Boone

1659 Palabras
El Impala se detuvo en medio del bosque, a varios kilómetros del último pueblo. El sonido del motor se apagó y lo único que quedó fue el susurro del viento meciendo las hojas. Frente a ellos, una cabaña de madera algo descuidada, con un porche torcido y una silla mecedora que parecía llevar décadas ahí. Dylan bajó del auto primero. Sus botas pisaron el suelo polvoriento con firmeza. Ethan lo siguió en silencio, observando la tranquilidad del lugar. Un perro viejo ladró desde la parte trasera de la cabaña. Y entonces, la puerta se abrió. Un hombre robusto, con barba gris, camisa de franela y un cigarro apagado entre los labios, salió con una escopeta en la mano. Apenas vio a Dylan, se congeló. -- Maldita sea... no puede ser... ¿Dylan? -- Dylan dio un paso al frente, sonriendo levemente. -- Hola, Boone... ¿Te acuerdas de mí? -- Boone dejó caer la escopeta al suelo de madera con un golpe seco y caminó a zancadas hasta abrazarlo con fuerza. -- ¡Mierda, claro que sí me acuerdo! ¡Mírate! Estás más grande que Henry en sus mejores días -- dijo, sin poder evitar que su voz se quebrara --. Pensé que no volvería a verte, carajo... Pensé que estabas muerto... -- -- Estoy bien... o al menos eso intento -- murmuró Dylan, correspondiendo el abrazo con fuerza. Boone lo soltó, limpiándose una lágrima disimuladamente, y luego miró a Ethan con una sonrisa cálida. -- Y tú... eres el pequeño Ethan. El niño de las preguntas infinitas, ¿eh? -- Ethan sonrió, tímido. -- Hola, señor Boone... gracias por recibirnos -- -- ¡Nada de señor! A mí me dicen Boone. Ya sabes que esta casa siempre fue suya también -- dijo, pasándole el brazo por los hombros --. Vengan, pasen. Están en su hogar. La cabaña era una mezcla perfecta entre desorden y calidez. Había libros apilados por todas partes, mapas en las paredes, viejas armas colgadas como decoración, y un sofá tan roto como cómodo. Boone les preparó café mientras los hermanos se acomodaban. -- Supuse que si venían era por algo más que nostalgia. ¿Qué buscan? -- Dylan se sentó frente a él, dejando el cuchillo mata demonios sobre la mesa de madera. -- Necesitamos respuestas. Estamos tras algo... algo grande. Un demonio llamado Azazel. Mató a nuestra madre. Y ahora... también está detrás de Ethan -- Boone observó el cuchillo con seriedad. -- Mierda... ¿El cuchillo de los antiguos? ¿Cómo lo consiguieron? -- -- Historia larga -- dijo Dylan --. Pero tenemos que encontrar una forma de detenerlo. Y sabemos que tú tienes los libros... los de Henry... los tuyos... los que no se consiguen en ninguna parte -- Boone asintió, con los ojos brillando de una mezcla de miedo y respeto. -- Sí... tengo lo que necesitan. Pero les advierto... lo que van a leer... podría cambiarlo todo -- ESCENA: HORAS DESPUÉS - EN MEDIO DE LIBROS La noche cayó sin que se dieran cuenta. Llevaban horas leyendo, buscando nombres, conexiones, pistas entre las páginas polvorientas. Boone dormía en su sillón, roncando, mientras Ethan pasaba de libro en libro, sus dedos manchados de tinta. Dylan cerró otro tomo con frustración. -- Nada... maldita sea, nada útil -- Ethan abrió otro libro, más viejo que todos los anteriores. Las páginas crujieron. Había símbolos en latín, garabatos demoníacos, y una sección marcada con un pedazo de cuero. Leyó en voz alta: -- “Los Príncipes del Infierno... Hijos del Fuego Original... Cuatro entidades creadas por Lucifer antes de la caída, para gobernar los reinos ocultos...” -- Se miraron en silencio. -- ¿Príncipes...? ¿Azazel es uno de ellos? -- preguntó Dylan. Ethan pasó la página. -- Aquí está su nombre... Azazel. Dice que era el guardián de las almas destinadas al sacrificio. Que su poder es ancestral. Que se alimenta del dolor de los inocentes... y que fue uno de los responsables de abrir los primeros portales entre mundos -- Dylan apretó los puños. -- Este hijo de puta no es solo un demonio más... Es uno de los jefes. De los que mandan. Eso explica por qué es tan fuerte. Por qué jugó con nosotros... por qué mató a mamá -- Ethan tragó saliva, las palabras pesaban más que el libro. -- Y hay algo más... según esto, sólo hay una manera de herir a un Príncipe del Infierno... con sangre de su misma estirpe... o con el cuchillo de Eva, el primero, el original -- Dylan miró el arma que descansaba sobre la mesa. -- Entonces ya tenemos lo que necesitamos... sólo nos falta una cosa -- -- ¿Qué? -- preguntó Boone, despertando entre ronquidos. -- Un plan -- respondió Dylan, oscuro. La lluvia seguía repicando suave contra los vidrios del taller convertido en hogar. Las luces estaban bajas, la