Capítulo: Mija tenemos problemas

1438 Palabras
La semana en París transcurrió como un suspiro de seda y champaña. Para Sondra, cada día era un despliegue de perfección: desayunos con croissants calientes frente a la Torre Eiffel, paseos tomados de la mano por el Louvre y tardes de compras donde Leandro no permitía que ella mirara el precio de nada. Él era el caballero ideal, el guía erudito y el amante devoto que la hacía sentir en una burbuja de cristal donde el pasado no existía. Entre besos en el Puente de las Artes y cenas a la luz de las velas, Sondra se convenció de que su destino era ser la señora Lotario, bloqueando de su mente cualquier rastro de culpabilidad. ​Pero mientras en París reinaba el romance, en Miami el aire se volvía irrespirable. ​Jacob estaba al borde de un ataque de nervios. Había pasado días llamando a Sondra, pero el teléfono siempre lo enviaba a buzón o recibía mensajes cortos y evasivos diciendo que "estaba en el hospital con su madre" y que "no podía hablar". La desesperación lo consumía; no podía entender cómo la mujer de sus sueños estaba pasando por un infierno en Colombia mientras él recuperaba su fortuna sin poder ayudarla. ​Esa tarde, caminando cerca del nuevo complejo de departamentos para despejar la mente, Jacob divisó una melena familiar. Era Dina, que caminaba cargada de bolsas de marcas carísimas, luciendo unas gafas de sol de diseñador y un aire de triunfo absoluto. ​—¡Dina! —gritó Jacob, interceptándola en la acera. ​Dina casi salta del susto. Su corazón dio un vuelco al ver al "muchacho" frente a ella cuando se suponía que debía estar en la oficina. ​—¡Ay, Jacob! ¡Qué susto me pegaste, mijo! —dijo ella, tratando de ocultar su nerviosismo tras una sonrisa forzada. ​—Dina, por favor, dime algo de Sondra. No me contesta, dice que su mamá está mal... ¿Tú sabes algo? ¿Por qué regresaste tú de paris tan rápido? —preguntó Jacob con los ojos inyectados en angustia. ​Dina se quedó helada. «¿paris? ¿Qué paris?», pensó rápido. Recordó la mentira de Sondra sobre el viaje de emergencia. ​—Ah... sí, sí. Pues... yo volví de una Jacob —improvisó Dina con la voz temblorosa—.Y mi enamorado bueno, ya sabes cómo son los hombres. ​Jacob la observó con fijeza. Había algo en la actitud de Dina, en la forma en que evitaba su mirada, que le hizo atar cabos. Recordó haber visto a su padre saludar a Dina en el viejo edificio. Recordó que su padre estaba en París con una "mujer extraordinaria". ​—Oye, Dina... —dijo Jacob, bajando la voz y acercándose a ella con una chispa de sospecha—. Tu enamorado... es Leandro Lotario, ¿verdad? ​Dina sintió que el mundo se detenía. El aire se le escapó de los pulmones. No pudo decir nada, solo abrió los ojos de par en par y soltó una risita nerviosa que fue más confirmación que cualquier palabra. ​Jacob soltó una carcajada seca, llena de una ironía amarga pero divertida. —Él sigue en París, ¿no? —preguntó Jacob, cruzándose de brazos. ​Dina, acorralada y creyendo que ya todo estaba descubierto, balbuceó: —¿Y... y tú cómo sabes que él está allá? ​Jacob soltó otra risa, esta vez más relajada, casi burlona. —Porque es mi padre, Dina. El gran Leandro Lotario es mi viejo. Y por lo que veo... tú eres mi futura madrastra. ​Dina sintió que le volvía el alma al cuerpo, pero al mismo tiempo el terror se multiplicaba. Jacob creía que ella era la mujer de Leandro. La mentira de Sondra de que el departamento era "del novio de Dina" había creado un escudo perfecto, pero peligrosísimo. ​—¡Ave María! —exclamó Dina, fingiendo una timidez que no sentía—. ¿Leandro es tu papá? ¡Qué pequeño es el mundo, Jacob! ​—Pequeñísimo —respondió él, dándole una palmadita en el hombro—. Mira, no te preocupes, no te voy a juzgar. Si lograste que el viejo se enamorara de ti, eres una genio. Pero hazme un favor, dile que sea bueno contigo. Y por favor... si hablas con Sondra, dile que me urge saber de ella. ​Jacob se alejó caminando