Tomé la caja y la observé. El sello tenía grabado el emblema de la familia Moretti: un león rodeado de laureles. Demasiado ostentoso, demasiado teatral. Justo como él. Abrí la tapa despacio. Dentro, sobre terciopelo gris, descansaba una katana antigua, de hoja perfectamente pulida, con un grabado en plata en la empuñadura. No era cualquier espada. Reconocí el diseño: una reliquia del período Edo, perteneciente a una colección privada que había desaparecido hacía más de veinte años. Junto a la hoja, un pequeño sobre. Tomé la carta y la abrí. Su caligrafía era elegante, excesivamente segura: “Dicen que las armas eligen a su dueño. Esta me habló de usted. Fuerte. Letal. Hermosa. – D.M.” Lo doblé con calma, aunque el pulso me temblaba. Era un gesto peligroso, incluso para los e

