No me quedó de otra que asentir. ―Puedes decirme como gustes ―acepté sin pensar, porque se sintió correcto, porque la sensualidad de sus palabras me abrumó. Otra risa suave y sardónica atravesó la conexión. ―Me gustaría que me dijeras tu nombre, pero descuida, sé que no es lo apropiado. Me mordí los labios y solté un poco la bata. ―Lo siento… ―¿Por qué? ―Po-porque no sé cómo actuar. ―Me gusta así ―le restó importancia―. Podrías deslizar la bata por tus hombros, no te la quites, solo quiero verte un poco más. Tragué saliva y asentí. Con torpeza, bajé la tela por mis hombros, realzando más la forma de mis pechos que se comieron el encaje al filo de la seda. La falda se alzó y mostró el triángulo pequeño de las braguitas, solo una pista del color de estas. Su gruñido profundo reverbe

