Capítulo 2: Sebastian – El Magnate en la Niebla

1247 Palabras
Tengo 38 años y estoy en un yate flotando en Ámsterdam como un rey sin corona. La vida parece perfecta: dinero que no se acaba, poder que abre puertas antes de tocarlas, una esposa de portada de revista y una hija de 15 años, Sofía, que me llama “papá” por videollamada con esa voz que me derrite. Pero todo es una jodida mentira. Isabella me tiene atado con hilos de oro, y cada día me ahogo más. Sexo programado los sábados, ella encima fingiendo orgasmos mientras chequea su agenda mental, yo corriéndome rápido para terminar el trámite. Diez años así. Diez putos años de vacío. Vine a Ámsterdam por “negocios”. Mentira pura. Vine a escapar. A olvidar. A follarme el vacío que me carcome. El Barrio Rojo me llamó como un faro en la tormenta: legal, discreto, sin compromisos. Sexo pagado, placer sin ataduras. Exactamente lo que necesito para no volverme loco. Y entonces la vi. En De Wallen, desde el otro lado del canal, como un fantasma con ojos verdes. Lía. La vi anoche, con un cliente, y no pude sacarla de la cabeza. No era la más tetona, ni la más maquillada, ni la que bailaba como stripper barata. Era… real. Desafiante. Con una mirada que decía: —No me toques si no vas a romperme. Me quedé parado en la niebla, la v***a dura solo de imaginarla gimiendo debajo de mí. El yate está atracado en un muelle privado, lejos del bullicio turístico. Me sirvo un whisky puro, el hielo tintineando como cadenas invisibles. Me ajusto la corbata Armani —cuesta más que el sueldo anual de un mortal común— y bajo a la calle. Camino hacia El Espejo n***o, un burdel exclusivo que me recomendó un contacto de confianza. No es el caos barato de De Wallen; aquí las chicas son vinos finos, los clientes pagan por privacidad absoluta. Entro. El lugar huele a terciopelo rojo, luces tenues, un bar de caoba pulida. Me siento en un taburete alto. Pido un genever local. Mis ojos azules barrieron el lugar completo: evaluando, calculando riesgos y placeres. Y ahí está ella. En una vitrina sutil al fondo, cabello rubio en ondas desordenadas, vestido n***o rasgado remendado con alfileres. Sus ojos verdes me encuentran al instante. Desafío puro que me pone la piel de gallina. El barman nota mi interés. —La nueva. Lía. Americana fresca, pero con fuego. ¿Te interesa? Tomo un sorbo largo, el ardor bajando por la garganta como fuego líquido. —Invítala a mi mesa. Pago el triple por la noche. Todo incluido. Minutos después, ella aparece caminando hacia mí. El vestido n***o ceñido como segunda piel, el corazón latiéndole visible en el cuello delicado. Se acerca con pasos medidos, como si midiera el terreno. —Buenas noches —dice en inglés fluido, con un acento americano suave que me sorprende—. Lía. ¿Y tú? —Sebastian. Extiendo la mano. Su piel es cálida, suave como seda. —Te vi anoche. Desde el canal. Parecías… fuera de lugar. Ríe amarga, sentándose a mi lado. —En este barrio, todos lo estamos. ¿Qué quieres? ¿Una hora, dos? El triple suena generoso, pero nada es gratis en esta vida. Me inclino más cerca, mi loción —sándalo y especias caras— invadiendo su espacio personal. —La noche entera. Sin prisas. Hablemos primero. Cenemos aquí, con vistas al agua. Y luego… lo que surja naturalmente. Duda un segundo largo. Sus ojos gritan huida, pero el dinero gana siempre. —Está bien. Pero si me aburro, cobro doble. La cena es un baile tenso y cargado: ostras frescas que se deslizan por la garganta, vino tinto que calienta la sangre, mesa apartada con el canal n***o como testigo mudo. Hablo poco de mí —migajas de “negocios internacionales”, vida en Londres que suena a sueño húmedo para cualquiera—. Pregunto todo: su acento americano, manos manchadas de pintura seca que delatan un pasado artístico, ojos tristes en un lugar de placer fingido. Responde con medias verdades, el vino aflojándole la lengua poco a poco. Por primera vez en semanas, no se siente como transacción fría. Es… conexión real, algo que me eriza la piel. Pago la cuenta con tarjeta negra sin mirar el monto. La llevo escaleras arriba a la suite privada: paredes cubiertas de espejos antiguos, cama king hundida en el suelo, velas danzantes proyectando sombras sensuales. Cierro la puerta con llave. El aire se carga de electricidad inmediata. —Puedes decir que no en cualquier momento —digo, quitándome la chaqueta lento, camisa blanca tensando los pectorales marcados por gimnasios privados. —No quiero decir que no. La tomo por la cintura firme, atraigo su cuerpo contra mi pecho duro. El beso empieza tentativo, labios rozando, pero se vuelve voraz en segundos: lenguas enredadas con hambre, dientes mordiendo el labio inferior. La levanto sin esfuerzo, siento en el borde de la cama grande, arrodillándome entre sus piernas abiertas. Las manos suben por los muslos suaves, apartan el vestido n***o, rozan el encaje de las bragas ya húmedas. Jadea fuerte, arquea la espalda. —Eres hermosa —susurro contra su piel caliente, besando la rodilla interna, subiendo despacio hasta el centro. La boca encuentra su coño: caliente, húmedo, listo. La lengua traza círculos lentos en el clítoris hinchado, succiono hasta que gime mi nombre. Dedos separan los pliegues rosados, introduzco dos de golpe, curvando para rozar el punto G que la hace convulsionar. Se arquea más, enreda los dedos en mi cabello moreno, tira con fuerza desesperada. Los espejos multiplican la escena obscena: su rostro contorsionado de placer puro, mis manos firmes en sus caderas, la lengua desapareciendo dentro de ella una y otra vez. Se corre rápido y fuerte, olas temblando todo su cuerpo, gritando mi nombre mientras salpica mi barbilla con sus jugos. Me levanto, los labios brillando con su esencia. Desabotono la camisa despacio, revelo el torso marcado por horas de gimnasio, cicatrices sutiles de una vida privilegiada pero dura. La tumbo de espaldas, cubro su cuerpo con el mío, entro con un empujón lento y profundo que la llena hasta el borde. El ritmo es deliberado al principio: caderas girando para rozar cada nervio sensible, besos en el cuello mordiendo lo justo para marcar sin herir. Clava las uñas en mi espalda, responde a las embestidas con las suyas. —Dios, Lía… —jadeo, la mano entre nosotros frotando su clítoris en círculos perfectos. Se corre de nuevo, apretándome como un vicio caliente. La sigo inmediatamente, derramándome dentro con un jadeo profundo, colapsando en un enredo sudoroso de extremidades. Exploramos toques perezosos hasta el amanecer: dedos trazando espinas dorsales, besos que saben a promesas prohibidas. Me visto al alba, dejo una pila de billetes gruesos —el triple prometido más una propina generosa— y mi tarjeta personal con el número garabateado. —Llámame si quieres más que dinero —digo, besándola en la frente suave—. O solo… llámame. La veo irse desde la ventana, su silueta disolviéndose en la niebla matutina. El cuerpo aún zumba con su recuerdo, la mente grita advertencias que ignoro. ¿Qué carajos pasó anoche? ¿Salvación temporal o un lazo que me va a ahorcar? Y entonces el teléfono vibra en el bolsillo: mensaje de Karel, el proxeneta. —Deuda pendiente. Ven ahora o hay problemas. ¿Qué mierda hice pagando su deuda sin que lo supiera?
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