―Hazlo más duro, quiero que te toques como si lo hiciera yo ―ordenó y su voz más grave se acentuó con el chirrido de los goznes. Mordí mi labio inferior para retener el sollozo. Seguí su instrucción y amasé mis pechos con ardor, mis palmas los empujaron hacia arriba, mientras mis dedos pellizcaron las perlas e hicieron que dos hilos blanquecinos crearan un arco al caer al suelo. ―¿La has probado? ―inquirió en un susurro. Jadeé y asentí. Entrelacé las rodillas, mi cadera se movió con vida propia, como si la electricidad que burbujeaba en mis venas no fuese suficiente para calentarme. La urgencia de estimular mi centro aumentó. ―Dime, ¿a qué sabe? ―Es dulce, muy dulce, y está caliente. Y jugué con mi leche, mis ojos se abrieron y me vi en la pantalla de la cámara, en alta definición.

