La dama de blanco

2169 Palabras
El aire era pesado en aquella carretera solitaria, como si el propio bosque contuviera la respiración. El río Cold Creek corría silencioso bajo la luz de la luna, reflejando las luces rojas y azules de la patrulla estacionada junto a la orilla. Un cadáver yacía en la hierba húmeda, con los ojos abiertos en un terror indescriptible. Dylan y Ethan bajaron del Impala, ajustando sus placas falsas del FBI. -- Esto no es normal -- murmuró Ethan, observando la expresión de pánico en el rostro del difunto. Dylan se inclinó sobre el cuerpo. La piel del hombre estaba pálida, como si hubiera sido drenado de algo más que sangre. -- Se parece demasiado a un ataque de espíritu -- dijo en voz baja, asegurándose de que nadie más lo escuchara. El sheriff del condado, un hombre de barba espesa y ojos cansados se acercó con los brazos cruzados. -- Lo encontramos hace unas horas. Sin heridas visibles, sin signos de pelea… Solo cayó muerto en la orilla. La gente del pueblo dice que es la maldición del río -- Ethan arqueó una ceja. -- ¿Maldición? -- El sheriff se frotó el mentón. -- Historias de borrachos. Cuentan que, si recoges a la mujer equivocada en la carretera, terminas así. Muerto. -- Dylan y Ethan intercambiaron una mirada. Sabían que era algo más que cuentos de borrachos. El Impala se detuvo frente a la biblioteca municipal, un edificio antiguo con grandes ventanales cubiertos de polvo. Dylan y Ethan entraron, dejando atrás el ruido de la ciudad. Solo el sonido de las teclas de una vieja computadora rompía el silencio del lugar. Ethan se acercó al mostrador. -- Necesitamos acceder a los registros de noticias antiguas -- La bibliotecaria, una mujer mayor de rostro severo, los observó con sospecha. -- ¿Investigación escolar? -- Dylan forzó una sonrisa. -- Algo así -- Les hizo un gesto hacia la sección de archivos digitales. Los hermanos se sentaron frente a una vieja computadora. Ethan tecleó "muertes en Coldcreek" en el buscador. Varias noticias aparecieron en pantalla. "Desapariciones en Coldcreek: La leyenda de la mujer en la carretera." "Mujer asesina a sus hijos y se suicida en el río Cold Creek." Ethan clickeó en el segundo artículo. 1953 - Helena Vaughn, una madre de dos hijos fue hallada muerta en el río después de asesinar a sus pequeños. Se cree que su espíritu aún vaga por la carretera donde fue vista por última vez. El artículo mencionaba que su tumba estaba en el cementerio del pueblo. Dylan cruzó los brazos. -- Ahí está nuestro fantasma -- Ethan tomó nota de la ubicación. -- Necesito ir al cementerio. Si encontramos sus restos, podemos detenerla -- Dylan bufó, cerrando la computadora. -- Bien, divirtámonos con los muertos -- Ethan lo miró de reojo. -- ¿A dónde vas? -- Dylan giró las llaves del Impala. -- A dar una vuelta. Necesito despejarme – El motor del Impala retumbaba suavemente en la carretera oscura. Dylan conducía sin un destino claro, con una mano en el volante y la otra sosteniendo un cigarro a medio consumir. El aire nocturno se filtraba por la ventana abierta, refrescando su rostro mientras intentaba vaciar su mente de todo lo que acababan de descubrir. Ethan estaba en el cementerio, haciendo su parte. Él, en cambio, necesitaba un respiro. Desde que retomaron la cacería, no había tenido un momento de paz. Y, para ser sincero, tampoco la estaba buscando. Pisó el acelerador, disfrutando de la velocidad en la carretera desierta. Solo el resplandor de la luna iluminaba el asfalto, junto con los faros del auto cortando la oscuridad. Hasta que la vio. Una figura vestida de blanco apareció en medio de la carretera, inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada. Su largo cabello oscuro caía como una cortina sobre su rostro. Dylan reaccionó instintivamente, frenando en seco. El Impala derrapó unos metros antes de detenerse por completo. El corazón le latía con fuerza mientras apretaba el volante. La mujer no se movió. Dylan entrecerró los ojos. No parecía un espíritu. No había bruma, ni el característico descenso de temperatura. Era solo una mujer parada en