Por alguna razón, mientras se alejaban en el auto, el aire entre Lily y su padre se volvió más espeso… casi denso. No era un silencio cómodo, era un silencio parecido a un interrogatorio, cargado de preguntas y de futuras respuestas.
Lily miraba por la ventana, pero su mente seguía atrapada en lo ocurrido frente a la veterinaria.
Alek y su perrita Candy moviendo su cola alegremente.
Y luego Sergei…
Ese instante exacto en el que él se acercó, más lento que cualquier otro, como si midiera la distancia entre ambos con precisión quirúrgica. La manera en que su dedo rozó su mejilla, como si su piel recordará esa sensación que su mente desea no recordar.
«¿Por qué sigo repitiéndolo en mi cabeza? ¿Qué me pasa?»
Mientras tanto, James seguía con la mirada fija en la carretera, con el gesto endurecido, con los dedos apretados en el volante.
Ese instinto suyo —el de padre protector— se había disparado de manera violenta. No podía explicarlo, solo sabía que quería alejar a Lily de ese muchacho tan rápido como pudiera. Tanto así… que estaba acelerando más de lo normal.
Lily lo notó primero.
—Papá… ¿por qué conduces tan rápido? ¿Tienes alguna urgencia?
James parpadeó dos veces, como si recién volviera al momento.
—¿Qué? Ah… no. No, ninguna. Solo… —apretó los labios— estaba un poco ido, es todo.
Guardó silencio unos segundos, los suficientes para que Lily sintiera venir la pregunta antes de que él la hiciera.
—¿Qué tanto te relacionas con Sergei? —preguntó con voz baja, pero firme.
Lily tragó saliva.
—Bueno… no mucho. Somos compañeros de la carrera y… algunas veces me pide las anotaciones o los archivos de ciertas clases.
James desvió la mirada un segundo para observarla, solo un instante, pero cargado de desconfianza.
—¿Solo eso?
«No», pensó ella. «Si te contara lo que pasó, estrellarías el auto contra un poste.»
—Sí… solo eso —mintió con un tono suave y neutro.
James no respondió de inmediato. No desconfiaba de Lily, pero siempre había cabida para la duda, sin embargo no tenía pruebas para contradecirla.
Sus nudillos seguían blancos sobre el volante, Lily sintió esa mezcla de miedo y protección que él siempre trataba de ocultar… pero que ahora estaba a flor de piel.
Ella miró nuevamente por la ventana. Mientras seguían el rumbo a casa.
James estacionó el auto en la entrada con un frenazo más brusco de lo normal. Lily levantó una ceja, notando el golpe seco en su estómago por la desaceleración repentina.
—Hoy conduces muy mal. —dijo Lily mientras se bajaba.
Al entrar a la casa, el olor a café recién hecho y huevos revueltos los envolvió como una manta cálida. Caroline salió de la cocina con una sonrisa dulce, pero se congeló apenas vio sus rostros.
—¿Todo bien? —preguntó, primero mirando a Lily, luego a James, evaluando cada gesto, cada respiración.
Lily abrió la boca para contestar, pero James habló antes, demasiado rápido:
—Sí. Solo fue un trote largo —respondió, firme, con un tono tan cortante.
Caroline lo observó un segundo más de lo normal. James evitó su mirada, pero ella no insistió. No mientras Lily estuviera ahí.
—Voy a ducharme —anunció Lily, dirigiéndose a las escaleras con pasos lentos, sintiendo el peso invisible que había quedado atrapado en la sala.
James la siguió con la mirada hasta que desapareció de las escaleras. Sus manos estaban cerradas en puños en sus caderas.
Caroline esperó exactamente tres segundos, luego cruzó los brazos y se inclinó apenas hacia él.
—James… ¿Vas a contarme qué acaba de pasar?
Él se pasó una mano por el rostro, frustrado, exhalando como si le costara soltar el aire.
—Había un muchacho de su universidad que se acercó a ella y le tocó la cara. Y además tenía esa mirada.
Caroline no pudo evitar soltar una pequeña risa. No burlesca, sino enternecida. A él no le gustó, pero tampoco la detuvo.
—Bienvenido a los celos de papá —dijo con un tono suave, casi cariñoso—. Créeme, por más que quieras no puedes evitar que se le acerquen los hombres. Está en la universidad, James. Tú también lo estuviste. Sabes cómo son los chicos a esa edad.
