Lily abrió los ojos antes de que sonara la alarma. Se sentía ligera, con una energía rara que le vibraba bajo la piel, como si su cuerpo necesitará moverse, correr, saltar algo que estuvo acumulando toda la semana.
Preparó su ropa con calma: una camiseta fresca, shorts deportivos y sus tenis de correr. Dejó todo listo sobre la cama y fue a darse un baño rápido. Cuando bajó, todavía ajustándose la coleta, no esperaba la escena que apareció frente a ella.
James y Caroline estaban en la cocina, en un beso tan apasionado que Lily casi dio media vuelta para regresar a su cuarto. El padre de Lily tenía las manos debajo de la camisa de Caroline, avanzando peligrosamente hacia arriba.
Lily carraspeó.
—Es un poco incómodo, pero… buenos días.
Ambos se separaron de inmediato, sobresaltados como adolescentes atrapados por la mamá de alguno.
—Hola, Lily —respondió Caroline, intentando recomponer su voz—. ¿Cómo dormiste?
—Muy bien —dijo ella con un pequeño silencio para cambiar el ambiente —. Listo para correr.
—Claro que sí, porque hoy no pienso detenerme para esperarte.
—¿No nos acompañas? —preguntó Lily a Caroline.
—Oh, no, cariño —rió ella—. Yo hago ejercicio, pero correr no es lo mío.
—Entonces nos vamos —anunció James, dándole un beso rápido a Caroline antes de tomar sus llaves—. Vamos al Gran Parque.
Caroline le devolvió el beso, luego le dio un abrazo a Lily.
Ella lo aceptó con torpeza.
—Diviértanse —dijo la mujer con una sonrisa cálida.
En el auto pusieron música suave, dejando que llenara el silencio el resto del camino.
El Gran Parque estaba tan concurrido como siempre a esa hora, pero lograron encontrar estacionamiento. Ambos hicieron estiramientos, comentando cosas sin importancia, antes de empezar a correr.
Primero un trote suave.
Luego un ritmo más rápido.
Después pequeñas competencias improvisadas que terminaban en risas o quejas fingidas de lesiones.
Dos horas después estaban exhaustos.
Compraron agua en una tienda cercana, dejando que la brisa les enfriara el sudor mientras caminaban por los locales de los alrededores.
—¿Cómo va la Universidad? —preguntó James, como padre intentando entablar conversaciones.
—Bien —respondió Lily—. Todo en orden.
—¿Y tú? ¿Cómo estás… realmente?
Ella mordió su labio, pensando.
—Mejor. La salida con las chicas y todo lo de ayer… Fue realmente divertido.
Él sonrió, relajándose un poco.
James le pasó un brazo por los hombros, dándole ese abrazo lateral que siempre la hacía sentir protegida.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? Siempre voy a estar aquí para ti.
—Lo sé —respondió Lily, sonriendo suave—. Gracias, papá.
Se separaron cuando Lily se detuvo en seco.
—Mira… —susurró.
Era una veterinaria con un ventanal enorme, iluminado con luces cálidas. Dentro, varios cachorros dormían, jugaban o rodaban torpemente entre sí.
Sus ojos se quedaron fijos en un bichón maltés blanco, tan diminuto que parecía un peluche.
—Qué lindos… —murmuró, acercando una mano al vidrio.
—Ese te gusta —dijo su padre, señalando al diminuto cachorro—. De niña querías uno igual. ¿Te acuerdas?
Lily asintió, sin despegar los ojos del cachorro.
—Sí, pero… un perro demanda tiempo. Y yo…
—Podrías necesitar uno —la interrumpió él—. Te haría bien. Algo que cuide de ti… aunque sea pequeñito.
Ella soltó un aire entre risa y duda.
—Papá…
—Voy a preguntar —dijo él, decidido.
—Papá, no— Pero él ya estaba empujando la puerta.
Lily prefirió quedarse fuera observandolos.
Dentro de la veterinaria
Una joven con gafete que decía Clare lo recibió con una sonrisa profesional.
—Bienvenido a Mundo Mascota, señor. ¿En qué puedo ayudarle?
—Quisiera saber más del bichón maltés —respondió James.
Clare prácticamente brilló explicando cuidados, alimentación, temperamento, lo llevó hasta una sección con folletos sobre animales.
Mientras tanto, Lily seguía mirando a través del vidrio…
En el mostrador, un chico discutía con el veterinario.
