Cuando llegaron al lago, se sentaron a orillas de la playa. Isabel ya se había recuperado de la impresión que le había causado ver los instintos asesinos de Samuel, pero se sentía completamente irritada porque él no había aparecido en dos días y porque, cuando lo había hecho, lo había encontrado peleándose con Ezequiel como si fueran dos hombres primitivos. —¿No vas a hablarme? —preguntó el muchacho, al cabo de un rato. —Me parece que sos vos el que tiene que dar explicaciones ¿No creés? —había sonado como una novia celosa. No era capaz de describir su relación con Samuel: era tan cercana, tan dolorosa, tan imposible… —Te contaré todo, lo prometo… Pero vos debés prometerme que te irás a vivir con tu padre. —¿Y eso por qué? ¿Por qué vas a decirme qué es lo que tengo que hacer? —No seas

