París recibió a los amantes con una tarde de cielo color lavanda y esa brisa fresca que invita a refugiarse en los brazos de alguien. Leandro, que conocía la Ciudad de la Luz como la palma de su mano, no permitió que un guía común los acompañara. Él mismo tomó el volante de un Bentley clásico descapotable y se convirtió en el anfitrión de un sueño.
Mientras recorrían las avenidas empedradas, Leandro le narraba historias que no estaban en los libros. Le explicaba la arquitectura de la Ópera Garnier con una pasión técnica, le contaba secretos de los jardines de las Tullerías y la llevaba por rincones bohemios de Montmartre que parecían detenidos en el tiempo. Sondra lo observaba en silencio, fascinada. Cada palabra de Leandro destilaba una sabiduría que solo los años y la experiencia otorgan.
«Es increíble», pensaba ella mientras se perdía en su perfil maduro y distinguido. «No es solo el dinero, es su mente. Es un hombre que ha conquistado el mundo y, aun así, me mira como si yo fuera su descubrimiento más grande». La seguridad que él proyectaba la hacía sentir protegida, una sensación tan distinta a la pasión caótica y joven que vivía con Jacob. Con Leandro, el futuro se sentía sólido, eterno y brillante.
Al caer la noche, regresaron a la suite presidencial del Hotel Plaza Athénée. Sobre la cama de seda, descansaba una caja de terciopelo con un vestido de alta costura en seda color champaña, bordado a mano con cristales que imitaban el brillo de las estrellas.
—Ponte esto, mi reina —le susurró Leandro al oído, dejando un beso cálido en su cuello—. Esta noche es nuestra.
Cuando Sondra salió del vestidor, Leandro la esperaba de pie junto al gran ventanal que enmarcaba una vista perfecta de la Torre Eiffel iluminada. Él vestía un esmoquin a medida que lo hacía parecer un príncipe de la era moderna. Se quedaron sin palabras por un momento, simplemente admirándose.
Leandro la tomó de la mano y la llevó al balcón privado, donde una mesa pequeña sostenía una botella de la champaña más fina y dos copas de cristal. Las luces de París parpadeaban debajo de ellos como una alfombra de diamantes.
—Sondra —comenzó él con una voz profunda, cargada de una emoción que lo hacía parecer casi vulnerable—. He pasado gran parte de mi vida construyendo imperios de cristal y acero. He ganado batallas en oficinas y he acumulado riquezas, pero cuando te conocí, me di cuenta de que mi vida estaba vacía. Tú le diste color a mi mundo gris. Me devolviste la juventud y la esperanza.
Sondra sentía que el corazón le latía con una fuerza ensordecedora. Leandro se arrodilló con una elegancia impecable, sacando una caja que contenía el diamante más grande y puro que ella jamás hubiera imaginado.
—No quiero que seas solo mi compañera de viaje. Quiero que seas la dueña de mi imperio, de mi nombre y de mi vida entera. Sondra Gilbert, ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa y pasar el resto de tus días a mi lado?
En ese momento, la Torre Eiffel comenzó su espectáculo de luces, destellando miles de chispas blancas justo detrás de él. Sondra se sintió en la cima del universo. La inteligencia, el porte y la adoración de Leandro la envolvieron como un hechizo. En su mente, el recuerdo de Jacob se volvió un susurro lejano, una aventura de verano que no podía competir con el trono que este hombre le estaba ofreciendo.
—¡Sí, Leandro! —exclamó con lágrimas de emoción en los ojos—. ¡Sí, quiero casarme contigo!
Él deslizó el imponente anillo en su dedo, reemplazando cualquier rastro de duda. Se levantó y la cargó en un abrazo apasionado mientras los fuegos artificiales invisibles de su propia ambición y amor estallaban en el pecho de Sondra. Ella era ahora la futura señora Lotario, la mujer más poderosa de la industria, y por un instante, se convenció de que el secreto que dejó en Miami nunca podría alcanzarla en las alturas de París.
La suite presidencial del Plaza Athénée se convirtió en un santuario de terciopelo, sombras y una pasión que desafiaba cualquier lógica. Bajo la luz dorada de las lámparas de cristal, Sondra contemplaba el anillo en su dedo: un diamante tan puro que parecía contener toda la luz de París. Mientras sus brazos rodeaban el cuello de Leandro, el peso de esa joya le confirmaba que su vida había cambiado para siempre.