estufa chisporroteaba en silencio, y el viejo reloj de pared marcaba las tres de la madrugada. Ethan roncaba suavemente en el sofá, rodeado de libros, con una libreta abierta aún sobre el pecho. En la cocina, Dylan se sirvió un poco más de café. El aroma fuerte llenó el aire. Boone lo observaba desde la mesa, con los brazos cruzados y una mirada que hablaba más que mil palabras. -- Hace años que no lo veía así... tranquilo -- murmuró Boone, refiriéndose a Ethan -- Dylan no respondió de inmediato. Tomó un sorbo, apoyó la taza, y dejó que el silencio hablara un poco más. -- Cuando era niño, no dormía si no le contaba una historia. Aunque fuera una de fantasmas... le daban miedo, pero las pedía igual -- Boone sonrió con nostalgia. -- Tú también eras así. Siempre con cara de que no te asustaba nada, pero te agarrabas fuerte al borde del colchón en las partes tensas -- Dylan soltó una risa baja. Una risa triste. -- Él tenía que crecer muy rápido... porque yo también tuve que hacerlo -- -- ¿Y Henry? -- preguntó Boone de repente, directo, sin rodeos, pero con voz suave -- ¿Tienen idea de dónde está? Dylan bajó la mirada. Apretó la mandíbula. -- No... No desde hace meses. Se fue siguiendo una pista sobre lo que mató a mamá. Y desde entonces… nada -- Boone suspiró. Apoyó los codos en la mesa. -- Ese maldito siempre fue bueno para desaparecer cuando más se le necesitaba -- -- Yo solía pensar que algún día lo entendería. Que todo lo que hacía era por nosotros. Pero ahora... no sé si fue por nosotros o por él mismo -- -- Lo sé, chico. Lo sé... Y aun así estás aquí, cuidando de tu hermano. Siguiendo el mismo camino que tanto odiaste. ¿Por qué? -- Dylan lo pensó un momento. Luego levantó la vista, con los ojos ligeramente húmedos. -- Porque si no lo hago yo... nadie más lo hará. Porque alguien tiene que hacerlo. Porque Ethan no merece vivir con la misma rabia con la que yo crecí -- Boone asintió, tragando saliva. -- Te juro que si pudiera, le daría un puñetazo a Henry por cada lágrima que tuviste que tragarte solo -- Dylan sonrió débilmente, y luego susurró: -- Boone... tú fuiste más padre para mí de lo que él jamás fue -- Boone no dijo nada. Solo se levantó, caminó hasta él, y le palmeó el hombro con fuerza, como quien reafirma un lazo invisible pero irrompible. -- No estás solo, hijo. No mientras yo respire -- Dylan se tumbó sobre el colchón desgastado. Había intentado leer, intentar pensar en Zoey, en el cuchillo, en el demonio de ojos amarillos. Pero el cuerpo agotado decidió traicionarlo, y apenas cerró los ojos… los recuerdos se colaron sin permiso. Todo era más pequeño en el recuerdo. Las paredes del taller estaban menos oxidadas, más llenas de herramientas. Boone era más joven, con el cabello castaño claro sin tantas canas, pero con la misma mirada firme. Dylan tendría unos diez u once años, con los puños cerrados y los ojos llenos de rabia contenida. -- No me quiere, Boone... No le importa una mierda si estoy bien o no -- decía el niño con voz temblorosa -- Boone estaba sentado frente a él, con un paño húmedo limpiándole la sangre seca de la ceja. La pelea con Henry había sido más verbal que física… pero a esa edad, los gritos dolían más que los golpes. -- Henry es... complicado. Siempre lo fue. Pero no es que no te quiera, Dylan... es que no sabe cómo mostrarlo -- -- ¿Y eso qué importa? ¿De qué sirve tener un padre que nunca está? -- gritó el niño, tirando el paño al suelo -- Boone no se molestó. Lo recogió con calma, y lo volvió a doblar. -- Lo sé, hijo. Y tienes todo el derecho a sentirte así. Pero no dejes que ese enojo sea lo único que te guíe -- -- ¿Entonces qué hago? ¿Me trago todo? ¿Hago como si no pasara nada? -- Boone se agachó, poniéndose a su altura. Lo miró directo a los ojos, como siempre hacía cuando hablaban en serio. -- No, Dylan. Pero encuentra algo... alguien... por lo que valga la pena aguantar. Tu hermano, por ejemplo. O tú mismo. Porque aunque no lo creas, eres más fuerte de lo que piensas -- Dylan bajó la mirada. Aún con el labio tembloroso. -- A veces quisiera que tú fueras mi papá -- Boone se quedó en silencio unos segundos. Luego le revolvió el cabello con ternura. -- A veces yo también quisiera haberlo sido -- Dylan se despertó con los ojos húmedos, la respiración agitada. Se incorporó lentamente en la cama, apretando los dientes. No podía permitirse llorar ahora. Pero tampoco podía seguir cargando solo con todo ese dolor. El pasado seguía allí, clavado como una espina. Pero Boone… Boone siempre había sido el bálsamo que calmaba la herida.
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