CAPÍTULO OCHO

1105 Palabras
—Hoy saldremos al bosque del cerezo—hablo uno de los hombres que se encargaban de la seguridad de la primera princesa —La primera princesa se lo solicitó ayer al rey y él accedió así que alístense— ordenó y luego se alejó. Sabrina asintió, se alistó y cuando estuvo lista tomó su arco y flechas y se dirigió a la habitación de la primera princesa. Iba a escoltarla todo el camino hasta el bosque del cerezo y lo que más le agradaba de eso era que le vería el rostro en todo momento. La primera princesa comenzó a caminar y todo su séquito caminó detrás de ella. Sabrina se encargó de asechar cualquier peligro que pusiera en riesgo la seguridad de la primera princesa. Emprendieron su viaje. El lugar la que fueron era hermoso. Sabrina no había ido ahí nunca ya que la entrada era prohibida, era propiedad del rey y la entrada a desconocidos estaba prohibida. Sabrina alguna vez quiso conocer lo que había ahí, pero solo fue algo pasajero. Una vez estando ahí la primera princesa fue a la pequeña casita que ahí se encontraba y una de sus criadas le ofreció té. Los soldados se dispersaron por el lugar y Sabrina se quedó cerca para custodiarla. —Acércate— ordenó la princesa a Sabrina. La chica dejó su posición y caminó hasta quedar frente a la princesa. Hizo una reverencia —¿Que desea, su majestad?— cuestionó ella. —Ven y siéntate a mi lado— la princesa la miró y sonrió. Sabrina asintió y fue a sentarse a una distancia considerable —No muerdo— dijo al ver que Sabrina se había sentado más lejos de lo que creyó —Siéntate aquí— tocó el lugar con la palma de su mano. —¿Cómo podría?— Sabrina miró a la princesa con nerviosismo —Eso sería una ofensa para usted, solo soy un simple lacayo que no podría nunca siquiera mirarla a los ojos. —Ya entiendo, no importa— dio un sorbo a su té —Solo necesito un rato de tu compañía. Sabrina asintió y guardó silencio. No quería incomodar a la princesa, pero la que estaba incómoda era ella. —¿Por qué te uniste al ejercito de mi padre? Sabrina volteó a ver a la princesa —Hem— habló un poco nerviosa —Quería ser como mi padre. —¿Cómo era tu padre? Cuéntame más de ti. —Mi madre siempre decía que él era un caballero muy fuerte. También decía que yo me parecía mucho a él— sonrió. —Ya veo— susurró. —Tú ¿Quieres ser mi amiga?— preguntó dudosa. —¿Cómo? ¿Yo? ¿Amiga de la princesa? —Si— miró al suelo —Mi padre nunca quiso que yo tuviera amigas así que no sé cómo preguntar. —Por supuesto— Sabrina sonrió —No le negaría jamás algo a una mujer tan bella como lo es la primera princesa. —Eliza, ese es mi nombre— la princesa la miró —Tu eres Sabrina, la chica Fenix ¿No es así? —Solo Sabrina. La chica Fenix está de más— Sabrina se puso de pie y se acercó más a Eliza. —Entonces ¿ahora somos amigas? —Si. Eso hizo sacar una sonrisa a Eliza, la primera sonrisa de verdad que Sabrina había visto en el rostro de la chica. (...) El día finalizó. Eliza y Sabrina volvieron al palacio. Eliza volvió a su alcoba y Sabrina regresó a la casa. Un soldado se puso al frente de ella e impidió que ella siguiera caminado —El rey desea hablar contigo— dijo él. —Sígueme— dio media vuelta y la guió hasta la alcoba del rey. Sabrina solo lo siguió y caminó detrás de él hasta llegar. Una vez estando ahí el guardia que custodiaba la puerta la anunció y entró a la habitación. —¿Me mando llamar, su alteza?— la chica hizo una reverencia ante el rey. —¿Que es lo que necesita de mi? —Me he enterado por medio de mis hombres que tú y mi hija charlaron— El rey se encontraba sentado en una silla junto al balcón, sosteniendo una copa de vino en su mano derecha —¿De qué hablaron? —Nada nuevo, solo preguntó el por qué entre al ejército de su padre. Yo conteste a su pregunta y solo eso— la chica no podía decir que Eliza había pedido que fueran amigas ya que su padre lo había p*******o. —¿Por que sonrió?— el rey miró intimidante a la chica —Mi hija jamás había estado así de feliz desde que su madre murió. —La princesa ordenó que no contara a nadie lo que hablamos después. No puedo desobedecer las órdenes de la princesa. —¿Incluso a tu rey?— Sabrina asintió —No importa cómo haya sido. Esta es una orden de tu rey y tienes que cumplirla— se puso de pie y se acercó a la chica —Quiero que a partir de ahora veles por ver una sonrisa verdadera en el rostro de mi hija. —Si— Sabrina asintió y en el fondo agradeció la orden de su rey. —Se que ella no ha sonreído desde que su madre murió, pero contigo es diferente así que tú tienes que hacer lo necesario para que ella siempre esté feliz. Sabrina asintió y luego se retiró. Volvió a la casa y fue directo a su habitación. Emily ya estaba durmiendo cuando Sabrina entró, entonces sin hacer ruido fue hasta su cama y se aventó a dormir. Volvió a su verdadera forma, cerró los ojos y durmió profundamente hasta que el nuevo amanecer llegó. Muy temprano en la mañana Sabrina se despertó, antes de que la encargada las levantara, tomó su forma y fue a alistarse para poder ir a su puesto de trabajo. Ahora que tenía el consentimiento del rey podía hacer cosas que antes no, como darle pequeños obsequios, tener largas charlas e incluso tocar su rostro. La encargada entró a la habitación, Sabrina ya estaba lista así que, apuradamente corrió hasta el baño y tomó una ducha rápidamente. Cuando termino se colocó su armadura y fue casi corriendo hasta el palacio en donde la princesa ya la esperaba. —Buen día, madmuacel— Sabrina hizo una pequeña reverencia ante la princesa. —Buen día para ti también— la princesa sonrió alegre y entonces Sabrina se dio cuenta que hacía bien su trabajo.
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