CAPÍTULO VEINTE

1163 Palabras
—Gracias por todo, padre— susurró la chica mientras clavaba su espada sobre la tierra —Por favor cuida de mi hermano y de mí desde el otro mundo. Las lágrimas, que se habían formado en sus ojos, fueron liberadas y el llanto la inundó. La chica iba a extrañar a su padre, sentiría el vacío que él dejó y extrañaría los hermosos momentos que había tenido a su lado. —¿Lista?— preguntó el chico mayor a la princesa —Es hora de irnos. Nuestros padres deben estar preocupados ahora. —Si— ella asintió y luego se levantó del suelo, en el que se encontraba al lado de la tumba de su padre —Ya debo ir a cumplir mi misión— sonrió ligeramente y luego entro al palacio para recoger a su hermano y alistar las cosas que llevaría con ella. Cuando terminó de tomar todo lo que seguramente ocuparía estando en el reino vecino , salió de la habitación, con el arco que su padre le había obsequiado en su espalda, con su hermano en brazos y con su mejor vestido, el cual hacía resaltar en todo momento que ella pertenencia a la realeza. —Listo— dijo en cuanto llegó con los dos chicos que la escoltarían hacía el reino que aún desconocía. El mayor la examinó y negó con la cabeza —No puedes ir vestida así— se acercó a ella —Si los demás te ven con esas ropas finas sabrán quién eres y créeme que no dudarás ni un segundo, aparte de que los bandidos podrán emboscarnos y te llevarán de carnada al verte en esas condiciones— la tomó del brazo y la hizo regresar —No arriesgaré a una princesa, así que hazme caso y ponte algo menos llamativo. —¿Que cosa? No tengo más que vestidos de este estilo. —Podría conseguirte algo que las sirvientas usaban, pero dudo que una princesa acceda a usarlo. —Aunque mi padre me obsequió algo que creo no llamará la atención— entro a su habitación, pero antes entregó al bebé para que ella pudiera cambiarse rápidamente. Luego de un rato volvió a salir, ahora vestida con unos pantalones cafés y una camisa blanca y en lugar de zapatillas tenía puestas unas botas que le quedaban perfectas, aunque él colgante precioso que traía puesto la ponía al d*********o. —Mucho mejor— dijo el muchacho, se acercó a ella y se lo quitó —Pero esto te pondrá en peligro también— lo tardo en su bolsillo y le devolvió al bebé —Ahora si ya no hay más inconvenientes, vámonos— se giró y comenzó a caminar —Nos espera un largo viaje de vuelta. Los dos restantes, el otro chico y Sabrina, lo siguieron por detrás y así, comenzó su largo viaje. (…) Los minutos se convirtieron en horas y las horas en días. Sabrina estaba aburrida ya del largo viaje que habían comenzado hacía cuatro días. El cansancio se notaba en si semblante y que decir del insoportable dolor que sus pies tenían. Claro que hacían paradas, tenían que comer u descansar, pero Sabrina no estaba acostumbrada ese tipo de vida. Ella siempre vivió de las comodidades que la realeza le ofreció y nunca tuvo que caminar sin descanso ya que siempre tuvo a quienes la llevaban de un lado a otro. —Estoy aburrida— se dejó caer al suelo y ahí permaneció —Estoy exhausta y hambrienta— se cruzó de brazos —Dudo que pueda seguir. Al ritmo que vamos moriré en cualquier momento. Los dos chicos se frenaron, uno de ellos cargaba al pequeño bebé en su espalda y el otro llevaba el charco y flechas de la chica. —Andando— alegó el mayor —Ya nos has retrasado demasiado. Si seguimos así probablemente lleguemos el lunes por la noche. —¿Que?— la chica estaba sorprendida. En serio que el mundo era inmenso y ella solo conocía el reino mágico. —Lo que oíste, así que anda. —Me niego— volvió a cruzarse de brazos y esta vez, sin intención de seguir. —No me dejarás opción— el mayor se acercó a ella y la removió del lugar en el que se había acomodado —Si estás indispuesta yo te llevaré— la cargo en su espalda y continuó su camino. —No de esta forma, es incómodo— Sabrina forcejeo para que el muchacho la bajara —Prefiero caminar. —Entonces hazlo— el chico la bajo —Pero apresura tu paso, ya que está anocheciendo y debemos encontrar un lugar seguro para pasar la noche. —Si— Sabrina susurro y caminó, un poco más rápido que al inicio. Continuaron su viaje y cuando las estrellas y la oscuridad se apoderaron del cielo no tuvieron otra opción más que detenerse y pasar la noche en un lugar para protegerse del peligro. El mejor hizo una fogata para cocinar lo que el mayor había cazado. Mientras que Sabrina cuidaba a su pequeño hermano. Una vez la cena estuvo lista, todos comieron y al concluir decidieron quedarse un rato más al lado de la fogata, para admirar el cielo estrellado. —Olvide preguntar ¿Por que motivó fueron al reino mágico?— preguntó Sabrina al mayor, ya que el menor había sido derrotado por el sueño y decidió descansar. —Mi padre nos dijo que en tu reino había alguien que iba a ayudarnos a liberar a nuestro pueblo de la esclavitud. Mi hermano y yo decidimos en venir por aquel que portaba la sangre del Fenix para que nos ayudara, pero una vez pusimos un pie dentro del reino, quedamos presos por haber entrado. —¿Esa persona soy yo? —Tu poder viene del Fenix, lo dijiste la última vez— el chico la miró —Entonces supongo que si. —Mi padre solía decir que mi hermano y yo debíamos cumplir la misión por la cual habíamos nacido. Esa era el mantener el orden y La Paz entre los reinos— miró hacia el cielo —Antes de que muriera me ordenó liberar a nuestro pueblo del enemigo. —Tal vez es el destino el que nos puso en el camino— el chico miró a Sabrina y luego miró en la misma dirección que ella —yo fui quien te llevó hacia nuestro pueblo y tú te encargarás de liberarlo. —Yo no creo que pueda hacerlo— susurró —Mi magia no es del todo buena y no quiero lastimar a nadie con ella. —No temas con lo que pueda pasar. El todopoderoso té guiará por un buen camino y te iluminará para que cumplas esa misión. —Si— susurró sin despegar la vista del cielo —Mi padre nos cuida desde el otro mundo. Él está presente aquí y no permitirá que nada malo nos pase— sonrió —Lo prometió.
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