Capítulo 3: Lía – Ecos de Placer

1060 Palabras
Despierto con el olor de él pegado a la piel como una marca que no se borra. Sebastian. Su nombre sabe a miel caliente y traición dulce. Anoche pagó la deuda completa. Quince mil euros en un sobre manila sin remitente, como si fuera regalo de un dios caprichoso. Me da vergüenza enorme, pero también alivio que me quita un peso del pecho. Por primera vez en meses, no tengo miedo de que me rompan un dedo o me saquen los dientes con alicates. Me miro en el espejo agrietado del baño mugriento que comparto con Carla. Moretones sutiles en las caderas, donde sus dedos se clavaron como anclas fuertes. Labios hinchados por besos que mordían en lugar de solo rozar. Y entre las piernas, un calor sordo que no se apaga, un pulso traidor que recuerda cómo me lamió despacio, la lengua trazando mapas invisibles en el clítoris hasta que me arqueé como un arco tenso, corriéndome en su boca con un sollozo ahogado que no controlo. —No fue real —me digo, salpicándome agua fría en la cara para despertar—. Fue pagado. Solo eso. Pero la mentira se siente frágil como papel mojado, como el billete de cien euros que aún guardo en la cartera vieja, junto a la tarjeta con su número garabateado en tinta azul elegante. El recuerdo de la noche anterior me golpea fuerte mientras me visto con jeans desgastados y sudadera holgada, como si quisiera ocultar las curvas que ahora son mercancía. Cuento el dinero de la primera noche —casi trescientos euros, gracias al “triple” de Sebastian— y salgo al mercado de Noordermarkt. El aroma a stroopwafels calientes y quesos curados me tienta por un segundo, pero compro solo pan barato y leche. Me dirijo al café mugriento en una callejuela de De Pijp, donde Carla me dijo que Karel cobra su tajada. Karel ya está allí, encorvado sobre una taza de café n***o, ojos de rata escaneando la puerta como siempre. —Lía, mi joya nueva —dice con sonrisa que no llega a los ojos, extendiendo la mano huesuda—. Muéstrame lo que trajiste. El veinte por ciento, ¿recuerdas? Protección no es gratis. Deslizo los billetes sobre la mesa sucia, el corazón apretado por la culpa. Sesenta euros que podrían haber sido para comida decente o un pincel nuevo. Él cuenta con dedos manchados de nicotina. —Buen trabajo anoche —comenta, guardándose el dinero en el bolsillo—. El ricachón ese… te miró como si fueras diamante puro. Si lo enganchas bien, te cubro las deudas restantes yo mismo. Pero no te enamores, mija. Los tipos como él coleccionan trofeos, no conservan mujeres como nosotras. Río amarga, pero las palabras se clavan como espinas afiladas. ¿Enamorarse? Ridículo total. Es solo un cliente generoso, un escape de una noche. Me levanto, despidiéndome con un beso en la mejilla que me revuelve el estómago, y salgo al sol tibio de la mañana. Camino por los canales, el agua reflejando bicicletas y fachadas inclinadas, intentando ahogar la culpa en el ritmo de los pasos. Pago una parte pequeña de las deudas restantes en el banco —aún quedan miles pendientes, un abismo que se cierra lento como herida infectada—, y me siento en un banco junto al Prinsengracht, sacando la tarjeta de Sebastian. Los dedos trazan las letras elegantes: Llámame si quieres más que dinero. —¿Y si lo hago? ¿Qué gano, además de otro moretón en el alma? Mientras tanto, en el Hotel Pulitzer, Sebastian yace despierto en sábanas de hilo egipcio que huelen a lavanda y a mí. La suite es un sueño minimalista: ventanales grandes con vistas al canal, escritorio de caoba con laptop abierta en correos no leídos, botella de whisky escocés medio vacía en la mesita. El cuerpo desnudo se extiende sobre la cama king, marcado por arañazos frescos en la espalda —regalos míos, que lo hicieron sangrar placer en la ducha esa mañana—. Cierra los ojos, y ahí estoy yo: el sonido de mis gemidos roncos y desesperados mientras me embiste desde atrás frente al espejo, mis pechos rebotando con cada empujón fuerte, el reflejo de mi rostro contorsionado en éxtasis puro. —Más, Sebastian… por favor —suplico en su mente, y él obedece, hundiendo los dedos en mi cabello para arquearme más, follándome con una ferocidad que lo sorprende hasta a él mismo. El teléfono vibra en la almohada, el nombre de Isabella parpadeando como una advertencia roja. Lo ignora por tercera vez esa mañana, el zumbido convirtiéndose en un rugido sordo en su cabeza. ¿Qué le diría? ¿Que encontró algo real en una prostituta de luces rojas, algo que su matrimonio de hielo no le dio en años? Isabella es belleza fría, sexo programado en sábados de rutina —ella encima, gimiendo fingido mientras chequea emails en la mente—, pero yo soy fuego crudo, un cuerpo que responde al suyo como si estuviéramos hechos para encajar, las paredes internas apretándolo hasta el delirio. Se levanta, desnudo y erecto solo de recordarme, y se sirve otro trago. El líquido ámbar quema la garganta, pero no apaga el anhelo. ¿Volveré esta noche? ¿Me llamará él primero? El pensamiento lo aterroriza y excita a partes iguales. En su mundo de juntas y yates, el deseo es un lujo controlado; conmigo, es caos puro, un abismo que lo llama a saltar sin paracaídas. Ajena a sus tormentos, guardo la tarjeta de nuevo y me dirijo al burdel para el turno de la tarde. El sol se hunde despacio, tiñendo los canales de naranja intenso, cuando el teléfono pita con un mensaje anónimo: “¿Cena esta noche? El yate te espera. S.”. El pulso se acelera de golpe, un calor traicionero subiendo por el vientre. ¿Decir que sí? ¿O correr antes de que el eco de su placer se convierta en adicción total? Me detengo en un puente estrecho, el agua negra lamiendo las piedras abajo. Saco el teléfono. Los dedos tiemblan sobre el teclado. —Sí. 8 pm. Envío el mensaje. Y entonces, desde la sombra de una callejuela cercana, veo a Karel observándome con sonrisa torcida y ojos que brillan mal. ¿Sabe que Sebastian pagó mi deuda completa?
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