Esa fue la última vez que pude ver el rostro de mi madre, pues pasaban los días y cada vez que mamá Margarita llegaba del hospital para buscar provisiones, pues le había tocado pernoctar en el hospital para atender las necesidades de mamá Consuelo, siempre llegaba llorando, muy desconsolada, decía que no la dejaban ver, mamá Consuelo había sufrido una eclampsia, cosa que confirmo mamá Margarita cuando le escucha decir que estaba en sala de partos a la espera de ser atendida, y volvió sufrir un desmayo, donde fue ingresada de urgencia, y en su barriga se había producido unos coágulos de sangre muy evidentes.
Fue recluida al hospital de Ciudad Ojeda de urgencia, era 22 de octubre de ese mismo año, mi Tío Luis, su hermano; trabajaba de chofer de la ambulancia del hospital de Bachaquero, fueron momentos que estaba seguro que Tío Luis, no desearía ejecutar bajo esas circunstancias, más cuando al salir de la población, unos cuantos metros adelante, recibió el fatídico golpe por la ventanillas de la ambulancia, ese sonido lo indicaba la enfermera que atendía al paciente o el medico que se encontraba atendiendo, señalaba que ya no había prisa, pues el paciente había muerto, para mi tío Luis, resulto un duro golpe al momento y un frio que lo cubrió enseguida.
Momentos de angustia que cubrió nuestro hogar y la verdad, sería mi corta edad, pero aun no sabía lo que era sufrimiento, sentía todo normal, y a pesar de ver lágrimas de desconsuelo y mucho sufrimiento en mis parientes, no sentía nada de lo que estaba pasando, solo respetaba el espacio que necesitaban mi mamá Margarita y mi abuelo Luis, quien lloraba desconsoladamente fuera de la casa y otras veces dentro del negocio, se encerraba a lamentar la pérdida de su hija, aun no estaba preparado para sentir pesar o estaba convencido que morir era parte de la vida, no lo sé, pero lo que si se es que guardo un amor eterno por mis dos mamás.
Y uno muy especial por abuelo Luis, a quien le debo en lo sucedido, todo lo que pude llegar ser después. Al cabo de tres años de recordar a su hija, tres años de no tenerla cerca, tres años que debilitaron su torre espiritual, su sufrimiento la doblego y se apagó su vida, fallece nuestra amada mamá Margarita, el 10 de julio del año 1980 otro duro golpe emocional para abuelo Luis, un sentimiento de impotencia y desolación para todos, le tocaba experimentar otra bofetada de la vida, había algo que podría adivinar en sus pensamientos, ¿Qué haría con nosotros?, a sabiendas de ser muy proactivo, sé que hambre no pasaríamos, que se las arreglaría para criarnos.
Pero algo sucedió para estrujar más su corazón herido por la pérdida de la luz de hogar, Tío Luis, su hijo mayor, tomo la decisión de hablar con nuestro padre, le expuso la situación y la posible incapacidad que tendría abuelo Luis de mantenernos o criarnos, por lo que ambos decidieron que debíamos estar bajo la custodia de papá, desde allí, se me encendió las ideas de mis emociones y me invadió una gigantesca tristeza, pues ya no vería a mi abuelo Luis, que a pesar de sus carácter fuerte y su ermitaña manera de vivir, sentí que siempre fue un gran hombre lleno de bondades y espíritu de lucha constante, lo admire en silencio y ya no estaría con nosotros.
Un cambio de ambiente familiar, incomodidad por parte de la familia de papá, se comenzó a evidenciar con la llegada de extraños, invadiendo la privacidad de un hogar establecido, irrumpido por el producto de una unión fracasada, pues; aquí estamos, ¿dónde podríamos ubicarnos que no molestáramos? conocimos a Blanca Corona de Morales, nuestra nueva mamá, al principio nos sentíamos en una profunda soledad, lejos de los que nos hacía feliz, lejos de lo poco que teníamos pero nos hacía inmensamente ricos en sentimientos, lejos del barrio que nos vio nacer, nada sería igual.
Mi primer refugio lo obtuve detrás de un lápiz de grafito, con el que aprendí a dibujar caricaturas, a quienes le depositaba lo que me quedaba de felicidad y a quienes a través del lápiz los creaba con mucho cariño y destreza, que me hicieron saber que tenía un talento nato y era crear formas fantasiosas impresas. La habitación que se me asigno, la cubrí enseguida de mis trabajos impresos en grafito, comenzaron a ocupar ese espacio que me había dejado vacío el cambio de hogar, mi verdadero hogar había quedado atrás, pronto comenzamos a recibir instrucciones y normas, sobre la distribución las labores domésticas, las horas de las comidas, las frecuencias de aseo personal, entre otras cosas.
Al cabo de unos años, las cosas se tornarían de otro color, pues - ¡Blanca comenzó a hacer sus propios hijos, pobre papa! - le tocaría corre más deprisa y estaba seguro que vendrían tiempos de restricciones para los extraños visitantes, es decir se formarían parcelas familiares por la llegada de nuevos hermanos, estaba por venir más normas, los siguientes hermanos, en realidad salieron hermanas, todas chicas, cuatro para ser exacto al cabo de los años sucesivos. Blanca era docente y fueron criadas por una madre que las tenía en la línea, una señora también de carácter, que había tenido también sus fracasos familiares.
Y muy cercana a las bebidas espirituosas, que le aumentaban su carácter fuerte, pero una señora servicial a todas esta, sin embargo con ella no gozamos de mucha simpatía, pues estaba muy claro que no estaba contenta que en el hogar de su hija pudieran entrar personas que no estaban en el acuerdo nupcial, es decir; nosotros éramos como los hijos de la otra, ese era el ir venir de las cosas, me tocaba atender bebes, mantener con José, los patios limpios, en ocasiones lavar los platos, pero también como varones no podíamos tener tanta proximidad con las hijas de papa.
Tal vez Blanca escuchaba relatos de abusos, que en aquellos tiempos no eran frecuentes, pero no sabía cómo fuimos criados y debía ser protectora de “Su familia”, papá tenía constantes encontronazos con José, papá fue algo tosco para corregir, usaba la violencia y eso nos dejaba marcados con sentimientos reprimidos, lo que aumento el carácter de mi hermanos a quien un golpe o una paliza no le soltaba fácilmente una lagrima, pero si el sentirse desplazado o vejado por no pertenecer a esa familia, en una oportunidad papá discutía con él hasta el extremo de golpearlo por un costado, José solo lo veía fijamente, y algo si teníamos era respeto.