—No es eso —replicó él, apretando la mandíbula—. Ese muchacho… Sergei. No me gusta. Tiene un registro problemático, muy delicado. Y cuando lo miré… —James hizo una pausa, buscando las palabras exactas— …me sostuvo la mirada como si quisiera retarme. Como si no le importara que yo estuviera ahí.
Caroline apoyó su cuerpo sobre el respaldo de una silla, observando con la paciencia de alguien que ya lo conoce demasiado bien.
—James, las cosas son así —dijo con suavidad—. No vas a impedir que siempre sea tu niña, aunque quieras. Ella va a crecer y los chicos van a mirarla. Algunos más de la cuenta. No puedes detener eso.
James bajó la cabeza un segundo.
Caroline se acercó y le tomó la mano, entrelazando los dedos.
—Solo tienes que confiar —susurró—. En ella… y en que sabrá elegir y alejar a los que realmente no le convienen.
James cerró los ojos un instante, respirando hondo.
—Confío en ella, pero no en ellos.
El silencio se instaló entre ambos, espeso, pero no hostil. James respiró hondo, como si intentara dejar que sus pensamientos se asentaran.
Caroline deslizó su mano por su mejilla suavemente.
—Ven… desayunemos. Ella bajará en cuanto se aliste. Tendrás tiempo de analizar al chico después.
Él cerró los ojos un segundo. No quería admitirlo en voz alta.
Pero la idea de Lily con alguien como él, le causaba terror.
Lily decidió darse un baño antes de bajar a desayunar, organizó su ropa y entró al baño. El vapor llenó todo, el agua caliente comenzó a caer.
Pero en su mente seguía esa fricción de la mano de Sergei en su rostro, se vio en el tocador y sus mejillas estaban rojas, pasó su mano por el mismo lugar, sintió como un pinchazo en el estómago… y más abajo.
Entró a la ducha, dejando que el agua le empapara el cabello, la nuca, la espalda. Pero en lugar de tranquilizarla, la calidez la incendió.
Su mente volvió a aquella noche.
El olor a él. El roce de su cuerpo. El peso de su cuerpo presionando contra el colchón.
La forma en que había besado su boca, lenta, profunda.
La manera en que la sostuvo de la cintura con tanta fuerza que sintió que iba a quebrarla… pero en el mejor sentido.
Su respiración se volvió irregular.
El agua resbaló entre sus pechos, por su abdomen, hasta perderse entre sus piernas… y allí, sin pensarlo demasiado, rozó su muslo con la mano.
Solo un toque.
Pero su cuerpo reaccionó como si hubiera encendido un interruptor. Un pequeño gemido salió de sus labios.
—Dios… —susurró, pero no se movió.
Los recuerdos se intensificaron, y llegaban como olas con cada sensación.
Lily apretó los labios, un pequeño gemido escapándose antes de que pudiera contenerlo. Su mano seguía el ritmo de su pensamientos acariciándose con la misma presión con la que él la había sostenido.
Su respiración se volvió más rápida, más pesada.
Imaginó sus dedos en lugar de los propios.
Imaginó su cuerpo encima del de ella.
Imaginó su voz susurrando su nombre contra su oído.
Otro gemido.
Más bajo.
Más desesperado.
El calor se acumulaba, tensando cada músculo, cada fibra, en un punto donde ya no distinguía si era memoria o deseo.
Se apoyó con la frente en los azulejos fríos, poniendo en puntilla una pierna porque necesitaba sentir mas. Un pulso intenso la tomó por sorpresa, recorriendole el vientre y la columana, caliente, profundo, haciéndola temblar.
Su cuerpo tembló en espasmos.
Un pequeño gemido escapó de su garganta.
Luego otro.
Y cuando todo terminó, se quedó de pie bajo el agua, intentando recuperar el aire, como si hubiera corrido otra vez las dos horas de la mañana.
Podía sentir como su clítoris palpitaba aún entre sus dedos.
Abrió los ojos lentamente.
—¿Por qué él…? —susurró apenas, como si el vapor pudiera responderle.
Pero no había respuesta.
Solo el latido acelerado en su pecho…
y el recuerdo de la mano de Sergei en su mejilla, encendiendo algo que no sabía cómo apagar.
Cuando terminó de secarse, Lily aún sentía ese leve temblor en los muslos. Su piel seguía cálida, demasiado sensible, como si la fantasía la hubiera marcado.
Se puso unos shorts y una camiseta sencilla, pero cuando vio su reflejo final en el espejo, notó cómo sus mejillas seguían rosadas.