la carretera. Apretó los dientes y golpeó el volante con una mano. -- No puede ser... -- Pero ahí estaba. Esperando. Tomó su pistola y la metió en el bolsillo de su chaqueta antes de abrir la puerta y salir. Caminó con cautela, sus botas crujiendo contra el asfalto mientras la observaba de cerca. -- ¿Se encuentra bien? -- preguntó con voz firme. La mujer levantó lentamente el rostro. Sus ojos eran oscuros, su piel pálida como la porcelana. Su vestido blanco estaba ligeramente manchado, como si hubiera caminado descalza por la tierra mojada. -- Me perdí -- su voz era suave, casi un susurro. Dylan inclinó la cabeza, evaluándola. Todo esto era demasiado cliché. -- ¿A dónde iba? -- La mujer desvió la mirada hacia la carretera vacía. -- A casa -- Dylan apretó la mandíbula. Cada célula en su cuerpo le decía que se alejara de ahí. Pero si esta mujer era la Dama de Blanco, la única forma de confirmar su identidad era siguiéndole el juego. -- ¿Necesita un aventón? -- La mujer lo miró y sonrió levemente. -- Gracias -- Dylan respiró hondo y la guió hasta el Impala. El asiento del copiloto crujió cuando ella se sentó con una delicadeza casi antinatural. Encendió el motor, echándole un último vistazo antes de retomar la carretera. -- ¿Dónde está su casa? -- Ella señaló hacia adelante. -- Más allá del bosque -- Dylan solo asintió y siguió manejando. El silencio en el auto era opresivo. La mujer mantenía la mirada fija en la carretera, sin pestañear, sin moverse. Pasaron varios minutos antes de que ella rompiera el silencio. -- Es un auto hermoso -- Dylan le dedicó una breve mirada de reojo. -- Lo es -- -- Debe haber recorrido muchos lugares -- Dylan tensó los dedos sobre el volante. -- Sí -- La mujer ladeó la cabeza. -- Usted también... Ha visto muchas cosas -- Dylan la miró con más atención. Algo en su voz le erizó la piel. -- Algo así -- murmuró. La mujer esbozó una sonrisa tenue. -- Pero nunca ha visto algo como yo -- Antes de que pudiera reaccionar, la temperatura en el auto descendió abruptamente. El parabrisas se empañó y el aire se tornó denso, pesado. Dylan frenó en seco. Giró el rostro hacia ella, pero el asiento del copiloto estaba vacío. La voz de la mujer susurró a su oído, justo detrás de él. -- Hemos llegado a casa -- Un par de manos heladas se cerraron alrededor de su cuello. El agarre era helado, como si dos garras invisibles intentaran drenarle el aliento. Dylan reaccionó por instinto, forcejeando mientras la presión en su cuello aumentaba. Giró bruscamente el cuerpo y disparó dentro del auto, pero la bala atravesó el aire vacío. La mujer ahora estaba sentada en el asiento trasero, observándolo con una expresión impasible, su rostro más pálido que antes, sus ojos oscuros como la noche misma. Dylan jadeó, sintiendo el escozor del frío en la piel mientras recuperaba el control del volante. La Dama de Blanco permanecía inmóvil junto al auto, su vestido ondeando levemente sin que hubiera viento. -- ¿Por qué mataste a tus hijos? -- preguntó Dylan, su voz baja, pero firme. Ella sonrió levemente, un gesto tan delicado que casi parecía humano. -- Porque su padre no nos amaba -- Dylan entrecerró los ojos. -- ¿Y te vengaste de él matándolos? -- La mujer lo observó con una mezcla de tristeza y frialdad. -- Él nos abandonó por otra mujer. Me dejó sola, humillada, reemplazada. Así que le quité lo que más amaba… y luego lo hice pagar -- La imagen a su alrededor se distorsionó por un momento, como si la realidad se partiera en un parpadeo. Por un instante, Dylan vio una escena superpuesta a la casa abandonada: una mujer cubierta de sangre, dos pequeños cuerpos sin vida sobre una cama, un hombre gritando, luchando, antes de que una sombra se abalanzara sobre él y lo ahogara en el río. La visión se desvaneció y la Dama de Blanco seguía de pie en el mismo sitio, observándolo. -- No todos los hombres son inocentes -- dijo ella en un susurro. Dylan le sostuvo la mirada. -- Entonces solo matas a hombres infieles -- La mujer inclinó la cabeza. -- Solo les doy lo que merecen -- Dylan tensó la mandíbula. -- ¿Y qué hay de mí? No soy infiel -- La Dama de Blanco esbozó una sonrisa. -- Eso lo descubrirás tú mismo -- Dylan sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No le gustaba el tono de esas palabras. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de la mansión se abrió sola con un crujido, invitándolo a entrar. La Dama de Blanco avanzó lentamente hacia el umbral y se detuvo sin mirarlo. -- Ven, Dylan -- susurró. Dylan apretó el arma en su mano y maldijo por lo bajo. No tenía otra opción. Entró en la casa. El interior de la mansión era una ruina olvidada por el tiempo. Las paredes estaban cubiertas de moho, el suelo de madera crujía con cada paso de Dylan y el aire estaba cargado con el olor rancio de algo antiguo y muerto. Las ventanas estaban tapadas con tablones podridos, dejando la casa en una penumbra opresiva. Pero lo peor era el silencio. No había viento, no había insectos, ni siquiera el eco de sus propios pasos. La Dama de Blanco se deslizó por el pasillo sin hacer ruido, como si flotara sobre el suelo. Dylan la siguió, con el arma en alto y cada músculo de su cuerpo en tensión. -- ¿A dónde me llevas? -- Ella no respondió. Solo avanzó hasta una puerta al fondo del pasillo y la abrió con suavidad. Dylan entrecerró los ojos antes de entrar. El cuarto era pequeño, con una cama cubierta por una sábana sucia y un espejo roto en la pared. La puerta se cerró de golpe detrás de él. Dylan giró sobre sus talones y disparó tres veces. Las balas atravesaron la madera. No había nadie. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando el reflejo en el espejo se movió… aunque él no lo había hecho. Dylan se quedó inmóvil. Su propio reflejo lo observaba con una sonrisa torcida, los ojos oscuros como la noche. -- Siempre supe que eras como ellos -- dijo su reflejo. Dylan frunció el ceño. -- No juego a esta mierda -- Se giró para romper el espejo, pero una fuerza invisible lo empujó contra la pared. Su pistola cayó al suelo, deslizándose fuera de su alcance. La Dama de Blanco apareció frente a él, sus ojos brillando con un resplandor fantasmal. -- Todos ocultan algo -- susurró. -- La pregunta es… ¿qué ocultas tú? -- Dylan sintió un frío insoportable envolverlo, como si su propia mente estuviera siendo arrancada de su cuerpo. Sus párpados pesaban, su conciencia se nublaba. Algo lo estaba arrastrando a la oscuridad. Hasta que el suelo empezó a temblar. Un rugido sobrenatural resonó en la casa y la Dama de Blanco soltó un grito desgarrador. Su piel comenzó a agrietarse, su cuerpo convulsionando como si estuviera en llamas. Dylan cayó al suelo de rodillas, jadeando. Sabía lo que eso significaba. Ethan lo había logrado. Las grietas en la piel de la Dama de Blanco se expandieron hasta que su cuerpo entero se desmoronó en cenizas frente a sus ojos. El aire de la casa se volvió más liviano, la presión desapareció y el frío se disipó. Dylan cerró los ojos un segundo antes de levantarse con esfuerzo. El sonido de un motor rugiendo afuera lo hizo girar la cabeza. Salió tambaleándose de la mansión en ruinas y vio el Impala estacionado a unos metros. Ethan estaba de pie junto a la puerta, con el rostro tenso y su pala aún cubierta de tierra. Dylan se pasó una mano por la cara, soltando un respiro pesado. -- Justo a tiempo -- murmuró. Ethan lo estudió con atención. -- ¿Estás bien? Dylan le lanzó una mirada cansada. -- No es mi peor experiencia con una mujer -- Ethan rodó los ojos, pero no insistió. Ambos subieron al Impala. Dylan encendió el motor y se alejó de la mansión sin mirar atrás. El teléfono de Dylan sonó. Sacó el móvil del bolsillo y se quedó helado al ver el nombre en pantalla. Ethan lo miró con el ceño fruncido. -- ¿Quién es? -- Dylan apretó la mandíbula antes de contestar. -- Papá -- Hubo un breve silencio en la línea, seguido de una voz grave y firme. -- Nos vemos en dos días. Hay algo que deben saber -- La llamada se cortó. Ethan y Dylan intercambiaron miradas. El camino frente a ellos era oscuro e incierto, pero esta vez, sabían exactamente hacia dónde dirigirse.
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