Lucas y Erin pasan un divertido día juntos, después del salto en paracaídas, se fueron los tres a comer algo.
Tristan el amigo de Lucas es muy divertido, siempre haciendo bromas, es piloto como el hermano de Erin.
Al llegar en la noche Erin va directamente a su habitación, al entrar en esa casa, siente un gran peso.
Esa noche, Erin se encerró en su habitación, tratando de procesar lo que había aceptado. Se dejó caer sobre la cama y enterró el rostro en las manos, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban detrás de sus párpados.
Había soñado con muchas cosas a lo largo de su vida, graduarse de la academia militar, vestir el uniforme con orgullo, demostrarle al mundo que era tan capaz como sus hermanos. Pero nunca había soñado con un matrimonio arreglado, menos aún con un hombre al que no conocía.
Miró al techo, como si las respuestas estuvieran escritas ahí, pero lo único que encontró fue un vacío abrumador.
—¿Qué estoy haciendo? —susurró, con la voz quebrada.
La imagen de su madre, pálida y frágil, cruzó su mente. Ese recuerdo hizo que el nudo en su garganta se apretara aún más. Por mucho que deseara rebelarse, no podía ignorar el sacrificio que su madre decía estar haciendo.
Pero al mismo tiempo, una parte de ella no podía evitar preguntarse si todo aquello era real. Había algo en la forma en que Mariana había presentado la noticia, algo que no terminaba de encajar.
Se levantó de la cama y se acercó al espejo. La mujer que le devolvía la mirada parecía agotada, derrotada. Erin apretó los puños, intentando recordar quién era realmente.
—No estoy lista para esto —se dijo a sí misma, casi como un mantra.
Se dirigió al escritorio y tomó un cuaderno. Abrió una página en blanco y comenzó a escribir, derramando en palabras todo lo que sentía,
"No quiero este matrimonio. No quiero rendirme a los deseos de otros solo porque soy la hija menor. No quiero traicionar mis sueños. Pero, ¿cómo puedo ignorar el sufrimiento de mi madre? ¿Cómo puedo cargar con la culpa de no hacer lo que me pide cuando dice que es lo único que la hará feliz?"
Las palabras se acumulaban rápidamente, como si con cada frase se quitara un peso del pecho.
Cuando terminó, cerró el cuaderno y lo guardó en el fondo del cajón. Era su pequeño acto de rebeldía, un recordatorio de que, aunque estuviera dispuesta a cumplir con el deseo de su madre, su verdadero yo seguía ahí, luchando por no desaparecer.
Se sentó en la cama, abrazándose las rodillas, y dejó que las lágrimas fluyeran libremente. Porque aunque había tomado una decisión, su corazón seguía dividido entre el deber y el deseo.
La casa de los Linares se llenó de actividad en los días siguientes. Mariana se encargó personalmente de cada detalle de los preparativos para la boda, mientras Erin caminaba por la casa como una sombra, atrapada en un torbellino de emociones.
Las visitas constantes de diseñadores, floristas y el padre Montesano para cerrar los acuerdos solo añadían más presión a la situación. Erin sentía que su vida se deslizaba fuera de su control, como si cada decisión ya estuviera tomada antes de que ella pudiera opinar.
Una tarde, mientras revisaban las telas para el vestido, Mariana la observó en silencio.
—Pareces distante, hija —comentó con aparente preocupación.
Erin apretó los labios y forzó una sonrisa.
—Estoy... procesando todo esto, mamá.
Mariana le tomó la mano y la apretó suavemente.
—Lo sé, cariño. Pero recuerda que esto no es solo una boda. Es un paso hacia un futuro seguro y feliz. Marcos es un hombre maravilloso, y estoy segura de que, con el tiempo, aprenderán a quererse.---
Erin no respondió. Había escuchado esa frase tantas veces que se había convertido en un eco vacío en su mente.