con una sonrisa cínica, pensando que su padre estaba en París gastando millones en Dina, mientras la pobre Sondra sufría en Colombia. No tenía idea de que, en ese mismo instante, su "novia virgen" estaba brindando con su padre en una suite de lujo, luciendo el anillo que sellaba su traición. ​Dina se quedó petrificada en la acera, mirando cómo Jacob se alejaba. Sacó su teléfono con las manos sudorosas y le escribió un mensaje urgente a Sondra: "¡Mija, esto se jodió! Jacob es el hijo de Leandro El mensaje de Dina llegó como un relámpago en mitad de un cielo despejado, haciendo vibrar el teléfono de Sondra sobre la mesita de mármol mientras ella terminaba de abrocharse una sandalia de diseñador. Al leer las palabras desesperadas de su amiga: un escalofrío recorrió su espalda por un segundo. ​Sin embargo, el miedo fue sofocado casi al instante por la embriaguez del lujo. Sondra miró a su alrededor: la suite olía a flores frescas y a la fragancia costosa de Leandro; el diamante en su mano lanzaba destellos hipnóticos bajo el sol parisino que entraba por el balcón. Se miró al espejo, viendo a una mujer que vestía en una mañana lo que antes ganaba en tres meses. ​—Dina siempre ha sido una exagerada —murmuró para sí misma, bloqueando la pantalla del celular con un gesto de desdén—. Jacob es un muchacho impulsivo, seguro entendió todo mal y ella se armó una película en la cabeza. No voy a dejar que sus nervios me arruinen los mejores días de mi vida. ​Sondra guardó el teléfono en el fondo de su bolso de marca, decidiendo ignorar la advertencia. Para ella, el caos de Miami pertenecía a otra dimensión, a una vida vieja que ya no quería recordar. Si Jacob creía que Dina era la amante de su padre, mejor. Eso le daba a ella un escudo de carne y hueso, una confusión que podía usar a su favor para ganar tiempo. ​El resto de la semana fue un despliegue de hedonismo y romance absoluto. Leandro la llevó a conocer los viñedos más exclusivos de la región, donde caminaron entre hileras de uvas mientras él le explicaba, con esa voz culta que tanto la fascinaba, los secretos del mejor vino del mundo. Sondra lo escuchaba con una devoción casi religiosa, maravillada de que un hombre tan poderoso y sabio se desviviera por complacerla. ​—París te sienta bien, futura señora Lotario —le decía Leandro mientras cenaban en un restaurante escondido en un patio colonial francés, lejos de los turistas—. Tienes un brillo que nunca vi en Miami. Es como si hubieras nacido para este mundo. ​—Es porque estoy contigo, Leandro —respondía ella, estirando la mano para que él acariciara el anillo—. Contigo siento que nada malo puede pasar. Me haces sentir que el mundo es pequeño y que yo soy la dueña. ​Pasaron las tardes perdiéndose en las librerías antiguas del Barrio Latino y las noches entregándose a una pasión que se volvía más intensa con cada día. Sondra se dejaba llevar por la experiencia de Leandro, por esa forma de amarla que era a la vez dominante y protectora. Se convenció de que Jacob era solo un fuego de juventud que terminaría por apagarse, mientras que Leandro era el sol que iluminaría su existencia para siempre. ​Ignoró las llamadas de Jacob, enviando solo un par de mensajes genéricos diciendo que "su madre estaba en cuidados intensivos y no podía hablar". Cada mentira era un ladrillo más en la muralla que estaba construyendo entre sus dos vidas. ​En su última noche, mientras observaba las luces de la ciudad desde el balcón, abrazada por la espalda por Leandro, Sondra sonrió con suficiencia. El mensaje de Dina quedó enterrado en su memoria. Ella no estaba loca, estaba triunfando. Estaba a punto de regresar a Miami no como una empleada más, ni como la novia de un rebelde, sino como la reina de un imperio. Nada, ni siquiera el hijo despechado de su futuro esposo, iba a quitarle la corona que tanto le había costado ganar.
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