—¿Es en serio todo esto por una rata? —reclamó Sergei, levantando la hoja de cuidados.
—Le recuerdo que no es una rata, es una Pomerania —respondió el veterinario con paciencia tensa—. Son perros delicados.
—Es una rata —insistió Sergei, señalando a Alek, que sostenía al perro como si fuera un bebé.
—Vamos, hermano. Paga. Mamá no quiere a Candy aquí —dijo Alek, acariciando al pequeño Pomerania, que ladró en protesta.
Fue entonces cuando Alek vio fuera de la tienda a Lily detrás del ventanal.
Su rostro se iluminó y caminó hacia afuera.
—¿Alek? —dijo ella, sorprendida.
—Hola, Lily —respondió él, sonriendo.
Candy ladró otra vez, emocionada.
—Qué linda perrita…
—Se llama Candy. Es de mi mamá. Está aquí porque estaba enferma.
Lily se inclinó para acariciar al animal, que movía la cola con entusiasmo.
Sergei giró la cabeza y se dio cuenta de que Alek ya no estaba. Miró alrededor de la tienda. Nada. Sólo había un hombre con una asesora y una mujer viendo correa para perros.
Miró hacia el ventanal… y aunque el vidrio estaba cubierto de letras, al ver el cabello y la figura femenina afuera, lo supo.
—Esas piernas y ese trasero lo conozco —murmuró muy bajo.
El veterinario le entregó la factura y los medicamentos.
—Aquí tiene, estos son los horarios y dosis.
—Cárgalo a esta tarjeta —respondió Sergei, sin dejar de mirar por la ventana—. Ya regreso.
La campanilla sonó de nuevo cuando salió. Lily se incorporó justo a tiempo para verlo. El aire parecía ponerse tenso por un segundo, como si el mundo contuviera la respiración.
No hubo saludo, sólo una mirada. Alek observó a ambos… y soltó una risa breve.
—Se dice buenos días o hola cuando ves a alguien.
Hubo un pequeño silencio antes de que Sergei hablara.
—Lily…
Ella respiró breve, sin saber por qué le temblaba un poco la voz.
—Hola, Sergei.
Por alguna razón, era incómodo. Un tipo de incomodidad densa, inesperada. No era lo mismo encontrarse en el campus donde todo parecía tener un orden. Aquí, en mitad de una veterinaria, la realidad se sentía demasiado… personal.
Candy ladró, emocionada por la atención, y Lily volvió a inclinarse para acariciarla.
Ese gesto fue lo único que rompió el clima extraño.
—Está mejor, ¿verdad? —preguntó Lily, observando a Alek y a la perrita con una venda rosada en la patita.
—Sí, ya le dieron de alta —respondió él, casi orgulloso—. Mamá casi se muere de tristeza cuando se enfermó. Sergei piensa que es una rata con pelo.
Sergei resopló, cruzándose de brazos.
—Es una rata con pelo.
Lily lo miró de reojo y él también la miró.
Pero ella no logró sostenerle la mirada ni un segundo entero. Algo le apretó el pecho cuando lo intentó.
Alek levantó las cejas como si viera un documental de animales raros.
—Bueno, ¿y tú qué haces aquí, Lily? —preguntó, intentando cortar la tensión.
—Vine con mi papá —respondió ella—. Salimos a correr y nos detuvimos a ver a los cachorros.
—¿Quieres un perro? —Alek sonrió como si la idea fuera perfecta—. ¡Deberías! Te verías hermosa con uno pequeño. Así podría ir a tu casa a jugar con él.
Sergei frunció el ceño apenas. La frase no le gustó nada.
—Sería lindo tener uno —dijo Lily—, pero requieren muchos cuidados.
—Sí, pero mira ese —Alek señaló al bichón maltés—. Está enamorado de ti.
Lily sonrió, bajando la mirada cuando el cachorrito ladeó la cabeza como si realmente la reconociera.
Fue entonces cuando Sergei dio un paso hacia ella. Un paso demasiado calculado.
Ella sintió su presencia antes de verlo. Su sombra. Su calor. Sergei la observó… de arriba a abajo. Sin demasiada discreción.
Las piernas de Lily, aún tensas por la corrida.
El short deportivo.
Los zapatos deportivos.
El mechón de cabello rebelde cerca de la mejilla.
«Sí… esas piernas. Firmes. Perfectas. Tiene sentido porque tiene hasta el culo firme.»
