CAPÍTULO DIEZ

1183 Palabras
La felicidad irradiaba en el rostro de Eliza. El día que más había esperado estaba por llegar. Al fin sería mayor, aunque eso solo significaba una cosa. El matrimonio entre ella y el príncipe heredero del reino del pino estaba por consumarse. —Princesa— habló la criada, misma que la había ayudado a cambiarse —Su guardia ya se encuentra aquí. Una sonrisa apareció en el rostro de Eliza. Se puso de pie y caminó hasta la puerta, espero a que los soldados abrieran y cuando lo hicieron la hermosa chica salió casi corriendo. —Buenos días, bella dama— Sabrina saludo tomando la mano de la princesa y depositando un pequeño beso en la misma. —Buenos días para ti también— Eliza sonrió feliz. Sabrina siempre sabía cómo sacarle una sonrisa a Eliza. Sabía muy bien cómo hacer que la chica se sintiera cómoda con ella y también sabía cómo agradarle. Ambas chicas comenzaron a caminar por el enorme corredor, el cual tenía pinturas de todos los miembros de la realeza. Cuando llegaron al salón esperaron un poco a que el soldado las anunciara, ya era hora de la presentación de la hermosa princesa a los demás reinos. —Su alteza real, la princesa Eliza de Mund. Eliza comenzó a bajar las escaleras, todos los presentes la miraron, las mujeres examinaban sus ropas finas, también la forma de caminar y moverse. La princesa tenía que estar presentable y actuar acorde a la ocasión. En cambio los hombres sólo admiraban la belleza natural de la chica. Sabrina caminó detrás de ella, vigilando en cada momento a la chica. Sin despegar su mirada de ella, asechando la más mínima cosa que la pusiera en peligro. Eliza se acercó a saludar a su madre y a las mujeres que la rodeaban. Después caminó hasta el lugar que se le había ordenado ir una vez estando ahí. La chica tenía que permanecer sentada ahí hasta que el rey llegara y anunciara que su hija era mayor y qué pronto se casaría con el príncipe del reino del pino. Sabrina se puso a un lado de ella y se mantuvo alerta. Los Siguientes en ser anunciados fueron los del reino del pino —Su alteza real, el príncipe heredero Bagrat de Champbell y su majestad, el rey Gianni de Champbell del reino del pino. Los mencionados comenzaron a bajar las escaleras y todos los miraron, examinado cada movimiento y cada hilo de sus costosas ropas de ceda. Después llegaron los del olivo —Su alteza real, la princesa Aurore de Davies y su majestad, la reina Blair de Davies del reino del olivo— las dos mujeres comenzaron a bajar las escaleras, manteniendo en todo momento la postura adecuada y una sonrisa en sus labios, las ropas que portaban eran casi del mismo color y se les veían un poco justas, pero eso hacía resaltar su hermosa figura. Luego llegaron los dos príncipes faltantes del reino del cerezo, acompañados de su respectivo guardia real. —Su alteza real, el príncipe heredero Youssef de Mund y su alteza real, la princesa Felicity de Mund. Los dos hermanos bajaron las escaleras, acompañados por sus guardias. Sabrina miró a su hermano y sonrió, se veía feliz por alguna razón y no tardaría mucho tiempo en saber. Finalmente llegó el hombre más esperado —Su majestad, El rey Bernat de Mund, del reino del cerezo— el hombre lo anunció y el rey comenzó a bajar las escaleras, robando la atención de todos los presentes, en especial la de su amada reina. Caminó hasta posicionarse al lado de su adorada hija y se sentó en el trono que le pertenecía. Dejó que sus invitados disfrutarán del banquete y de la música que sonaba por todo el gran salón. —¿Te diviertes?— preguntó el padre a su hija. Eliza lo miró y dio una sonrisa forzada —Por supuesto, me alegra que tanta gente haya venido a mi fiesta de presentación— dijo y giró su vista de nuevo al frente. Este no era como sus cumpleaños anteriores, ninguna de esas personas habían estado en sus cumpleaños anteriores, ver a tanta gente reunida hacia qué la chica se sintiera incómoda. Por suerte tenía a Sabría a su lado, ella la reconfortaba y le gustaba que la mujer la protegiera y la halagara con sus saludos de buenos días y buenas noches. Después de un largo rato el rey pidió que la música cesara y que todos los presentes le prestaran su total atención. —Mis amados súbditos— comenzó con su discurso —El día de hoy es un día especial colts ti para mi hija como para el reino del cerezo. Hoy mi amada hija se ha convertido en mayor y es momento de presentarla al mundo— el rey se giró y estiró la mano, Eliza la tomó y se puso de pie. —Está es Eliza de Mund, primera hija del rey del reino del cerezo. Todos los presentes aplaudieron y Eliza solo se dedicó a dar sonrisas falsas. —Bueno— habló el rey del reino del pino —No estaríamos aquí a no ser por esta preciosidad— miró a Eliza —Así que hemos traído regalos para ella— hablo y en seguida unos cuantos criados entraron con enormes cajas llenas de ropas finas y joyas. —Nosotros también trajimos regalos— dijo la reina del reino del olivo. De igual forma, los criados entraron con las cajas, las cuales también contenían vestidos caros y joyas. Eso no era lo que Eliza deseaba, ella quería un regalo que fuera de lo profundo del corazón y que de verdad desearan regalárselo, no como esas mujeres del reino del olivo. La celebración continuó, el aburrimiento se veía en la cara de la princesa. Todo el día se la había pasado sentada y agradeciendo los regalos y felicitaciones que la gente del reino le había dado. Sabrina se agachó a la altura del oído de Eliza —Ven conmigo— susurró. Eliza miró a Sabrina —No es correcto— susurró ella también. —Vamos, nadie está mirando— volvió a susurrar. Eliza se puso de pie y luego ambas chicas corrieron hasta la puerta sin que nadie las mirara. Una sonrisa se formó en el rostro de Eliza y Sabrina también sonrió. Se alejaron de ahí y Sabrina llevó a Eliza hasta el enorme lago del jardín del palacio, una vez estando ahí Sabrina sacó el obsequio de dentro de su bolsa y se lo entregó —Toma, es mi regalo de cumpleaños— estiró su mano y Eliza los tomó —Se que no son los mejores pendientes que pudieron haberte regalado, pero son un tesoro para mi, te lo entregó para que los cuides por mi— Sabrina la miró directo a los ojos y sonrió. —Son muy lindos, ten por seguro que los cuidare muy bien— Eliza también sonrió. El tesoro de silguen era muy valioso, no podía regalarlo así como así. Eliza decidió conservarlos y cuidarlos muy bien.
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