El regreso a Miami fue como chocar contra un muro de concreto a toda velocidad. El jet privado aterrizó suavemente, pero para Sondra, cada metro que el avión descendía era un paso más hacia el abismo que había ignorado en París. Tras despedirse de Leandro con la promesa de verse al día siguiente en la oficina para ultimar los detalles de la boda, ella llegó al penthouse escoltada por el chofer, cargada de bolsas de marcas francesas y con el diamante brillando con una insolencia peligrosa. En cuanto la puerta se cerró y el chofer se retiró, Dina la abordó como un huracán. Estaba pálida, con las manos temblorosas y una expresión de puro terror. —¡Sondra, por los clavos de Cristo, escuchame! —gritó Dina sin dejarla siquiera soltar las maletas—. ¡Esto no es un juego! Jacob me interceptó en

