Capítulo 7

1890 Palabras
Capítulo siete. Neft El primer vestigio de un tsunami. Cuatro horas, quedan menos de doce horas para detener a Diana, y puedo decir con seguridad que yo me tiraría con ella de cabeza. Rompería el protocolo por un poco de diversión, no me niego a la idea y expectativa de sujetar una vez más un arma en la mano, de repartir puñetazos a diestra y siniestra. Jugar el papel de matones nunca se sentiría mejor. El peso del uniforme y las placas no se quedan solo en su volumen o en cuantos gramos posee, va mucho más allá la entrega que hacemos al recibir ese privilegio; al entregar nuestras vidas en sus manos y servir a la nación. Cuando era joven hice demasiados desastres, viví para atormentar a los débiles y meterme en cientos de peleas, aunque no ganara todas. La idea no es quedar de pie al último, la idea es sobrevivir, levantarse una vez y más, y después darlo todo; romperle la cara a unos cuantos. Demostrando que ahora soy más fuerte que antes. Pero esos tiempos de rebeldía terminaron cuando solo me dieron dos opciones, ir al ejército o a la cárcel; y como buen idiota escogí el uniforme. No sabía en aquel entonces que el uniforme sería un peor infierno que estar en prisión. —Quita esa idea de tu cabeza, Neft—murmura Jk a mis espaldas, el tapeo de los dedos en el teclo se detiene y alzo la cabeza encontrándome con la mirada neutral e indescifrable de Jk. El semblante serio, el cual siempre permanece pegado a los rasgos de su rostro, se ve perturbado por la presencia silenciosa de Diana. La única mujer del escuadrón y la única a quien parece que le falta todos los tornillos, está cayada en una esquina de la habitación. Su presencia se siente desde ese lugar, pero el inquietante silencio, perturba la concentración de los demás. Diana, está contando cada uno de los segundos, esperando que las dos últimas horas terminen y dar rienda suelta a sus deseos. La necesidad abrasadora fluye en sus venas, con la misma potencia que su sangre. Harry está con las manos en la cabeza y tiroteando de los mechones rubios. El médico parece estar desesperado de no encontrar nada en las muestras obtenidas, y la realidad es que el apartamento de Marieth no tenía una pista que nos diera a un culpable. Estamos navegando en un callejón sin salida, cayendo sin protección alguna. —El tiempo se acaba—susurra Diana y sus ojos parecen brillar de emoción. —No coloques una daga contra mi cuello—respondemos los demás al mismo tiempo, soltando un suspiro de desesperación. Devuelvo la mirada a la pantalla, notando una leve señal. Pensé que aquel número estaría totalmente muerto. Persigo la señal, tratando de ubicarla y saber con exactitud que me puede ofrecer. A medida que me acerco, es más difícil dar con ella, la señal es débil y se pierde en uno de los peores sectores de la ciudad. El tintineo en la pantalla desaparece cada pocos segundos, haciéndome gruñir de frustración. Codifico los datos obtenidos, marcando un área en el mapa satelital, al encerrar los puntos obtenidos, una maldición se escapa de mi boca. La jaula, la señal proviene del centro de la jaula, el lugar donde van a luchar o morir. —Tengo algo—informo y mi voz sale quebradiza, cundida de duda. He estado pocas veces en ese lugar, cuando tenía que sobrevivir con mis propias manos. La jaula o el limbo, es una zona neutra donde los cuatro distritos demuestran su poder en peleas; combates sanguinarios, donde uno de los luchadores debe morir para demostrar que en ese mundo no hay salvación alguna. Es una de las maneras que tienen los distritos de resolver sus conflictos. — ¿Qué sucede? —inquiere Harry, con voz cansada y ojeras bajo sus ojos. Llevamos toda la madrugada y la tarde intentando conseguir alguna información del paradero de Marieth. —La jaula—susurro esperando que el título cuele en sus cabezas tardías. — ¿Qué encontraste en la Jaula? —pregunta Diana, la voz calmada de ella y la mirada relajada no avecina nada bueno. —Encontré la señal del número de teléfono en la nota. La señal es débil, pero proviene del centro de ese lugar, lo más probable es que se encuentre ahí. El silencio cae a nuestro alrededor, envolviéndonos en una paz, la cual se ve perturbada por el sonido de la alarma. El tono chillón y burlesco de una voz mecánica, avisa que el tiempo ha terminado y Diana puede hacer lo que desee. La pelinegra baja la cabeza, posando una mano en la barbilla, pensando lentamente en la poca información que le he dado. — ¿Estás diciendo que el número pertenece a uno de los distritos? —inquiere con duda Harry, deslizando la yema de los dedos por el cabello rubio. Sus ojos se mueven de mi rostro al de los demás con rapidez, evaluado detenidamente el perfil de quienes le rodean. Asiento, sin mucho esfuerzo, no hay un porque para negarlo. Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta, que nuestro primer sospechoso pertenece a un distrito. La pregunta es ¿a cuál distrito? —Iremos a la jaula—decreta Diana, todos asentimos, podemos controlarla si estamos juntos. Aunque, comienzo a dudarlo. Estas pocas horas que logramos robarle, no fueron más que un plan mal realizado. Era muy fantasioso suponer que unas horas donde estuviera quieta y tranquila, sería suficiente para que no causara un problema mayor. La pelinegra sale de la habitación en silencio, dejándonos en solo en la tenue luz del lugar. Nuestras miradas se encuentran y Jk da una muda orden, seguimos los pasos de Diana preparándonos para una batalla. Si fuéramos un grupo normal de soldados, no iríamos contra los distritos o nos escabulliríamos en su dominio. Sin embargo, ninguno de los presentes es normal o una persona cuerda. Muevo los hombros en círculo, provocando que los músculos y huesos truenen con la violencia del movimiento, la tensión de estar sentado durante horas en un computador, se va aliviando. No obstante, aún sigue presente en el medio de la espalda. —Andando—anuncia Jk tirando de la capucha sobre su rostro, la noche ha caído y los faroles en la calle alumbra nuestro paso. Harry está esperándonos dos calles más abajo con el jeep n***o blindado. El rubio tiene un gorro y gafas negras sobre el rostro, el cabello rubio está oculto entre el tejido de lana y una sonrisa de complicidad adorna su rostro. Esta vez Diana no discute para tomar el volante y deja que Harry sea quien nos lleve hasta la Jaula. Aun así, la pelinegra lo puja y pide que acelere el ritmo cada pocos minutos. Harry acepta dos veces, pero a la cuarta vez ignora la voz de Diana colocando música, el ritmo acelerado de la canción se compagina con el motor de jeep. Diana sisea molesta por la acción de Harry, metiéndole un codazo entre las costillas, el rubio gime de dolor y el volante parece rodar sin control hacia la derecha, casi estrellándose con un poste. —Me vas a matar—se queja Harry con la voz alterada y lágrimas en sus ojos, las cuales podemos ver gracias a que las gafas negras han desaparecido de su rostro. —Violenta—murmura el rubio y Diana ríe ante sus quejidos. —No llores, bebé—se burla la pelinegra y aquellas palabras quitan un poco de peso del que se encontraba sobre nuestros hombros. Diana está volviendo hacer ella, con su habitual humor ácido. —Llegamos—murmura en un susurro bajo y ahogado. Las luces rojas del letrero iluminan unos cuantos metros hacia delante, hay motoso y carros sin placas alrededor de la jaula; en cada esquina del lugar hay soldados armados hasta los dientes, mirándose entre ellos como perros rabiosos listos para pelear. Caminamos evitando toparnos directamente con los sabuesos de bajo nivel de cada distrito, Diana, da pasos seguros y firmes hacia delante, como si esta no fuera la primera vez de ella en este lugar. La pelinegra mantiene la cabeza en alto y la espalda recta, en cada paso que da hacia el interior, las personas girar a verla con la boca ligeramente abierta. Dejando salir susurros bajos y maliciosos a su paso, Diana no les presta atención a los murmullos, ella sigue adelante. Imponiéndose sobre los demás. Jeick se mantiene alejado de nosotros por varios metros, su mirada se desvía hacia cada persona, la cual luce sospechosa para él; pero en este lugar, ¿quién no parece un potencial asesino? Absolutamente nadie. Harry está a mi lado, un paso atrás de Diana, actuando como su guardaespaldas o como un sirviente fiel. Las luces se apagan y una voz mecánica interrumpe el hablar y caminar de los presentes, el parpadeo desigual y continuo de las luces led neones; provoca que sea imposible apreciar los colores de la ropa de los que me rodean o ver más allá del escenario, el cual es el foco de atención. Al volver la mirada al frente me doy cuenta de dos cosas, Diana no está a nuestro lado y Harry está a punto de sufrir un ataque al corazón. El rubio se mueven en círculos susurrando el nombre de Diana con desesperación, Harry grita y su voz se ve apagada por el anuncio de la próxima pelea, nuestras miradas viajan hacia el escenario al reconocer una silueta familiar. Diana se encuentra en el medio del cuadrilátero, con las manos en alto y una sonrisa enloquecida. El demonio desquiciado está gritándole a sus espectadores que quiere robar su sangre; la descarada sonrisa de la pelinegra se extiende aún más en sus mejillas, reclamando la diversión y éxtasis que siente al estar una vez más en el medio. —Jeick nos va a matar, el jefe lo hará primero—comienza a lloriquear Harry, y él no se equivoca. Si no es el uno es el otro. —Tenemos que detenerla—sugiera Harry abriéndose paso hacia delante, alcanzando torpemente uno de los primeros lugares. Coloca la mano sobre uno de sus hombros ejerciendo presión, la voz mecánica del presentador cuenta hasta tres y anuncia el comienzo de la batalla. Alzo la cabeza dándome cuenta de cómo el primer puñetazo de Diana conecta en la barbilla del contrincante. —Ya es muy tarde—susurro viendo con atención la pelea. Harry protesta de que esto es una mala idea, que dejar a Diana demasiado tiempo en ese lugar será perjudicial. Y no está equivocado. Diana se descontrola, arremete contra el rostro del hombre con fuerza, lanzándolo al suelo con la ayuda de combinaciones de boxeo consecutivo. El rostro del enemigo, rebota en el cuadrilátero y la sangre salpica alrededor, manchando el suelo de cuero y el rostro de Diana; quien está sonriendo corrompida por el momento. Diana, nunca ha sido la mejor en mantener sus emociones a raya, manteniendo el control o primero hablar antes de tirarse a la acción. No, ella va con todo de una, usa la violencia para conseguir su objetivo. Por eso la apodaron perro loco de elite. Y no existe mejor apodo para ella.
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