El Impala yacía destrozado a un costado de la carretera, bajo un cielo gris y lloviznoso. El metal estaba retorcido, las puertas arrancadas, las ventanas estalladas. El capó se había doblado como papel y humo salía del motor con un leve siseo agónico. Dentro del auto, la imagen era desoladora. En el asiento del conductor, Henry estaba inconsciente, con el rostro bañado en sangre, apoyado contra el volante. En la parte trasera, Dylan yacía sobre su costado, su cuerpo inmóvil, su rostro cubierto de heridas profundas, respirando apenas. A su lado, Ethan, también herido, tenía la cabeza apoyada contra el vidrio, con la frente ensangrentada y el brazo doblado en un ángulo extraño. No se oían sirenas. No se oían voces. Solo la radio, aún encendida, dejaba escapar una vieja canción. “… carry