Leandro, con una fuerza que desmentía su madurez y revelaba un deseo contenido por años, la cargó en vilo. Sus pies dejaron de tocar el suelo mientras él la llevaba hacia la inmensa cama de dosel. Con una lentitud torturante y reverencial, comenzó a deslizar el cierre de su vestido de seda. La prenda cayó a sus pies como un suspiro champaña, dejando a Sondra expuesta, vibrante bajo su mirada de fuego.
Ella no se quedó atrás. Con una urgencia salvaje, le arrebató el abrigo y comenzó a tirar de su camisa con tal desesperación que los botones saltaron, rebotando contra el suelo de madera fina con un tintineo metálico. Leandro la dejó solo en su lencería de encaje n***o, diminuta y provocadora. Él se arrodilló ante ella en el borde de la cama, recorriendo con sus labios la línea de sus piernas, subiendo lentamente por sus muslos hasta que sus dedos se enredaron en el encaje de sus bragas.
Las bajó con una delicadeza que hizo que Sondra arqueara la espalda, hundiendo sus dedos en el cabello entrecano de Leandro. Él no esperó; devoró su entrepierna con un hambre que la hizo gemir el nombre de él hacia el techo artesonado.
—Sabes tan rico, mi amor... eres el paraíso —susurró él contra su piel húmeda, antes de volver a perderse en ella.
Sondra, al borde del colapso sensorial, lo jaló por su corbatín, obligándolo a subir para besarlo con una furia hambrienta. Cuando él intentó desatarse la seda del cuello, ella lo detuvo con la mirada nublada por la pasión.
—Déjatelo... —suplicó ella con voz rota.
Leandro sonrió con una masculinidad arrolladora, se deshizo de sus pantalones y entró en ella con una embestida rápida y poderosa. Sus manos atraparon las de Sondra, inmovilizándolas sobre su cabeza, dominándola por completo. El contraste era electrizante: la autoridad de Leandro y la entrega absoluta de ella.
—¡Más fuerte, Leandro! ¡Más! —gritaba ella, perdiendo todo rastro de compostura.
Él la embistió con un poder rítmico, una fuerza que la hacía sentir pequeña pero infinitamente deseada. En un giro fluido, la volteó, dejándola de espaldas. Leandro recorrió su columna con besos húmedos, mordió sus glúteos con posesividad y se entregó a explorarla de una forma que a Sondra la hacía perder el juicio. Luego, la llevó al borde de la cama, colocando las piernas de ella sobre sus hombros para poder ver su rostro mientras la poseía con una profundidad que los dejaba a ambos sin aliento. El clímax llegó como una explosión de luces, uniendo sus cuerpos en una sola vibración que pareció sacudir la suite entera.
Al terminar, Leandro cayó rendido a su lado, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, el sudor brillando en su piel como el rocío. Sondra se acurrucó contra él, besando su hombro.
—Hace mucho que no hacía el amor con alguien de esta manera —confesó Leandro, con la voz todavía agitada.
—¿En serio? —preguntó ella, acariciando su pecho.
—Sí, amor. Hace años que no tenía intimidad, ni nada que se le pareciera. Me había cerrado al mundo... hasta que llegaste tú. ¿Y tú, mi vida?
Sondra sintió una punzada de culpabilidad, pensando en la piel joven de Jacob, pero su lengua fue más rápida que su conciencia.
—Bueno... yo solo he estado con un hombre antes de ti. Fue algo pasajero, algo que no funcionó. No sabes cuánto me arrepiento de no haberme esperado para que tú fueras el primero.
Leandro la atrajo hacia sí con una ternura infinita y la besó con una paz profunda.
—Para mí, yo fui tu primero y seré el último. No importa el pasado, ahora eres mía.
Sondra lo abrazó con fuerza, ocultando su rostro en su pecho. Mientras veía el diamante brillar en la penumbra, se mordió el labio inferior con una sonrisa triunfal. Había conquistado al rey, tenía el mundo a sus pies y, por el momento, la sombra del Jacob parecía haberse disuelto en la noche de París.