ERIC No llevaba ni cinco minutos concentrado en los papeles cuando Clara apareció, puso una taza frente a mí y dijo: —No creo que esto todos los días sea sano. Levanté la vista y pensé: ¿Y a mí qué?. —Tu opinión me vale tres pepinos, así que tu comentario no sirve de nada—. Le di un sorbo al café hirviendo, y ese sabor amargo, con el golpe de cafeína, me despertó de golpe. Se sentó en el sillón con una carpeta y un bolígrafo, mordiéndole la punta. —¿Ya corregiste los errores del informe? —pregunté mientras acomodaba los papeles en otra carpeta. Ella negó con la cabeza. —Es en serio, parece que tus editores dejaron la primaria a medias. ¿Cómo carajos no viste que casi no hay comas, que los párrafos están pegados ¡Existe el diccionario, carajo!—. Rayó otra línea y garabateó con tinta

