No puedo respirar.
Apenas salgo del aula, siento cómo el estómago se me revuelve con una intensidad brutal. Marina me alcanza justo antes de que me derrumbe en las escaleras. Mis piernas tiemblan, me falta el aire. La imagen de su rostro sigue en mi mente: Manuel Heis. El jefe del cartel más poderoso del país. El mismo que me tuvo entre sus brazos, el mismo con el que me acosté sin saber quién era realmente. El mismo cuyo hijo... ahora crece dentro de mí.
—¡Rossi, tranquila! —Marina me sujeta con fuerza, alarmada—. ¡Respira! Ven, vamos a la enfermería. No estás bien, estás muy pálida.
Asiento apenas, con la cabeza gacha, como si cada paso que doy fuera una carga inmensa.
Llegamos a la enfermería, y la enfermera, una mujer de cabello recogido y ojos perspicaces, me mira con preocupación mientras me ayuda a recostarme en la camilla.
—¿Qué te sucede, querida? ¿Fiebre? ¿Te duele el estómago?
—Náuseas... mareo... no he comido casi nada —miento. No puedo soltar la verdad sin temblar. La realidad me está desbordando.
Marina le muestra la prueba casera que habíamos hecho en secreto esa misma mañana, esa que aún me negaba a aceptar.
—Se hizo una prueba hoy... salió positiva.
La enfermera me mira en silencio unos segundos, luego asiente con un leve suspiro.
—Te haré un análisis de sangre rápido, ¿sí? Será más confiable.
Mientras me extrae la sangre, mis pensamientos se mezclan con imágenes confusas. El calor de sus manos, su voz grave susurrándome al oído, la forma en que me miró antes de perderme entre sus brazos… ¿cómo es que todo eso fue real?
—Espera aquí, el resultado estará en unos minutos.
El silencio en la habitación se hace insoportable. Marina me toma la mano, intentando darme ánimo, pero ni siquiera ella parece convencida de que todo irá bien. Yo tampoco.
Al cabo de veinte minutos, la enfermera regresa con una hoja en la mano. Tiene la mirada seria, cautelosa.
—Rossi... estás embarazada. Lo confirma el examen.
El mundo deja de moverse. Todo se detiene, menos mis lágrimas.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Por los niveles hormonales, poco más de cinco semanas. Es reciente.
Me llevo las manos al rostro, el temblor en mis dedos es incontrolable. Marina me abraza con fuerza.
—Estoy aquí, no estás sola —susurra.
Pero sí lo estoy. Porque no tengo idea de cómo decirle al padre. Porque ni siquiera sé cómo enfrentar lo que se viene.
—Tendré que hacer un informe —continúa la enfermera—. Por el reglamento del programa de becas, debo notificar al decano. No es opcional.
—¿Qué? ¡No! —exclamo, sentándome bruscamente—. No puede hacer eso.
—Son las reglas, cariño. Yo solo sigo el protocolo.
Minutos después, recibo la citación del decano. Marina me acompaña hasta la puerta, pero debe esperar afuera. El corazón me late con fuerza. Entro sola.
El despacho del decano está cubierto de madera oscura, decorado con diplomas y reconocimientos. Él me observa desde su escritorio con una mezcla de incomodidad y firmeza.
—Señorita Rossi... tome asiento.
Obedezco en silencio, mirando mis manos entrelazadas.
—He recibido el informe de la enfermería. Entiendo que está usted en estado... ¿cierto?
—Sí —respondo con la voz quebrada.
Él se aclara la garganta antes de continuar.
—Lamento informarle que, debido a las políticas del instituto, ya no cumple con los requisitos para mantener la beca de excelencia. Nuestro programa exige dedicación completa, y en su condición actual...
—Pero... ¡yo puedo seguir! ¡Mi embarazo no afecta mis calificaciones!
—Lo entiendo, y sé que ha sido una estudiante brillante, pero las reglas son claras. Además, deberá abandonar las residencias de señoritas esta misma semana. No están diseñadas para estudiantes embarazadas.
Las lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas, y no puedo detenerlas.
—¿Qué voy a hacer? No tengo dinero... No tengo dónde quedarme.
—Lo lamento profundamente, Rossi. Créame, no me agrada tener esta conversación. Pero el reglamento no me deja otra opción. Tendrá que buscar alojamiento por su cuenta y cubrir el resto del semestre.
Me levanto tambaleando, la voz se me rompe mientras hablo.
—¿Sabe lo injusto que es esto? ¿Sabe lo que cuesta llegar hasta aquí? ¿Lo que he sacrificado?
Él no responde. Me mira con una lástima que me quema más que la indiferencia.
Salgo del despacho conteniendo un grito. Marina corre hacia mí en cuanto me ve.
—¿Qué pasó?
—Me quitaron la beca... tengo que irme de la residencia. No puedo pagar el semestre... ¡no tengo nada!
Marina me abraza con fuerza. La enfermera debió haberle contado.
—Lo resolveremos. Te juro que lo resolveremos.
—¡No lo entiendes! ¡Estoy sola! ¡No tengo familia que me apoye! ¡No tengo a nadie! —chillo entre lágrimas.
Saco mi teléfono y marco a mi madre. Una vez. Dos veces. Tres.
No responde.
—Marina... no me contesta. ¡Mi mamá no contesta!
Caigo al suelo, rota. Marina se arrodilla conmigo, y me sujeta fuerte.
—No estás sola, ¿me oyes? Vamos a buscar una solución. No importa cuánto cueste. Vamos a sacarte de esto.
Y aunque no tengo fuerzas para creerle, me aferro a su abrazo como única tabla de salvación en este naufragio que se ha vuelto mi vida.