Aspiré profundo y me cambié. La energía cimbró dentro de mi cuerpo, me costó meter las piernas en las braguitas y las subí con dificultad. Las manos me temblaron tanto, que era evidente mi estado de ánimo. Aun así, no dudé en seguir las instrucciones de Lorena y me puse la bata enseguida. Chillé cuando la tela espoleó mis perlas y tuve que obligarme a inhalar para no usar el sacaleches. Solo quería relajarme, olvidar la sensibilidad y el dolor en mis mamas. Por supuesto, no hice nada para contravenir con mi obligación. Arreglada, me puse de nuevo las pantuflas para ir a la sala, donde preparamos todo para la videollamada. ―Tranquila, me iré en cuanto ubiquemos lo necesario ―dijo Lorena cuando enfocamos la cámara a mi altura. Tal como lo hacíamos para cuando ella se disponía a hacer la