Sin pensarlo demasiado, él alzó la mano. Le apartó el mechón del cabello que caía sobre su mejilla.
El toque fue leve… pero Lily sintió que el corazón se le descontrolaba un segundo. Se quedó congelada. Sorprendida. Y lo peor: no se alejó.
Sergei tampoco retrocedió.
La miró como si algo estuviera decidiéndose dentro de él.
La puerta de la veterinaria volvió a sonar. James salió, con un par de folletos en la mano y una expresión que cambió apenas vio la escena:
Su hija y ese chico. Demasiado cerca. El ambiente se tensó de inmediato.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó James, pero su tono tenía filo. No era celos ni furia. Estaba alerta.
Lily dio un paso atrás casi al instante.
—Sí papá —respondió, intentando no sonar culpable. —El es Sergei mi compañero de la Universidad y el es Alek su hermano.
Alek levantó la mano como si saludara a un policía que lo ha detenido.
—Buenos días, señor Simmons—dijo, nervioso.
Sergei no se movió. No retrocedió. Solo inclinó la cabeza, respetuoso, aunque su postura era firme.
—Señor.
Los ojos de James pasaron de su hija a Sergei y de vuelta a Lily. No dijo nada, pero el mensaje era claro: Lo vi. Y lo voy a recordar.
—¿Nos vamos? —preguntó James.
Lily asintió, acariciando por última vez a Candy.
—Chao, Lily —dijo Alek, sonriendo como si acabara de presenciar el capítulo dramático de una novela.
Sergei se quedó mirando hasta que ella se dio vuelta para irse. Y cuando James pasó frente a él, no se apartó del camino.
James sostuvo su mirada. Sergei no parpadeó.
—Nos vemos Lily. —Dijo Sergei.
Lily volvió por instinto y él le dio una media sonrisa. James se detuvo.
—Papá… ya vámonos —murmuró Lily, tocando su brazo.
James no dejó de mirar a Sergei hasta el último segundo. Luego, finalmente, dio media vuelta hacia su hija.
Mientras caminaban hacia el auto, Lily sintió el peso del silencio entre ambos. James abrió la puerta, dejando que ella subiera, pero cuando él entró, exhaló hondo.
—No me gusta ese muchacho —dijo finalmente—. Para nada.
Lily bajó la mirada, incómoda.
—No pasó nada.
—No tiene que pasar para que yo vea lo suficiente —respondió James mientras cerraba su puerta—. Ese tipo… no es un simple compañero de universidad.
Mientras el auto se ponía en marcha, Lily miró por la ventana. Alek agitaba la mano, despidiéndose alegremente.
Sergei solo observaba. Las manos en los bolsillos. La postura firme. La mirada fija en ella.
Aunque James ya no lo veía… él sí seguía mirándola.
Ese detalle le revolvió el pecho sin entender por qué.
Alek observó cómo Lily se alejaba con su padre en el auto, giró hacia su hermano.
Lo entendió todo con una simple mirada.
El modo en que Sergei había tensado la mandíbula y la forma en que la había seguido con la vista, hasta el mechón de cabello que le había apartado. Ese silencio extraño que solo aparece cuando a alguien le importa demasiado.
«Le gusta», pensó Alek «Y no solo un poco. Mucho»
—¿Por qué no sales con ella? —preguntó Alek con la inocencia brutal que lo caracterizaba—. Se nota que te agrada un montón.
Sergei lo miró como si acabara de decir la estupidez más grande del planeta… y a la vez como si no pudiera negarla.
—Hay que ir despacio —respondió finalmente.
—¿Despacio? ¿Tú? —Alek soltó una risa incrédula.
—Despacio —repitió Sergei—… pero no tanto. Si voy muy lento, se alejará.
Alek abrió la boca, sorprendido por aquel nivel de honestidad inesperada.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
Sergei abrió la puerta —Lo que tengo que hacer, es irnos. — Luego le dio un golpecito en la cabeza a Alek. —Vamos, burro. Volvamos por los medicamentos de la rata y larguémonos de aquí.
Alek abrazó a Candy con indignación fingida.
—¡No es una rata, idiota!
—Para mí lo es.
—¡Candy, no escuches al Shrek!
Entre insultos cariñosos, ladridos pequeños y un hermano que no admitía lo evidente, regresaron a la veterinaria. Mientras la campanilla de la puerta volvía a sonar, Sergei lanzó una última mirada a la carretera… justo por donde Lily se había marchado.