lo haré. El tema de conversación sobre la fertilidad y la procreación de un posible demonio, se freno. Incluso hasta se le olvidó un poco su incomodidad con Leóncio por prácticamente obligarla a ir con el, cuando vió el majestuoso mar. Ni la hermosa casa playera la hizo tan feliz como ese paraíso ante sus ojos. Si hubiera llevado ropa, ya estuviera nadando entre sus aguas. —¿Te gusto la sorpresa?. —Si, es un paraiso. Muero porque amanezca para verlo mejor.—Este cargo las maletas hasta el interior. Le frustró un poco la oscuridad inicpiente, el azul no estaba tan vivo. Solo el brillo, el oleaje. Las ondas calmadas y el sonido maravilloso. La casa era de un solo nivel, pero bastante amplia y ventilada. Después de recorrerla. Acompaño a Leóncio a cenar. Como el hombre poderoso que era tenía todo preparado. Esperando su llegada. —Tu madre se moriría si me viera comiendo al lado de su digno vástago.—Su León sonrió, como pocas veces lo hacía, por no decir que era un lujo verlo con una curvatura amistosa en sus labios. —Olvida a mi madre, a Brenda, mis viajes al infierno, tu jodido convento. Solo piensa en nosotros dos. —Este se llevó una copa de vino antes de proseguir.—Estoy haciendo sacrificios por ti. Sol. Me atraes más que el mismo infierno. Monjita perversa. Se mordió los labios, no sabía que contestar. El también la tenia botando chispas. —No hagas eso ahora. No me provoques.—Se acercó y la beso, le correspondió el beso pausado, que no dejaba de hacerla vibrar. Despues de terminar de comer espagueti con camarones, tomo una manzana. Se quedo mirando a Leóncio, comía por 10 personas. Con la cantidad de comida que le faltaba ingerir, se le hizo pesado esperarlo. —Me daré un baño León.—Le guiño un ojo, al momento de salir y empezar a desnudarse sin importarle la opinión de su León. Como si fuera una sirena, se sumergió entre las aguas, una y otra vez por casi una hora. A Leóncio lo vió prender una fogata frente a la casa. Llevaba un boxer. —¡Entra!.—Le gritó ya en la orilla, este negó con la cabeza. Se quedo sentado sobre la arena. Sus músculos estaban siendo ilumidos por la llamas encandecentes. Lo deseaba. Salió para mostrarle su desnudez, de lo que se perdía por no ir con ella. Cuando estuvo cerca, frente a las llamas, se arrodilló al lado de el. —Acompañame, el agua está deliciosa. —Fue algo ñoña y atrevida al decirlo, más al jalar sus boxer. Dejando su m*****o al descubierto. Su potente erección se alzó. —Oh papi León. Si no vamos al agua no te dejare entrar.—Solo fue una provocación, se sento sobre la arena y abrió sus piernas. Tal como se erguian las llamas de la fogata, así estaban de calientes ambos. Leóncio, la asalto al instante. —Eres mia Sol.—Estaba sobre ella. Olfateando si piel, lamiendo sus poros. —Uhhh.—Toco su enorme verga.—No cantes victoria, debo consagrarme. El ignoro sus palabras, ya sus labios estaban ocupados, besando su piel, en su descenso, atrapó su coño, lo lamió hasta sacar sus primeros jugos temblorosos. —León, estoy igual que esa fogata.—Sobo su coño, con sus dedos, seguido con la punta frondosa de su m*****o viril.—¡Qué rico papi!. —Entralo mami.—Obedecio, hizo otros círculos en su abertura y luego lo dejo estar en su entrada. Esa enorme v***a le encantaba. —Empuja mí León. —Le ordenó entre jadeos.—¡Ay!.—Fue una entrada agresiva, hizo chocar sus pelvis de una forma explosiva. —No tengas piedad, León. Se desespero al no sentir sus movimientos, el se paralizó para chupar sus pezones. Amaba el contacto, sin embargo necesitaba que la rascara con fuerza. —Eres una delicia jodida bruja.— Seguido, se empezó a mover.
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