No dejaba de sentirme extraña. No sabía si era el agotamiento, los nervios de los últimos días o simplemente mi mente negándose a aceptar todo lo que había sucedido. Desde la desaparición de Dester, mi mundo se había vuelto un torbellino. Se esfumó como un fantasma, y en su lugar, apareció esa rubia: perfecta, seductora, peligrosa. De pronto, ella era la nueva sombra que me perseguía en los pasillos, que ocupaba su lugar, que respiraba su mismo aire.
Yo, en cambio, caminaba entre ruinas. No sabía cómo seguir, pero fingía. Evitaba pensar en aquella noche, en ese instante robado con el desconocido. Solo fue una vez, solo un error. ¿Cierto?
Pero el cuerpo no miente.
El malestar comenzó esa misma semana. Náuseas matutinas. Mareos. El olor del café me revolvía el estómago. Una punzada de miedo me atravesó el pecho cuando vomité por tercera vez en dos días. Marina, mi mejor amiga, me observaba desde su cama con el ceño fruncido.
—¿Cuánto hace que no te baja? —preguntó con la seriedad de una doctora.
La miré en blanco. No tenía cabeza para pensar en fechas, en ciclos. Todo mi cuerpo estaba en caos. Solo atiné a sentarme y cubrirme el rostro con las manos.
—No lo sé... No me he fijado.
Ella no dijo nada más. Salió como un torbellino y volvió veinte minutos después con una bolsa.
—Toma. Al baño. Ya.
—¿Qué...? ¿Qué hiciste?
—Compré una prueba. Dos, por si acaso. Vas a hacértela y salimos de dudas.
Me arrastré al baño con el corazón en la garganta. No podía ser. No podía estar embarazada. Fue solo una noche, una vez. Cerré los ojos mientras esperaba los malditos minutos más largos de mi vida. Cuando finalmente miré la prueba, mis piernas flaquearon.
Positiva.
—¡¿Qué mierda...?! —murmuré con voz quebrada.
Marina golpeó la puerta al oírme.
—¿Salió...?
Abrí. Mi rostro lo dijo todo. Ella se quedó congelada unos segundos, luego me abrazó.
—Tranquila... Ya veremos qué hacer.
Pero ¿cómo tranquilizarme si ni siquiera sabía de quién era? No fue Dester. A él nunca le entregué mi cuerpo. Él no había sido mío. Solo quedaba una posibilidad. Un rostro que apenas recordaba con claridad, envuelto en sombras, con una voz grave que me erizaba la piel. El desconocido.
Y ahora estaba embarazada de él.
---
Pasaron tres días. El mundo giraba como si nada mientras el mío se venía abajo. Hoy nos darían el tema para nuestra tesis de grado, el trabajo que definiría nuestro futuro. Yo apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie, pero me vestí, me maquillé lo justo para cubrir mis ojeras, y fui con Marina a clase. Caminábamos en silencio. Ella no paraba de mirarme de reojo.
—Si te sientes mal, no tienes que entrar.
—No puedo. Esto es importante.
—Ya, pero estás... ya sabes, hormonal. Y sensible. No tienes por qué torturarte.
—Prefiero torturarme aquí que en casa.
Ella suspiró. Tomamos asiento en el aula principal. El profesor entró con una caja negra. Dentro estaban los sobres con los temas. Serían asignados al azar, como una ruleta macabra.
—Buenos días, futuros periodistas —dijo con tono irónico—. Hoy comenzarán el proyecto que marcará el cierre de su carrera. Elijan bien sus pasos, porque una investigación mediocre no será tolerada. El periodismo real se hace con agallas.
Uno a uno fuimos pasando. Marina sacó el suyo. Le tocó “Carteles de drogas del Caribe”. Hizo una mueca, pero asintió. Me tocó el turno. Me acerqué con las piernas temblorosas y tomé el sobre sin mirar. Volví a mi asiento y lo abrí.
"Los Heis: Crónica de la mafia más poderosa del país."
Mi corazón dio un vuelco. Tragando saliva, lo mostré en voz alta.
El profesor asintió, encendió el proyector y dijo:
—Perfecto. Ese será un buen reto. Vamos a ver la ficha general del cartel. Pongan atención.
La pantalla se iluminó. Primero apareció el símbolo del cartel: un fénix rojo con alas abiertas. Luego, imágenes de armas, dinero, barcos y sangre. Y después… la foto. El rostro.
Me congelé.
Era él.
Cabello oscuro, mirada helada, mandíbula marcada. La misma boca que me susurró aquella noche. El mismo cuerpo que me sostuvo contra la pared. El hombre que borró de mi memoria a cualquier otro.
—Manuel Heis —dijo el profesor—. El cabecilla. Dueño de imperios legales e ilegales. Narcotráfico, tráfico de armas, lavado de dinero. El hombre más influyente del país... y también el más peligroso.
Mi mundo se rompió en mil pedazos.
—No... —murmuré en voz baja, sintiendo cómo la sangre abandonaba mi rostro—. No puede ser él...
—¿Estás bien? —susurró Marina.
—Es él... Marina, es él. El desconocido... el padre de mi hijo.
Ella me miró sin entender. Yo solo podía mirar esa pantalla. Esa foto. Esa cara que ahora tenía nombre y apellido. Manuel Heis. No solo un desconocido.
El mismísimo demonio.
Y ahora llevaba a su hijo dentro de mí.