El día que conoció a Marcos Montesano fue una sorpresa para Erin. No había esperado que él aceptara una reunión antes de la boda, pero Mariana insistió en que era necesario.
El encuentro fue organizado en el salón principal de la casa. Marcos llegó puntual, vestido impecablemente con un traje gris y una expresión seria que apenas dejaba entrever alguna emoción.
—Marcos, te presento a mi hija, Erin —dijo Mariana, con una sonrisa que intentaba ocultar su tensión.
Marcos extendió la mano y Erin la estrechó, observándolo con curiosidad. Era un hombre atractivo, de cabello oscuro y ojos marrones que parecían siempre atentos, pero su expresión era fría, distante.
—Un placer conocerte, Erin —dijo con voz grave.
—Igualmente, Marcos.--- respondió Erin
Mariana los dejó a solas en la sala, bajo el pretexto de traer té. El silencio entre ellos era incómodo, casi opresivo. Erin decidió romperlo.
—Supongo que no estás muy entusiasmado con esto —dijo, con una media sonrisa que no alcanzó sus ojos.
Marcos la miró con sorpresa, pero pronto esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Se nota mucho?, ---
Erin soltó una risa corta, más de incredulidad que de diversión.
—No creo que ninguno de los dos quiera estar aquí.--- respondió Erin con sinceridad
Marcos asintió, mirando hacia la ventana.
—No, pero nuestras familias tienen expectativas, ¿no?---
Erin lo observó con más atención. Había algo en su tono que sugería resignación, pero también un dejo de amargura.
—¿Qué harías si pudieras elegir? —preguntó, de repente.
Marcos la miró fijamente, como si esa pregunta le hubiera golpeado más fuerte de lo que esperaba.
—No lo sé. Supongo que haría lo que tú estás haciendo ahora, firmar los papeles y seguir adelante.---
Erin sintió un nudo en el estómago. Había esperado encontrar en él algún tipo de apoyo, un aliado en esta situación, pero parecía tan atrapado como ella.
Cuando Mariana regresó con el té, encontró a los dos jóvenes sentados en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Esa noche, Erin se sentó en el borde de su cama, sosteniendo el vestido blanco que le habían entregado para los ajustes finales. Era hermoso, de tela ligera y encaje delicado, pero para ella representaba una prisión.
Miró su reflejo en el espejo, tratando de imaginarse a sí misma caminando hacia un altar, comprometiéndose a una vida que no había elegido. Pero en lugar de sentir emoción o felicidad, solo sentía un vacío.
Lo estoy haciendo por mamá, se recordó a sí misma, como si repetirlo bastara para justificar su decisión. Pero en el fondo, sabía que el verdadero sacrificio era el de sus sueños.
Con un suspiro profundo, se recostó en la cama y cerró los ojos, tratando de ignorar el peso en su pecho. La boda estaba a días de distancia, y el tiempo parecía deslizarse entre sus dedos como arena.
Lisandro observaba a su hija, ya no era ese torbellino de alegría, su risa no resonaba en la casa, en su mente piensa una y otra vez si esta haciendo lo correcto en permitir esa boda.
Mariana en cambio esta emocionada, con cada detalle de la boda, revisa en su agenda, los pendientes, ella se encargo de todas las decisiones, ya que Erin no quiso participar y Marcos con la excusa de la empresa, no fue a ninguna cita con la agencia de bodas.
Esteban y Lucas observan en silencio hasta que Tristan es quien habla.
--- Oye Lucas, parece que la que se casa es tu madre y no la pequeña revoltosa, --- dice Tristan, saliendo al jardín.
ve a Erin en el viejo columpio.
--- oye revoltosa, quieres que el día de la boda aparezca en un helicóptero y te ayude a escapar, --- dice Tristan
Erin lo mira con una sonrisa, --- no, me des ideas porque soy capaz de aceptar tu ayuda y fugarme, ---
En ese momento la risa de Erin era genuina, Tristan el loco amigo de su hermano, que para ella era otro hermano más, era quien la hacía reír.