Sophia y Ethan

1464 Palabras
El sol se filtraba a través de las cortinas, iluminando suavemente la habitación. Ethan parpadeó un par de veces antes de acostumbrarse a la luz matutina. A su lado, Sophia dormía tranquila, con el cabello revuelto sobre la almohada y la respiración acompasada. Por un momento, Ethan simplemente la observó, sintiendo una paz extraña, una sensación de normalidad que le resultaba ajena. No había moteles de paso, ni armas bajo la almohada, ni peligro acechando en cada sombra. Solo una cama cómoda, el sonido lejano de los pájaros y la suave calidez de alguien a su lado. Se pasó una mano por el rostro y suspiró. No podía recordar la última vez que había tenido algo así. Se levantó con cuidado, sin despertarla, y salió de la habitación. La casa de los padres de Sophia era grande, acogedora, con fotografías familiares en cada rincón. Bajó las escaleras y encontró a la madre de Sophia en la cocina, sirviendo café. -- Buenos días, Ethan -- dijo con una sonrisa amable, ofreciéndole una taza--. ¿Dormiste bien? -- Ethan tomó la taza y asintió. -- Sí, gracias -- Se apoyó en la encimera mientras ella seguía con sus quehaceres. Todo era tan normal que se sentía como un extraño en esa escena. -- Sophia me contó que han estado viajando mucho -- comentó la mujer con curiosidad--. Debe ser agotador, ¿no? -- Ethan bebió un sorbo de café antes de responder. -- A veces -- dijo simplemente. La madre de Sophia no insistió, pero su mirada mostraba que tenía muchas más preguntas. Ethan lo agradeció. No estaba seguro de qué podría responder sin mentir. Unos minutos después, Sophia bajó las escaleras, aún adormilada, usando una camiseta grande que claramente le pertenecía a él. -- ¿Ya madrugaste? -- murmuró con voz ronca, acercándose a darle un beso en la mejilla--. Pensé que dormirías un poco más -- Ethan sonrió levemente. -- Vieja costumbre -- Sophia se rió y tomó una taza de café. -- Hoy quiero llevarte a un lugar -- dijo de repente, mirándolo con ojos brillantes--. Un sitio especial para mí -- Ethan arqueó una ceja. -- ¿Qué clase de sitio? -- -- Ya verás -- respondió ella, con una sonrisa misteriosa. Y por primera vez en mucho tiempo, Ethan decidió no cuestionarlo. Después del desayuno, Sophia llevó a Ethan en su coche. Condujo durante unos veinte minutos hasta las afueras de la ciudad, donde un pequeño bosque bordeaba un lago cristalino. Ethan observó el paisaje con cierta sorpresa. No esperaba que Sophia lo trajera a un lugar tan… tranquilo. -- Este era mi refugio cuando era niña -- dijo ella, apagando el motor y bajando del auto--. Cuando las cosas en casa se volvían caóticas, venía aquí y me sentaba en el muelle a pensar -- Ethan salió del auto y la siguió en silencio. Sophia se quitó los zapatos y caminó descalza sobre la madera del muelle, sentándose al borde con los pies colgando sobre el agua. Ethan hizo lo mismo. Por un momento, ninguno de los dos habló. El sonido del agua golpeando suavemente la orilla, el canto de los pájaros y la brisa fresca hicieron que el silencio no se sintiera incómodo. -- Deberías considerar esto -- dijo Sophia de repente, rompiendo la calma. Ethan frunció el ceño. -- ¿Considerar qué? -- Ella giró la cabeza para mirarlo. -- Una vida normal, Ethan. Esto. Paz. Seguridad. No tener que preocuparte por lo que acecha en la oscuridad -- Ethan soltó un suspiro. -- Sabes que no es tan simple -- Sophia entrelazó sus dedos con los de él. -- ¿Y si lo fuera? -- insistió--. ¿Y si pudieras dejarlo todo atrás y empezar de nuevo? -- Ethan bajó la mirada, observando la superficie del lago. -- No puedo -- dijo en voz baja--. Hay cosas que debo hacer. Gente que depende de mí. -- -- ¿Y qué pasa contigo? -- preguntó Sophia--. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir sacrificándote? -- Ethan no respondió de inmediato. No tenía una respuesta. Sophia suspiró y apoyó la cabeza en su hombro. -- Solo piénsalo -- susurró--. No quiero perderte -- Ethan cerró los ojos y disfrutó el momento, aunque en el fondo sabía que la paz nunca duraba para alguien como él. Los días pasaron de una forma extrañamente normal. Ethan se adaptó con facilidad a la rutina en casa de los padres de Sophia, algo que le resultó tan ajeno como reconfortante. Por las mañanas, tomaban el desayuno juntos en la gran mesa del comedor. Los padres de Sophia le hacían preguntas sobre su vida, sus estudios, su familia. Ethan respondía lo justo y necesario, manteniendo siempre una versión editada de su realidad. Por las tardes, Sophia lo llevaba a recorrer la ciudad, a lugares que significaban algo para ella: su antigua escuela, la librería donde solía pasar horas leyendo, la cafetería en la que trabajó durante el verano antes de empezar la universidad. Y por las noches… por las noches, Ethan descubría algo diferente. Sophia y él se acostumbraron a dormir juntos, como si fueran una pareja de toda la vida. A veces, hablaban hasta tarde, acostados en la cama de su habitación, con las luces apagadas y solo el resplandor de la luna iluminando sus rostros. Otras veces, simplemente se dejaban llevar por el deseo que los consumía desde hacía tiempo, encontrándose en la intimidad con la pasión de dos personas que se habían estado conteniendo demasiado. Ethan nunca había considerado la posibilidad de una vida como esa. No con Lucy. No con nadie. Pero con Sophia… con ella, todo parecía posible. Una tarde, después de una caminata por el parque, se detuvieron en un pequeño puesto de helados. Sophia insistió en que Ethan probara su sabor favorito, menta con chocolate. -- ¿Y bien? -- preguntó, observándolo con expectación mientras él tomaba la primera cucharada. Ethan hizo una mueca. -- Sabe cómo si hubieras mezclado pasta de dientes con chispas de chocolate -- Sophia le dio un leve golpe en el brazo. -- ¡Eres imposible! -- Ethan se rió. -- Yo soy más de vainilla -- -- Dios, qué básico -- bromeó ella. Siguieron caminando, helado en mano, hasta llegar a un banco en la plaza. Sophia se sentó primero y jaló a Ethan para que se sentara junto a ella. -- Me gusta esto -- dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro--. Poder estar contigo sin preocupaciones. -- Ethan se quedó en silencio. -- Sabes que no va a durar -- murmuró después de un rato. Sophia cerró los ojos. -- Déjame fingir que sí -- Ethan entrelazó sus dedos con los de ella. No le prometió nada. No podía. Esa noche, Sophia se quedó dormida primero. Ethan, en cambio, no pudo. Se quedó acostado, observando el techo en la oscuridad, escuchando la respiración tranquila de ella a su lado. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía en guardia. No había armas bajo su almohada ni símbolos protectores en las paredes. No tenía que preocuparse por criaturas acechando en la noche. Era una sensación aterradora. Porque significaba que, tal vez, había una vida fuera de todo lo que conocía. Pero antes de que pudiera seguir reflexionando sobre ello, su teléfono sonó. Ethan lo tomó de la mesita de noche y vio el nombre en la pantalla. Dylan. Sintió un mal presentimiento de inmediato. Se levantó con cuidado de la cama y salió de la habitación, caminando descalzo hasta la sala. Todo estaba a oscuras. Se dejó caer en el sofá y contestó. -- ¿Dylan? -- La voz de su hermano sonó tensa, con un deje de cansancio y desesperación. -- Tengo el cuchillo -- dijo. Ethan frunció el ceño. -- ¿Eso es bueno, no? -- Hubo un silencio. -- El Alfa tiene a Zoey -- confesó Dylan, su voz apenas un murmullo. Ethan sintió un nudo en el estómago. -- Mierda… -- -- Tengo que sacarla de ahí -- continuó Dylan--. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito que pensemos en un plan. -- Ethan apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, mirando el techo. La paz que había sentido hasta hace unos minutos se desmoronó en un instante. -- ¿Dónde estás? -- preguntó. -- No lejos de donde estaba el Alfa. Pero no puedo quedarme aquí mucho tiempo -- Ethan apretó los dientes. -- Dime dónde encontrarte. Estoy en camino. -- Sabía que Sophia no iba a estar feliz con su decisión. Así que esa misma noche decidió coger sus maletas mientras Sophia dormía y marcharse con una pena enorme sabiendo que su único futuro feliz posible se marchaba al cerrar la puerta, pero había algo más importante y ese era su hermano.
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