La vida es solo un suspiro
Para Regina las cosas han sido extrañas en este tiempo, ya ha pasado dos años siendo la “hija” de Cintolesi. A pesar de que todo el mundo la tratara como tal, para no llevarle la contra al capo, ella sabía que en el fondo eso pronto terminaría. Además, la salud del viejo no mejoraba para nada.
Ya varios doctores le habían dicho lo mismo “su padre tiene el tiempo contado, señorita Cintolesi “, “ No es mucho lo que se puede hacer con él, salvo darle los mejores cuidados”, "Es todo lo que podemos hacer por él" y eso había hecho ella desde que la había nombrado su hija.
¿Por qué lo hacía? Por gratitud, el viejo la trataba bien y hasta se estaba preocupando por sus niñas, esas que ahora corrían por el jardín mientras ella escribía en su diario.
Otra cosa que la mantenía en tensión era la presencia de Vitale, ese tipo oscuro que aparecía cada día para, según él, mantener al tanto de todo a su jefe, pero que no dejaba de hacerle insinuaciones cada vez que la tenía cerca. Para su suerte, Teo, su fiel amigo y ahora guardaespaldas, lo mantenía a raya y eso era otra cosa que agradecía.
Teo era su nexo con la realidad, con el mundo al que ella odiaba, pero en el que había vuelto a caer sin darse cuenta. De él escuchaba las noticias de lo que sucedía en Roma y los alrededores, de los grandes cambios que se estaban priduciendo desde la llegada del nuevo Don y como eso estaba afectando a todos, incluyendo a su jefe.
—Daría mi paga completa por saber lo que piensas, Regi—le habló su amigo y ella dio un respingo pues no lo escuchó llegar.
—En nada importante, Teo. Solo estoy preocupada por el jefe.
—Por suerte te tiene a su lado, cada día sus crisis son más severas.
—Siento que él no se da por vencido porque espera algo o a alguien.
—Puede ser, quizás a la señorita Gia.
—Quizás. Pero creo que ella jamás volvería de ser por ella.
—La señorita es una buena persona, Regi. Solo que su padre fue una verdadera bestia con ella y Romeo.
—¿Los conocías a ambos?—preguntó curiosa.
—Romeo era mi amigo, la señorita, por obvias razones la conocí porque es la hija del jefe, pero Romeo… Romeo era un gran tipo.
—Y se metió con la hija del jefe—murmuró.
—Así como lo has dicho y pagó con su vida tal atrevimiento.
—Es una verdadera lástima que las cosas se solucionen así en este mundo de mierda.
—Tienes razón — Teo carraspeó después de esa frase y fijó su mirada en la entrada de la casa, frunciendo el ceño—. Ya llegó el indeseable.
—Ni se te ocurra irte, Teo.
Su amigo, solo asintió y se quedó de pie a su lado, mientras Vitale llegaba para, como siempre, hacerse notar.
—Dichosos los ojos que te ven, Regina.
—Señor Vitale—lo saludó por cortesía, porque si por ella fuera no le dirigiría la palabra.
—Pronto deberás tratarme mejor, Regina. Se avecinan nuevos tiempos.
Como si esas palabras fueran una sentencia, lo vio sonreír de medio lado y dejarla con las palabras en la boca.
Regina cada vez que ese hombre aparecía sentía un frío que le calaba hasta los huesos, era como si la oscuridad que lo rodeaba se acercara más a ella y al parecer ese día tuvo razón.
Una hora después, los gritos del tal Vitale salían de la habitación de su jefe. Regina corrió como si su vida dependiera de ello y ahí lo encontró, el hombre mayor a penas y respiraba, su semblante estaba palido como el cerote de una vela y su cuerpo temblaba como las hojas del otoño al caerse de los árboles.
—¡Maldita sea! ¿Qué le dijo para que se pusiera así?
—Nada, solo que pronto tendremos a la verdadera heredera Cintolesi en esta casa y tú, tendrás que volver a dónde te corresponde, Regina.
Vitale, salió como si nada hubiese ocurrido, ya había obtenido lo que deseaba y pronto tendría lo que él cree que por derecho es suyo.
A Regina le daban lo mismo sus palabras, a ella no le importaba ser una empleada más de la casa del capo, nunca había pedido estar ahí en un lugar donde no le correspondía, pero las palabras de ese ser venenoso se clavaron en su pecho como un augurio de lo que se avecinaba.
—Regina—suspiró el viejo a través de la mascarilla de oxígeno.
—Señor, no se agite, no le hace bien.
—Necesito que llames a estas personas, los quiero hoy aquí, pídele ayuda a Teo.
—Sí, sí, lo que usted diga, señor, pero ahora hágame caso y descanse.
—Haz lo que te pido mi querida niña.
—Iré a hacerlo de inmediato, solo si me promete que me hará caso.
—Ve, te lo prometo.
Regina cerró la puerta de la habitación y le pidió a Mateo que no dejara que nadie entrara hasta que ella lo ordenara, bajo la respuesta de que su jefe lo había dicho y le pidió a Teo que la siguiera. Caminaron por el pasillo hasta llegar a su habitación y le pidió que entrara.
—El jefe me pide que le consigas a estas personas para ya.
Dijo en tono fuerte y determinante y Teo acató sus órdenes saliendo raudo de su habitación. Por su parte, Regina le pidió a las señoras del servicio que le ayudaran con las niñas, mientras ella volvía con el jefe.
Esa tarde llegaron ambos hombres, Teo había esperado pacientemente que Vitale saliera de la mansión y cuando ya no hubo peligro ambos entraron a la habitación del capo Cintolesi.
Regina se levantó de su silla y les hizo un asentimiento, par salir de ahí y dejarlos a esos tres.
Uno de los hombres tenía un parche en el ojo y su caminar era rengueado, juraría que lo había visto en alguna parte, pero no lo recordaba. Antes de cerrar la puerta escuchó a su jefe y su sangre se heló por completo.
—Es bueno verte en casa, querido amigo…
—Ya era hora, viejo, aquí estoy para saldar cuentas.
—Y yo, para pagarlas, Doménico.
------------------------------
Copyright © 2025 P. H. Muñoz y Valarch Publishing
Todos los derechos reservados.
Obra protegida por Safe Creative