«Respira. Ya pasó. »
Bajó las escaleras con pasos lentos, tratando de ordenar su expresión. Apenas puso un pie en la cocina, Caroline y James se giraron a verla.
Caroline notó el color de su rostro y levantó una ceja sutil, casi divertida.
James la miró más tiempo del necesario, entornando los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó, ladeando la cabeza—. Tienes la cara colorada.
Lily parpadeó rápido.
—El agua estaba muy caliente —respondió demasiado deprisa.
Caroline rió entre dientes, percibiendo toda la inocencia incómoda detrás de esa excusa.
—Bueno, si necesitas hielo para la cara, puedo buscarte —bromeó.
—Estoy bien —repitió Lily, tomando asiento con una exagerada normalidad.
La calma debería haber regresado. Pero no regresaba.
Su mente insistía en recordar la mano de Sergei en su rostro. Y su cuerpo… también.
El auto avanzaba por la avenida, pero Sergei no veía nada.
Ni las luces, ni los peatones, ni el semáforo que casi se pasa sin notarlo.
Unos veinte minutos antes…
Alek, más pendiente de Sergei que de Candy —que dormía en su jaula, agotada— llevaba diez minutos observándolo con una mezcla entre alarma y diversión.
Sergei manejaba con la mirada perdida, los nudillos blancos alrededor del volante, como si su cerebro estuviera atrapado en una escena que se repetía una y otra vez.
—Hermano… Si te quieres suicidar, hazlo solo —soltó Alek sin filtro.
—¿Ah? ¿De qué hablas? —Sergei parpadeó como si volviera a la realidad.
—Te has pasado dos semáforos en rojo —Alek levantó dos dedos frente a su cara—. Dos. Gracias a Dios no había tráfico, si no, Candy heredaba mi cuarto.
Sergei enderezó la espalda, aferrándose al volante como si por fin despertara.
—Mañana no vayas a la universidad —continuó Alek, apoyando los pies en el tablero—. Si la ves no vas a prestar atención a ninguna clase.
—Cállate, burro —gruñó Sergei, pero sin fuerza.
Apenas entraron a la casa, Alek se fue a avisar que Candy estaba bien. La madre de ambos salió de inmediato al escuchar los ladridos.
Una mujer de cabello n***o brillante, ojos grises afilados y una presencia que llenaba toda la sala sin esfuerzo.
—Mira quién regresó… mi hermosa Candy —canturreó mientras tomaba a la cachorra y la apretaba con un abrazo lleno de alivio.
Candy ladraba, lamiéndole la barbilla, feliz de estar de vuelta.
Sergei subió las escaleras sin saludar, pero la voz de su madre lo detuvo a mitad del camino.
—Tu padre llega hoy —dijo ella, seria, sosteniendo a Candy como si fuera un escudo emocional—. Quiere verlos a los dos.
Sergei soltó un resoplido cansado.
—Bien. Solo… no se pongan a gritarse o lanzarse cosas.
—Sabes que eso no depende de mí —respondió ella con calma—. Sino de él.
Él no contestó, solo siguió subiendo. Sabía bien que de alguna forma no valía las palabras.
Cerró la puerta detrás de él y se dejó caer en la cama, exhalando como si le faltara oxígeno.
Pero el silencio fue su peor enemigo.
El recuerdo llegó de inmediato, brutal, nítido, sin suavizarse: el mechón de cabello entre sus dedos, la textura suave de su piel, el pequeño sobresalto de Lily cuando él la tocó… y lo más venenoso: la forma en que no se apartó.
Ella no retrocedió.
«¿Por qué no se apartó…?» El pensamiento le ardió en el cerebro «Debería haberlo hecho.»
Un calor incómodo se le acumuló bajo el abdomen. El recuerdo de esa noche le llegó a la mente. —esa noche que Lily decía no recordar— se deslizó por su mente como un veneno lento.
El gemido ahogado que ella había hecho. Cómo lo había jalado hacia sí. La marca de sus uñas en sus brazos.
El cuerpo de Sergei reaccionó sin pedirle permiso.
Un latido denso en su entrepierna. Su m*****o endureciéndose al recordar el sonido exacto de su respiración contra su cuello.
Sergei apretó los dientes, volteando bruscamente hacia el control de la televisión.
Encendió la pantalla. Buscó un partido, un combate, cualquier maldito ruido que lo sacara de su cabeza.
Pero incluso con la televisión encendida… Seguía sintiendo el fantasma del tacto de Lily en la mano.
Y por más que subió el volumen, nada logró silenciar eso.